Si la palabra descarbonización no le dice mucho, piense que, en esencia, significa descontaminar. Para bajar el concepto a algo tangible, descarbonización es pasar de electricidad generada con carbón a la que viene de una turbina eólica, o pasar de un bus de diésel a un bus eléctrico. Es también asegurar que un bosque tropical no sufre deforestación. Los procesos para descarbonizar están en curso porque las tecnologías que necesitamos ya están inventadas. Toca integrarlas en cada sector de la economía para evitar que por un lado se descarboniza el país y, por otro lado, se carboniza.

Hacer un plan de descarbonización envía una señal. No ofrece todas las respuestas ni invita a hacer todos los cambios a la vez sino que marca un lugar de llegada y trayectorias sectoriales que nos llevan a esa meta. Como es un instrumento a largo plazo es adaptable en el tiempo. En 2015, en el Acuerdo de París, los países presentaron sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto de invernadero que por lo general van hasta el 2030. El Acuerdo también invita a definir estrategias de descarbonización a mitad de siglo de acuerdo a lo que pide la ciencia: la economía global debe tener cero emisiones netas hacia 2050.

La descarbonización requiere acciones en cada sector —en el plan tico son 10 áreas— pero también requiere enfrentar desafíos estructurales, por ejemplo, enverdecer la política fiscal para depender menos de los combustibles y los hidrocarburos. Otro ejemplo es la necesidad de hacer estrategias de “transición justa” para gestionar la transición laboral a medida que nacen nuevas industrias y se contraen otras.

En un mundo encaminado a la llamada cuarta revolución con automatización, digitalización y descarbonización es vital hablar del futuro del trabajo. La descarbonización tiene una dimensión social innegable y hay que evitar que se produzcan impactos imprevistos en poblaciones que ya son vulnerables. La agenda de descarbonización tendrá más apoyo si genera reactivación económica, atrae inversión y resultados positivos netos en el mercado laboral.

No hay una receta universal para descarbonizar un país, cada país deberá definir la suya. No todo vendrá de forma gradual o de acuerdo al plan. Las disrupciones son inevitables y gestarán profundos cambios. Por eso el plan es un llamado al cambio pero no puede ser rígidamente prescriptivo. Lo ideal es que logre captura la imaginación de las mejores mentes del país y de las organizaciones más innovadoras para aterrizar en la agenda más pragmática posible.

Lanzar un plan de descarbonización es el equivalente a poner música en un baile: se necesita gente que se tire a pista. Esos que quieren hacer algo aunque los demás se resistan. Los que no esperan a que el “gremio” o una cámara les de permiso para ser disruptivos. Sin ese primer paso, la pista se queda vacía y no hay baile. Mi objetivo, por ejemplo, es trabajar con quienes quieran que las pistas costarricenses estén llenas de buses eléctricos cero emisiones. Otras lucharán por un país que recicle mucho más. Otros en soluciones basadas en la naturaleza. Toda una generación viene dispuesta a repensar sus dietas. Hay suficiente descarbonización por delante así que cada uno encontrará su ángulo. Le invito desde hoy a pensar en el suyo.

Es evidente que el tamaño de las emisiones de Costa Rica es pequeño a escala global. Ese porcentaje no es el punto y reducirnos al argumento de no apostar por la descarbonización porque son emisiones pequeñas es ponerse una banda en los ojos y querer tener razón. La imponente dependencia petrolera de Costa Rica es un problema. Ignora además que cada país deberá superar los combustibles fósiles porque son insostenibles y quemarlos crean cambio climático —que por cierto nos afecta en Costa Rica porque somos vulnerables al clima extremo—. Además, debemos cumplir el Acuerdo de París por más imperfecto que sea.

La agenda climática tiene toda otra dimensión: la adaptación a los impactos debido al clima extremo. Importa la descarbonización así como la agenda de resiliencia climática. Un niño afectado por el mal aire de San José se beneficia si cambiamos las flotas de transporte público. Una niña afectada por la sequía en Guanacaste se beneficia si se integra el tema de resiliencia en las fincas. No pongamos a pelear las agendas climáticas entre sí.

Nosotros en la ciudadanía tomamos decisiones que acercarán o alejarán al país de la descarbonización: compramos, dejamos de comprar, escogemos una carrera o un trabajo, hacemos turismo, decidimos por quién votar, apoyamos empresas (y dejamos de apoyar), comemos, nos transportamos, nos vestimos, nos asociamos a grupos cívicos, los formamos nosotros mismos, usamos redes sociales. Por eso si queremos podemos ser parte de esta gran agenda y sumar aliados a este gran detox de la economía. Conforme la transformación traiga beneficios visibles, más personas y sectores se sumarán a la descarbonización. Y sumar, sabemos, será la forma de ganar.