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El presente proceso electoral es definitivamente atípico por cuanto ha desnudado la polarización de nuestra sociedad a niveles que muchos no imaginábamos.

Tampoco sospechábamos algunos —al menos es mi caso particular— la profunda intolerancia que subyacía escondida y dormida bajo el tejido social del país. Debo confesar que hasta hace unos meses yo pensaba que vivía en una sociedad libre, abierta, civilista, en la que, de conformidad con una tradición democrática de larga data, se habían superado muchos de los prejuicios, fanatismos y discriminaciones de todo tipo que carcomen otras latitudes.

La realidad de los hechos de las últimas semanas ha resultado para mí demoledora. Me he sentido apabullado al punto de sentirme extraño en mi propio país. También desencantado. Incluso siento coraje porque, como alguien decía por ahí, no podemos tolerar la intolerancia, y la libertad en su sentido más amplio debemos defenderla a toda costa y en todos los frentes.

La objetividad de la prensa

Dentro de toda está convulsión surgen debates en torno a diversos temas, siendo uno de ellos el de la supuesta objetividad de la prensa, algo que yo siempre he cuestionado. En mi criterio no solo no es malo, sino más bien normal, lógico y saludable que la prensa y los periodistas mantengan sus propias posiciones en relación con diferentes temas. Lo que no se vale, es -amparados a una utópica objetividad- esconder esas posiciones, faltando a la transparencia frente a la ciudadanía.

A nivel internacional es común que los grandes medios reflejen abiertamente su línea de pensamiento. Uno puede no compartir la línea editorial que defiende una cadena como Fox y estar totalmente opuesto a ella, pero al menos tiene claro cuál es. Esto permite analizar e interpretar, a la luz de esta, los planteamientos que surgen desde dicho medio. Igual sucede con el New York Times, o el Washington Post, que han mantenido una abierta confrontación con el presidente Trump, lo cual es absolutamente válido.

Sin embargo, en nuestro país pareciera que la coherencia ideológica de los medios y los periodistas es vista como algo perverso, y ello en el fondo refleja esa doble moral subyacente que en los últimos meses ha sido puesta en evidencia.

Hace unos años coincidía en una actividad social con un exdirector de uno de los principales medios de prensa del país, y en algún momento la conversación durante la cena fue llevando a este tema. Él argumentaba que la labor de la prensa era objetiva y que los hechos únicamente se presentaban tal cual, sin ningún grado de interpretación, pues las interpretaciones correspondían a los lectores. Otro de los presentes opinaba lo contrario, sosteniendo que no se podía separar el elemento subjetivo del periodista o la línea editorial a la hora de presentar los hechos, por lo que era menester, en aras de la transparencia, que se conocieran esas posiciones subjetivas.

No soy muy dado a entrar en discusiones sobre temas sensibles en actividades sociales protocolarias porque a la postre terminan mal, por lo que no participé en la conversación. Sin embargo, esa noche regresé a mi casa dándole vueltas al tema, pensando que en efecto esa tal objetividad no existía, y que no revelar las posiciones propias era una forma de manipular al público.

A los pocos días, y por pura casualidad, ocurrió algo que vino a ratificarme que yo estaban en lo correcto. Dos de los medios impresos más reconocidos del país, informando sobre un hecho de gran interés nacional acaecido el día anterior, publicaron titulares completamente opuestos entre sí. Informando sobre exactamente el mismo hecho cada uno sugirió a sus lectores versiones totalmente diferentes, nada más y nada menos que en la primera plana.

Ese día decidí guardar una copia de ambos titulares, pensando que en algún momento en el futuro me iban a servir para probar mi argumento. Han pasado siete años, y ahora, a la luz de estas discusiones, he decidido compartirlos, para que cada quien juzgue, pues estas primeras planas valen más que mil palabras.