Mucho se ha dicho sobre la chispa que enciende el emprendimiento. La emoción del inicio, la ilusión de una idea que parece tener potencial, y ese deseo de “hacer algo propio” suelen ser el motor inicial de muchas historias emprendedoras. Sin embargo, poco se habla de lo que sucede después. ¿Qué pasa cuando ya empezamos? Ahí es donde empieza el verdadero reto: sostener la motivación. Porque una cosa es tener una buena idea, y otra muy distinta es mantener viva la energía necesaria para convertir esa idea en un proyecto sostenido en el tiempo. La motivación no es solo ese entusiasmo inicial; es una disciplina que se construye cada día con metas claras, sentido de propósito y herramientas que permitan volver al foco incluso cuando el camino se pone difícil.
En ese sentido, emprender no debe entenderse como un evento único, sino como un proceso continuo. Emprender, en esencia, es una sucesión de hitos. No se trata de un único logro, sino de una ruta compuesta por múltiples metas alcanzables que, paso a paso, van construyendo el camino. Y es justamente en ese tránsito —a veces lento, a veces incierto— donde la motivación se convierte en un elemento esencial. Porque un emprendimiento sin dirección clara puede sentirse como caminar por un bosque oscuro, donde no hay señales que indiquen si se avanza o se retrocede. Y peor aún, si no se miden los avances, el emprendedor puede perder de vista todo lo que ya ha conseguido.
Por eso, la definición de metas realistas y medibles no es un lujo, sino una necesidad. Tener claridad sobre qué se quiere lograr, cómo se quiere lograr y para qué se quiere lograr permite establecer un sentido de propósito. De esta forma, la motivación deja de depender de una emoción momentánea para convertirse en una herramienta estratégica anclada a una visión clara, que actúa como guía y brújula en los días de confusión o cansancio.
Aun así, incluso con esa estructura, la motivación puede tambalear. Es natural. Hay días —y a veces semanas— en los que simplemente desaparece. El cansancio, la rutina o la sensación de que el trabajo pierde impacto pueden apagar el entusiasmo. Y esos momentos, aunque inevitables, son peligrosos: afectan la productividad, el liderazgo y, en muchos casos, la salud emocional del emprendedor. Porque sin motivación, la visión se nubla. Y sin visión, el emprendimiento tambalea.
Para contrarrestar estos momentos, otra estrategia útil es rodearse de referentes. Personas que hayan recorrido caminos similares, que hayan superado obstáculos parecidos y que nos sirvan como espejo y como una especie de faro. Por ejemplo, si se trata de un emprendimiento tecnológico, vale la pena leer sobre emprendedores del sector, escuchar sus entrevistas, ver documentales. Si se trata de una panadería, conocer casos de éxito, otros emprendedores que llegaron donde queremos llegar
—desde los más modestos hasta los más masivos— puede ser igual de inspirador.
Cuando tenemos referentes, estos no solo ayudan a imaginar lo posible, también aportan claridad sobre el rumbo. Permiten visualizar cómo se quiere ser, cómo se quiere actuar, qué decisiones tomar.
Visualizarse es, en sí mismo, un acto motivador. Recordarse hacia dónde se quiere llegar es un recordatorio constante del trabajo que aún queda por hacer.
En esa misma línea, otro método para sostener la motivación es precisamente visualizar el éxito. Muchas veces, la desmotivación surge porque se olvida aquello que impulsó a emprender en primer lugar. Volver a imaginar ese destino deseado, ese impacto que se quiere generar, puede ser el empujón emocional necesario para retomar el camino. Esta visualización debe darse en dos planos: por un lado, como emprendedor o emprendedora, ¿en quién quiero convertirme?, ¿qué versión de mí deseo construir con este proyecto? Y, por otro lado, como emprendimiento, ¿hasta dónde quiero llevar esta idea?, ¿a quién quiero impactar?, ¿qué transformación quiero generar? Cuando se tiene claro ese “norte” en ambos sentidos, la motivación encuentra un ancla firme. Esta práctica está naturalmente conectada con los referentes: ver a otros que ya han llegado donde uno quiere llegar ayuda a recordar por qué se empezó, y, sobre todo, por qué vale la pena seguir.
Ahora bien, es importante decirlo con claridad: emprender no es fácil, y tampoco debería idealizarse como si lo fuera. Es un camino lleno de incertidumbres, de decisiones difíciles, de espinas que muchas veces duelen más de lo que uno quisiera admitir. Hay fracasos, errores y momentos en los que todo parece tambalearse. Pero es justamente ahí donde el emprendedor se forja: en la resiliencia, en la capacidad de levantarse una y otra vez, en seguir adelante incluso cuando la motivación flaquea. No se trata de romantizar el emprendimiento, sino de entenderlo como un proceso real, complejo y profundamente humano.
Porque al final, emprender no es el destino: es el medio. Y el emprendedor se forma en el camino, no en la llegada. La motivación no siempre será alegría ni euforia, pero sí puede ser convicción, propósito y determinación. No se trata de ser feliz todos los días —una expectativa poco realista—, sino de tener claro por qué se hace lo que se hace y hacia dónde se quiere ir.
La motivación continua no es un regalo, es una construcción. Y como toda construcción, necesita bases firmes, visión clara y, sobre todo, un motivo que valga la pena.
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