En Santa Cruz de Turrialba, el día empieza temprano para las familias productoras. Antes de que muchas personas se levanten, ya hay alguien ordeñando, preparando el queso, atendiendo animales o saliendo hacia la ciudad para ir a vender sus productos. Ese trabajo continúa cuando llueve, cuando suben los insumos y cuando hay que buscar cómo hacer rendir lo que entra para pagar las cuentas de la casa y la finca.
Esa es la realidad desde la que quiero hablar del Acuerdo Transpacífico, conocido como CPTPP. Soy estudiante de Derecho y soy de Santa Cruz de Turrialba. Me preocupa cómo se discuten decisiones que pueden influir en el futuro de mi comunidad y cuánto espacio tienen en esa conversación las personas que trabajan aquí.
Para conocer sus preocupaciones, conversé con tres productores de la zona. Sus experiencias son distintas, pero coinciden en algo: les inquieta cómo seguir produciendo frente a los costos que ya enfrentan y a una competencia que temen no poder sostener ante el CPTPP.
Jorge Solano Vargas lleva diez años produciendo leche y queso Turrialba. Cuenta que es la quinta generación de su familia dedicada a esta actividad. Cuando habla del futuro de su producción, también está hablando del futuro de su hija.
"Con este trabajo puedo darle estudios a mi hija y pagar nuestros préstamos", explica. Su familia depende completamente de esta actividad. Por eso, su preocupación por vender el queso tiene un significado concreto: de esas ventas salen recursos para estudiar, pagar deudas y sostener el hogar.
Marvin Pereira Vargas lleva aproximadamente 42 años trabajando con ganado lechero. Recuerda que su papá le compró un balde pequeño para que aprendiera a ordeñar cuando todavía estaba en la escuela. Su historia permite comprender cuánto de este oficio se aprende en familia y cuántos años de trabajo hay detrás de una finca.
Hoy señala que los abonos y otros insumos son caros y que los obstáculos en los trámites dificultan mejorar su producción. Desde esas condiciones escucha las noticias sobre el acuerdo y se pregunta cómo podría competir.
Omar Vargas Camacho produce queso desde 1990. Su preocupación también alcanza a las personas que le venden leche. Explica que, si tuviera que bajar los precios o dejar de recibirla, las dificultades llegarían a otros hogares:
Dependemos de esta actividad al 100%".
Estas conversaciones muestran por qué el debate debe llegar hasta las comunidades. Una disminución de ingresos puede sentirse en la compra de alimentos, en el pago de un préstamo o en la posibilidad de continuar estudiando.
Marvin también menciona a las pulperías, los distribuidores de alimentos para animales y sus empleados:
Todo es una cadena".
Los testimonios no permiten asegurar qué ocurrirá con el acuerdo. Sí permiten identificar preguntas que merecen respuestas: ¿qué condiciones enfrentarían estos productores?, ¿qué oportunidades podrían aprovechar realmente?, ¿qué apoyo recibirían para continuar?
Mi posición es que las decisiones deben acompañarse de información comprensible, análisis por actividad y participación de quienes pueden verse afectados. También hacen falta respuestas concretas sobre financiamiento, asistencia técnica, costos y trámites.
Jorge lo expresa desde su experiencia: "No necesitamos que nos regalen las cosas". Su petición es poder trabajar y recibir reconocimiento por lo que produce.
En mi pueblo, el trabajo del campo ha sostenido hogares y ha permitido que nuevas generaciones estudien y construyan sus proyectos. Quiero que esa realidad tenga peso cuando se discuta el futuro del sector.
Quienes toman las decisiones necesitan conocer qué significa para una familia vender queso, mantener animales y llegar hasta el final del mes. Acercarse a esa vida cotidiana es necesario para decidir con responsabilidad.
