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Este texto forma parte del capítulo final del libro Las formas de la madera. Casas, escuelas e iglesias de Nicoya. (San José: Arlekín, 2020). Este libro fue publicado hace una semana y es el primer volumen de un proyecto editorial promovido por la Municipalidad de Nicoya. El siguiente libro estará dedicado al músico nicoyano Max Goldenberg.

1.

Habiendo sido un importante centro de vida indígena, Nicoya fue luego una de las primeras y más prominentes localidades coloniales de Costa Rica[1]. En ella se echó a andar un proceso de agregación o anexión que dio a este país su forma territorial y poblacional más contemporánea. Es cierto que, con el tiempo, su importancia histórica y política, su brillo, declinó. Pero, en algún sentido, uno puede adivinar algo de esa luz presente en algunos rasgos de esta pequeña ciudad.

Quizá el indicio principal del viejo brillo de Nicoya sea una iglesia. La Iglesia de San Blas está puesta en el centro de esta ciudad como un argumento contundente de la fuerza que tuvo y qué podría tener una comunidad en la cual fueron decididas tantas cosas en el siglo XIX. Desde esa vieja y bella Iglesia de San Blas uno puede alejarse a los barrios y los pueblos para observar pequeñas estancias que también son portadoras de una luz paticular.

Este libro ha querido seguir esa luz, la luz que juega sobre otras construcciones amadas. En ella es posible observar un tipo de comunidad constructora, es decir, unas pautas comunes para construir durante la primera mitad del siglo XX.

Los carpinteros y albañiles que construyeron esas edificaciones muestran un gusto especial por el aire, por la luz, por la sombra y por el juego. Sus obras son de una elegancia simple y sin ostentación. En ellas brilla una dignidad que logra amarrar lo bello y lo funcional. Algo de este espíritu puede adivinarse todavía en algunas calles de Nicoya.

2.

Este libro es una evidencia del papel que tienen los mundos locales en los usos, formas y materialidades de las casas, escuelas e iglesias de Nicoya. Eso puede observarse en la manera en que fueron construidas, pero también en cómo son, o han sido, habitadas. Y en cómo las observamos y pensamos ahora. Pero aún cuando los rasgos locales marcan esas construcciones, en ellas también hay elementos universales.

Cada parte del mundo es todo el mundo al mismo tiempo. En cada lugar del mundo, en algún sentido, están presentes todos los lugares. Algo de esta intuición puede observarse en las pequeñas construcciones que este libro documenta. En Nicoya también está España y Nicaragua, África, el Caribe y México. Por eso, en estas casas, escuelas e iglesias humildes puede estar presente y resumida la historia de la humanidad, el ansia del contacto, las ganas de crecer y hacer crecer.

3.

Este es un libro sobre viejos lugares que he amado, algunos de ellos desde muy pronto. Sin saberlo plenamente, desde niño empecé a construir un lazo particular con varias de las casas, escuelas e iglesias que aparecen en él.

Estas construcciones, en particular ciertas casas, forman parte de mi memoria y de mi educación sentimental pues en ellas, de distintas maneras, crecí y pasé el tiempo de mi infancia y mi adolescencia. A otras, en especial unas cuantas escuelas e iglesias, las he empezado a conocer y querer desde hace poco. Y también con ellas he ido construyendo un vínculo de admiración que seguramente crecerá y crecerá conforme siga entrando en ellas.

Habiendo sido un niño y un adolescente en Nicoya, no me son ajenas las sensaciones espaciales de uno de los lugares más viejos de Costa Rica. Puedo decir que Nicoya, mi Nicoya, tiene que ver con espacios amados y con gente que los habitó, que los habita, de una manera particular. Y, sin embargo, bien podría ocurrir que tales habitantes no sean plenamente conscientes del valor de esos sitios.

4.

