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Algunos políticos, empresarios e incluso familias, tienden a desmeritar las propuestas artísticas o culturales que ofrece el Estado o las escuelas por considerarlas poco relevantes en la educación de los niños. Estas líneas son una invitación a repensar esa postura.

El arte dentro de la educación es acción: moviliza; es pensamiento que transforma. El arte posibilita la convivencia con los otros desde la libertad y la empatía. El arte es por sobre todo: un acto político. Por eso, es necesario plantear las políticas educativas y el aprendizaje desde la belleza; con la mirada fija en los Cien lenguajes (propuesta del pedagogo Loris Malaguzzi para aproximarse a las diversas formas de aprendizaje) como la multiplicidad de formas de conocer, asombrarse y construir con los otros.

Para ejemplificar lo anterior, les comparto un fragmento del proyecto de un grupo de niños de Bellelli, un centro educativo para la primera infancia.

Inspirados por sus juegos en el jardín, los niños crearon una historia basada en el arquetipo del lobo. Dos niñas, Isabel y Natasha (4 años), discuten el diseño de la ilustración de una escena. La narrativa es familiar: hay un grupo de niños en una casa resguardados del malvado lobo que merodea el jardín. La casa, es creación de Natasha, mientras que la puerta multicolor, muy segura con candado, es de Isabel.

El debate inicia cuando esta última quiere colocar la puerta dentro de la casa y Natasha no está de acuerdo, ya que esto implica modificar su dibujo original. Antes de tomar una decisión final, las niñas abren paso a otra nueva confrontación: ¿de qué tamaño hacemos el lobo?

Isabel: “tiene que ser pequeño. Que entre por la puerta … [señala el dibujo] yo hice esta puerta … el lobo tiene que entrar por ahí”

Propuesta de Isabel

Natasha: “tiene que ser grande porque los niños le tienen miedo, muy grande”.

Propuesta de Natasha

Después de varios intercambios, las niñas no parecen resolver el problema dando vueltas cada una en su mismo punto de vista por lo que me animo a intervenir.

Atelierista: “Chicas, tenemos un problema, los dos puntos son válidos. ¿Creen que es posible llegar a un acuerdo?”.

Después de debatir, acuerdan colocar la puerta donde Isabel gusta y hacer el lobo muy grande como lo espera Natasha. Ambas cierran la sesión de atelier satisfechas con el resultado final.

En este caso, el arte como mediador de sus emociones, les permite idear una plataforma de fantasía en la que se coquetea con el miedo de forma placentera. Además, les facilita abordar conceptos matemáticos (proporciones/escalas) de manera lúdica. En este momento, las niñas también trabajaron en su inteligencia emocional: pusieron el interés del proyecto por encima del propio. Sin darse cuenta, ellas dialogaron sobre sus visiones del mundo y cómo construir una realidad compartida. Sin buscarlo, ellas están construyendo democracia. Como decía Paulo Freire: “Todo acto educativo es un acto político.”

El arte en el contexto educativo es terreno fértil para el diálogo. Pocas cosas necesitamos tanto en nuestro país en este momento como eso: madurez y sabiduría para trabajar por el bien común. Entonces, no me parece ambicioso pensar que a muchos políticos les caería bien volver al kinder, dialogar desde el arte y re-aprender de los niños. Quizás (o solo así) podamos imaginar un Ministerio de Educación que trabaje más de la mano con el de Cultura, y podamos soñar con formar mejores ciudadanos: más sensibles y abiertos a la diversidad.

Si pudiera desear algo para mi hija y para sus hijos, es una educación que valore las artes y la cultura como un pilar de su quehacer. No necesariamente como fin en si mismo, pero si como un medio: el medio para alcanzar una vida plena y en conexión con los otros.