Las juventudes costarricenses nos encontramos en un punto crítico. Desde mi vivencia como mujer joven, observo con preocupación un fenómeno cada vez más evidente en Costa Rica: el cansancio político de la ciudadanía. No se trata únicamente del desinterés por las elecciones o de la apatía hacia los partidos políticos. Se trata de algo más profundo: una creciente desconfianza hacia las instituciones democráticas, un sentimiento de frustración ante la incapacidad de nuestros líderes para construir acuerdos y una percepción cada vez más extendida de que la política ha dejado de servir al bien común.
Durante los últimos años, el debate público costarricense se ha caracterizado por una escalada de discursos polarizantes, ataques personales y narrativas que dividen a la sociedad entre “buenos” y “malos”. En este contexto, los problemas estructurales del país parecen quedar relegados a un segundo plano. La inseguridad, la desigualdad, el deterioro de la educación y la pérdida de oportunidades para las nuevas generaciones requieren respuestas colectivas, pero el escenario político parece estar más enfocado en la confrontación que en la búsqueda de soluciones.
Esta dinámica no es exclusiva de Costa Rica. El Instituto Varieties of Democracy (V-DEM) ha advertido que la polarización representa una amenaza para la calidad de las democracias contemporáneas, pues dificulta la construcción de consensos y debilita la confianza entre ciudadanos e instituciones. Sin embargo, en nuestro país el problema adquiere una dimensión especialmente preocupante porque históricamente hemos construido nuestra identidad democrática sobre la base del diálogo, la negociación y el respeto por las diferencias.
Lo más peligroso de esta situación no es únicamente la existencia de discursos de odio; lo verdaderamente alarmante es el efecto que estos producen en la ciudadanía. Cuando la política se convierte en un espectáculo permanente de juego sucio, las personas comienzan a alejarse de ella. Muchos jóvenes ya no ven la participación política como una herramienta de transformación, sino como un espacio dominado por intereses personales, conflictos de interés y luchas por el poder.
El Programa Estado de la Nación ha advertido que la confrontación política constante limita la capacidad del sistema político para responder de manera efectiva a los problemas que enfrenta la población y dificulta la cooperación entre actores institucionales. Además, señala que casi no se convocan diálogos sociales para resolver problemas de interés público, lo que ha desplazado cada vez más la disposición para construir acuerdos. Esta incapacidad para generar respuestas concretas alimenta aún más el desencanto ciudadano y fortalece la percepción de que la democracia no está cumpliendo con las expectativas de quienes depositan su confianza en ella.
No obstante, retirarnos de la política no resolverá el problema. Por el contrario, la indiferencia es precisamente el terreno más fértil para quienes buscan explotar el descontento social mediante la división y el resentimiento. No debemos interpretar la fatiga democrática como una razón para abandonar la participación ciudadana, sino como una señal de alerta que exige una respuesta colectiva.
Frente a los desafíos contemporáneos que enfrenta Costa Rica, necesitamos más espacios de participación ciudadana, más organización social y más disposición para escuchar al otro. En una democracia, los desacuerdos son inevitables, pero no debe haber espacio para la incapacidad de dialogar. Resulta imperativo construir espacios de diálogo y formación. Si permitimos que el cansancio y la decepción sustituyan al compromiso ciudadano, estaremos debilitando uno de los principales activos de nuestro país: su cultura democrática.
La respuesta a este fenómeno no es el silencio, sino una ciudadanía más crítica, más informada y más comprometida con la construcción de soluciones colectivas. Sin embargo, este cometido no depende únicamente de las personas jóvenes: también tienen un papel importante las personas adultas dispuestas a escuchar. Necesitamos que quienes ocupan una curul en la Asamblea Legislativa se organicen y estén dispuestos a conocer cara a cara a su país y a sus juventudes, a escuchar y a construir espacios de participación reales para hacer frente al desencanto político.