No es fácil observar lo que se ha tenido siempre frente a los ojos. La cercanía de las cosas enceguece. De tanto ver lo que uno siempre ve ya no lo ve. Eso puede pasar con nuestras viejas casas y escuelas. Eso ocurre, sin duda, con nuestra Iglesia de San Blas, radiante y orgullosa. A veces, quienes somos de Nicoya vemos por primera vez, de manera detenida y cuidadosa, nuestras iglesias, escuelas y casas cuando las vemos a través de los ojos de gente que viene de otra parte.

Aún amándolas, bien podría ser que no nos tomamos el tiempo para observar lo que hemos tenido siempre a la par. Por eso, este libro está imaginado como un pequeño instrumento de observación que nos permita ampliar las formas de mirar nuestro mundo local.

5.

A menudo recuerdo mis viajes infantiles de regreso desde la Escuela Leonidas Briceño hasta mi casa. Eran caminatas felices gracias a los dos ríos en los que me detenía junto a mis compañeros para fingir que pescábamos. En realidad, nuestro proyecto era bañarnos y jugar. Luego de eso, seguíamos el camino a casa demorándonos todo lo que podíamos.

Algunos de esos recorridos eran intrigantes gracias a las ventanas en las cuales, a mediodía no se veía a nadie pero que dejaban salir una voz, la voz del radio, de las radionovelas. Eran voces que salían de aquellas viejas ventanas de madera y que seguramente entusiasmaban, conmovían, a la gente sencilla que, desde dentro, en silencio, escuchaba aquellas historias dramáticas.

Aquellas casas representaban, sin yo saberlo entonces, un valor de intimidad y de cobijo ante el calor y frente a las miradas de los demás. Y también tenían un valor de crecimiento. Eran lugares en los cuales se vivía y se crecía. Pero es cierto que no solo las casas tenían esos valores. También lo tenían la escuela a la que mis amigos y yo fuímos a estudiar, la Leonidas Briceño, y la Iglesia de San Blas en la que ayudamos como monaguillos. Mucho más grandes que nuestras casas, y orientadas a otros fines, esa escuela y esa iglesia también eran imaginadas por mí y por mis compañeros y compañeras como lugares de cobijo y protección.

Todo ese conjunto de lugares, tal como la casa de madera y teja de mis abuelos, tenían la marca de los años. Lo mismo podría decir de las casas de muchos de mis compañeros y compañeras, casas de madera cruda y teja, con sus patios llenos de árboles frutales, sin muros, con las puertas siempre abiertas. Casas siempre junto a árboles frutales —icacos, zapotes, nísperos, mangos, naranjos, limoneros, marañones— y pequeños jardines olorosos. Eran casas de madera con grandes ventanales y techos altos que dejaban pasar la luz y el aire y que, entonces, como en un ensalmo, refrescaban el día y hacían soñar e imaginar.

De noche, cuando se cancelaban las rutinas del día, entrábamos en otro reino. Al buscar habitaciones que tenían tantos años, la entrada en la noche era también una forma de comunión con otro tiempo. El rito nocturno de buscar la habitación suponía también la posibilidad de visitar la calma del conticinio, ese momento de la noche en el cual todas las cosas del mundo están recogidas y en silencio.

Esa Nicoya callada es la patria de mi infancia, y este libro, en algún sentido, es un intento de recuperar esa patria imaginaria en la que fui inocente y feliz. En algunos sueños todavía puedo percibir la vieja y dulce luz que envolvía ese lugar que era como el centro de mi paraíso.

Pero ese mundo ya no existe pues el tiempo lo ha tocado con sus pesadas manos que disuelven todo en el aire. Y aún así, algunas cosas han resistido y son como pequeños fulgores de otro tiempo. Esas casas, escuelas e iglesias que han resistido son las que pueblan este libro. Sin embargo, es preciso confesar que no están aquí solamente por una especie de nostalgia individual. Mi idea es que puedan servir como revelaciones, como iluminaciones, de una forma única de habitar una pequeña ciudad de provincia, de cuidarla, de amarla, de hacerla crecer.

[1] Luis Fenando Sibaja y Chester Zelaya (2015). Nicoya. Su pasado colonial y su anexión o agregación a Costa Rica. San José: Euned.