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Lo que el sector lácteo puede ganar con el CPTPP

Vengo de una familia de productores de leche. Mi madre lo es, y algún día tendré, junto a mis hermanos, la responsabilidad de continuar un legado que han sostenido varias generaciones. He dedicado buena parte de mi carrera al comercio exterior, pero nunca he visto este tema desde la distancia. Por eso sé que el debate sobre el Acuerdo Transpacífico (CPTPP) no es abstracto: se decide en las fincas, en el precio que recibe el productor y en la posibilidad de que la próxima generación quiera seguir. Y por eso también creo que mis hijas merecen heredar un campo moderno, competitivo, tecnológico e integrado al mundo.

La Cámara Nacional de Productores de Leche calificó el acuerdo como la mayor amenaza que ha enfrentado el sector. Conozco esa preocupación de cerca y tiene fundamento. Según sus datos, Nueva Zelanda, Australia y Canadá pagan a sus productores menos de 50 centavos de dólar por kilo; en Costa Rica, cerca de 72. Con el arancel vigente, la leche en polvo neozelandesa llega más cara que la nacional; sin él, sería más barata. La modelación del Comex estima que, en el largo plazo, la producción láctea podría ser 3,31% menor que en el escenario base, aunque el PIB crezca 0,34%. Y el 40% de la leche, según la Cámara, se procesa en microqueserías artesanales e informales, el eslabón más frágil.

Pero conviene leer con cuidado lo que se negoció. Los productos sensibles no se liberalizan de inmediato. La leche entera en polvo tendrá 13 años de desgravación, con un contingente libre de arancel de 320 toneladas. Los quesos mozzarella, cheddar y frescos tendrán 12 años, con un contingente de 380 toneladas que crece 10 por año. La leche fluida, las leches en polvo descremadas, los yogures, la mantequilla y el resto de quesos tendrán 10 años. Solo productos de menor sensibilidad, como leches condensada y evaporada o sueros, quedan libres desde el inicio. Aun convertidos a equivalente de leche fluida, esos contingentes no llegan al 1% de los cerca de 1,2 millones de toneladas que el país produce al año.

Hay un detalle técnico que no debe pasar inadvertido: la desgravación se calcula desde 2025, sin importar cuándo se apruebe el acuerdo. Cada año de demora legislativa no protege al sector; simplemente le quita tiempo para prepararse.

También en este análisis hay que ver al CAFTA-DR. A medida que avanzó su desgravación, las importaciones lácteas desde Estados Unidos pasaron de $20 millones en 2022 a $64 millones en 2025, sobre todo mozzarella, y la mayor parte llega directo a supermercados y restaurantes. Esa presión ya existe. El CAFTA-DR también dio plazos largos; la lección es que un plazo solo protege si se usa.

A ello se suma un factor que ningún tratado explica: la apreciación del colón. El productor recibe menos colones por su leche y, aun así, esa leche luce más cara en dólares frente a la competencia. Parte de la brecha con Nueva Zelanda, cuya lechería se basa en pastoreo a gran escala, es estructural. Pero otra parte la fabrica el propio país con sus costos de energía, logística, cargas y tipo de cambio.

Mientras tanto, la finca ha hecho su parte. Según la Cámara, la producción por lactancia pasó de 5.161 a 7.894 kilos entre 1987 y 2023, un 53% más, gracias a mejor genética, manejo y tecnología. Ese esfuerzo merece un país que no lo anule con sus propios costos.

Desde el comercio exterior, propongo cuatro prioridades:

  1. Una agenda de competitividad para la lechería con metas atadas al calendario de desgravación: energía, caminos rurales, crédito para modernización e insumos a precios internacionales.
  2. Formalizar y fortalecer a las queserías pequeñas con asistencia técnica, registro sanitario accesible y vínculos con cooperativas y cadenas organizadas.
  3. Administrar con rigor los contingentes y la defensa comercial. El acuerdo permite acumular origen entre sus miembros, por lo que leche en polvo de un socio procesada en otro puede ingresar como originaria. Eso exige vigilancia aduanera y disposición a usar la salvaguardia de transición cuando corresponda.
  4. Exportar. Costa Rica ya vende más de $150 millones anuales en lácteos y es exportador neto en Centroamérica. El CPTPP abre mercados asiáticos que dependen de lácteos importados, donde la genética, los quesos de valor agregado y una lechería con credenciales ambientales pueden diferenciarse.

El sector tiene razón en exigir que no se le deje solo. Pero su mejor defensa no está en cerrar la puerta, sino en preparar la casa. En el campo se aprende pronto que ninguna generación recibe la misma finca que la anterior: la sostiene quien sabe adaptarse a tiempo. Si el país hace su parte, el CPTPP no será el principio del fin de la lechería costarricense, sino el inicio de su etapa más ambiciosa. Esa es la finca que quiero dejarles a mis hijas.