Dicen, con algo de ironía, que la cultura es lo que queda después de que a uno se le olvida lo que aprendió. Es el sedimento. Lo que una nación hace sin pensarlo, lo que le incomoda sin que nadie se lo explique, lo que celebra por instinto. La cultura no se decreta: se siembra, se riega y, sobre todo, se espera.
Costa Rica es un buen laboratorio para entenderlo. En los últimos 80 años vivió transformaciones culturales tan profundas que hoy parecen naturales. No siempre lo fueron.
La primera semilla fue política. La revolución de 1948 socializó algo extraordinario: la esperanza intergeneracional. Desde entonces, cada madre y cada padre pudo creer que sus hijos serían más prósperos que ellos. Esa promesa encontró su vehículo en la educación pública, que alfabetizó a un pequeño país pobre en apenas un par de generaciones y abrió la puerta a cientos de miles de profesionales.
La segunda semilla fue la abolición del ejército. Más que una decisión institucional, se convirtió en una forma de ser. Los costarricenses no sabemos armar un fusil ni saludar a un superior militar. Nos choca la violencia. Registramos cualquier pérdida de armonía con una sensibilidad distinta.
La tercera semilla fue ambiental. Cuando yo era niño, nadie sembraba árboles en la escuela. Hoy millones lo han hecho. Nos incomoda un río contaminado, un basurero a cielo abierto, basura en la playa. Esa incomodidad es cultura.
Debajo de todo, quizás, laten valores indígenas que anteceden a la llegada europea y que siguen guiando, en silencio, nuestra evolución.
¿Cómo incubar los cambios de los próximos 80 años? Propongo tres terrenos.
Cultivar el ser completo. No solo la mente que aprende aritmética, sino las emociones que nos mueven, el cuerpo que aprende dramatizando lo que lee, y la voluntad que se forja en el simple acto de comparecer a tiempo, cada día.
Pasar de la instrucción a la facilitación. Aprendemos haciendo, como se aprende el fútbol: con la pelota rodando, no leyendo dos libros antes de entrar a la cancha. Y aprendemos también fuera del aula: trepando árboles, contando chistes, escuchando a otros, discerniendo entre amigos.
Aprender a emprender. La productividad se está descentralizando. En lugar de cien empresas que generen un millón de empleos, imaginemos cien mil emprendimientos pequeños que tejan la trama socioproductiva. La inteligencia artificial no es una desgracia: es una puerta que toca.
Hay urgencia. Casi la mitad de quienes inician el colegio no lo terminan, y nuestra población comenzará a encoger. Cada vida costarricense vale hoy más que nunca. Pero reformar no debe significar tirar al niño con el agua sucia de la bañera.
Los niños que entrarán a primer grado en febrero serán los adultos de la Costa Rica que viene. Lo que hagamos o dejemos de hacer hoy ya escribe esa cultura. Una nación madura entiende que debe sembrar árboles bajo cuya sombra jamás descansará. La semilla de hoy es el bosque de mañana y el jardín de quienes vendrán, tanto como el bosque y el jardín de hoy son semillas que sembraron las generaciones anteriores.
Artículo basado en el episodio 339 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Cultura, lo que queda cuando olvidamos lo aprendido”.
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