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Como la mamá a la que una catizumba de chiquillos le lloran al mismo tiempo. Así veo al gobierno en medio de la angustiante situación que se vive a raíz de la crisis sanitaria, económica y, ahora también social, de la pandemia por COVID-19. Y, amorosa que es, la madre no sabe a quién chinear primero, porque todos están hambrientos e imploran por atención. Lo peor es que, tal es nivel de desesperación, que ahora están empezando a pelearse entre ellos.

Algo así, elevado a la décima potencia, es lo que estamos viviendo en nuestro país con las diversas manifestaciones y reclamos de diversos sectores, así como con los ataques –físicos y virtuales- a las poblaciones más vulnerables, dando como resultado un nivel de crispación tan preocupante como riesgoso para la estabilidad del país.

Más allá del grito desesperado por soluciones prontas y cumplidas, ha significado, además, un baño profundo de sensibilidad social para quienes nunca se habían visto obligados a recurrir a manifestaciones y demás medidas de presión que, en algún momento, tanto censuraron. Que coartan mi libertad de movimiento, que no me dejan trabajar, que no llego a tiempo a mi cita médica…

¿Hace cuánto tiempo venimos escuchando hablar sobre el combate a la pobreza, la inseguridad, el desempleo y la desigualdad? Desde que tengo uso de razón son los pilares sobre los cuales se han erigido los discursos de los políticos de turno. La diferencia es que hoy estos flagelos no se circunscriben a un simple y cajonero discurso electoral, sino que han penetrado la intimidad de miles de hogares costarricenses.

Ya no son aquellos problemas, graves pero distantes, que no me competen y solo afectan a “los otros” que habitan allá abajo en el inframundo de las desventuras. “Pobre gente”, nos limitábamos a exclamar antes de seguir en nuestra faena. Tuvo que venir el SARS-CoV-2 a igualarnos por la brava a través de una forzosa dosis de realidad y humidad que no conoce diferencias de ninguna clase. El rico, el pobre, el artista, el empresario, el deportista, el indigente, el privado de libertad… todos estamos en el mismo barco tratando de sobrevivir a esta tempestad que nos avasalla sin piedad.

Del lado de los “malos”

De repente, los malos de la película ya no son los sindicatos o los maestros que salían en defensa de sus intereses y “odiosos” privilegios a costa de las libertades ajenas. De un día para otro, todos, sin distingo ideológico, sectorial o social, nos vemos en la misma necesidad y obligación de salir a defender lo que antes tanto criticábamos: nuestros derechos, nuestro trabajo, nuestra operación arroz y frijoles.

Es entonces cuando los transportistas, los comerciantes, los dueños de tiendas, los propietarios de gimnasios, los empresarios, entre otros sectores, grandes, medianos y pequeños, se organizan para hacerse escuchar. Unos tirados en la calle, exponiéndose al contagio; otros, más seguros, en vehículos o utilizando la tecnología, pero todos implorando por acciones, por respuestas, por una hoja de ruta indescifrable.

Las manifestaciones de personas trabajadoras en Casa Presidencial e incluso frente a la vivienda de don Carlos Alvarado son la prueba contundente de que el pueblo no aguanta más. Hay cansancio, desgaste y hastío en el ambiente. La consigna es una: “Déjennos trabajar… si no nos morimos de covid, nos moriremos de hambre”.

Y mientras tanto, el Gobierno tratando de evitar ambos desenlaces fatales. ¡Vaya dilema! ¿La salud o la economía? ¿Cómo lograr ese justo y delicado balance entre resguardar la salud púbica y evitar un colapso económico? La respuesta aún es incierta para nuestro país y el mundo.

Muchos frentes abiertos

La única certidumbre que tenemos es que no hay ninguna. Nos encontramos frente a una realidad, a todas luces inédita, que ni el gobierno sabe cómo administrar. Que el bono Proteger, que la ruta de reactivación económica, que los préstamos con el FMI, que las trabas en la Asamblea Legislativa, que el inminente colapso de los sistemas de salud, que el rastreo epidemiológico de los nuevos casos…

El gobierno está desbordado, con muchos frentes abiertos -todos urgentes y prioritarios- e incapaz de controlar a tantos “hijos” inquietos y hambrientos. En buena hora que algunos sectores se estén organizando para ayudar desde el ámbito local, comunal y privado. Es lo que necesitamos. Tratar de cooperar más y hablar menos.

No se vale estar sentado esperando, cual odioso circo romano, a la conferencia de prensa de medio día para jugar a la lotería, adivinando el número de casos y despedazando a las autoridades por sus “desacertadas” decisiones. ¡Qué fácil es señalar, juzgar y desahogarse desde una computadora o un celular! Ya los viera en la primera línea de batalla. Si vamos a criticar, que sea con ánimo de aportar, de edificar, nunca de enlodar aún más la cancha.

Es lo mínimo que deberíamos estar aprendiendo de esta pandemia. Ya muchos sabemos lo que se siente estar sin trabajo, pasar apuros económicos, perder a un ser querido o enfermar. No son problemas ajenos a la mayoría. Antes de la pandemia, tal vez ignorábamos las razones por las que un taxista, un educador, un migrante o un jubilado se manifestaba.

Ahora no solo las conocemos, sino que hasta las compartimos y sufrimos a diario. Es la empatía en su máxima expresión, la base para una sociedad más solidaria, justa, inclusiva y tolerante. Entenderlo y aplicarlo será la clave para hacer de esta crisis una oportunidad de reinvención social memorable para Costa Rica. De lo contrario, todo habría sido en vano.