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Son muchas las historias que se pueden contar sobre quien fuera una de las más emblemáticas figuras del Siglo XX. La historia de la vida de Mandela está construida casi como un mito de la antigüedad: de su activismo contra el Apartheid que lo llevó a vivir 27 años preso en la isla Robben, a convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica y recibir el reconocimiento de toda la comunidad internacional, incluyendo un premio Nobel de la Paz.

Muchas de sus historias y frases elocuentes sobre el perdón, la justicia y su lucha contra la dominación de cualquier grupo sobre otro serán frecuentes en nuestras pantallas estos días pues hoy se cumplen 100 años de su nacimiento. Yo, en su día, quisiera rescatar una historia de Mandela dedicada a los diez magistrados y magistradas que en Corte Plena la semana pasada se negaron a suspender a cuatro de los suyos.

La historia es breve, no pasa de ser una anécdota, casi que una nota al pie de página de la vida de Mandela, sin mayor relevancia histórica ante el impacto mundial de otras de sus hazañas, pero aun así es lo suficientemente significativa en su vida para encontrar un lugar en sus memorias: El largo camino hacia la Libertad.

Durante su segundo año en Healdtwon (colegio al que asistía) fue nombrado prefecto. Una de sus obligaciones en tal puesto era hacer la vigilia nocturna y reportar a cualquier estudiante que violara las reglas de la institución. En esa época el edificio de dormitorios no tenía baños, por lo que los estudiantes debían ir a un baño exterior que estaba a unos 30 metros. En las noches lluviosas, los estudiantes evitaban la lluvia y el barro orinando desde el balcón en los arbustos, sabiendo que si un prefecto los encontraba serían reportados.

En una de esas noches lluviosas, casi llegada la madrugada, Mandela —que ya había encontrado unos 15 estudiantes orinando desde el balcón a ese momento— vio aparecer un estudiante que fue a orinar del balcón, por lo que se acercó para ver su cara y apuntar un nombre más en su lista. Su sorpresa fue encontrar que este estudiante era otro prefecto, y como tal se suponía que no podía denunciarlo.

Mandela señala:

Estaba en un predicamento. En Derecho y Filosofía uno se pregunta: Quis custodiet ipsos custodes? (¿Quién vigila a los vigilantes?) Si el prefecto no cumple las reglas ¿cómo se supone que los estudiantes las cumplan? Un prefecto no podía reportar a otro, pero no pensé que fuera justo evitar acusar al prefecto y reportar a los otros 15, por lo que simplemente rompí la lista y no acusé a nadie.

La lección es sencilla aunque Mandela señala que su conflicto moral con la decisión que tuvo que tomar lo acompañó en su memoria desde entonces. Pero a esa temprana edad tuvo la claridad de entender que la ley debía aplicarse a todos por igual o no se le podía aplicar a nadie. Y es justo en ese punto donde 10 personas, que hoy ocupan una magistratura (como propietarios o suplentes) se equivocaron la semana pasada.

Es cierto que Carlos Chichilla ya salió por la puerta de atrás de la Corte y las otras 2 magistradas y el magistrado de la Sala III fueron suspendidos (después de que un error en la primera votación le permitiera a la Corte Plena “enmendar” su posición inicial). Pero no podemos olvidar a los diez altos jueces que la semana pasada demostraron su incapacidad para aplicar la ley cuando se trata de sus pares.

Por los secretismos de la Corte no sabremos sus nombres, pero ellos y sus compañeros si saben quiénes son. Deberían tener la vergüenza y humildad de reconocer que si no pudieron juzgar a sus pares ya no están calificados para juzgar a los demás ciudadanos.

La legitimidad de la Corte no comenzará a reconstruirse hasta que esos diez den un paso al lado.