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“Chile se había fracturado en dos. Mientras unos celebraban con champagne, otros inauguraban las cárceles”. Lo que me causó un escalofrío en mi columna vertebral, al leer esa frase, no fue la tradicional insinuación sobre la lucha de clases; más bien, fue la imagen de un país separado irreparablemente por una abismal grieta.

Las líneas anteriores son un fragmento del libro La conjura. Los mil y un días del golpe (Editorial Catalonia, 2017, quinta edición), donde se plasma la investigación de la periodista Mónica González. Este constituye una minuciosa radiografía sobre el golpe de Estado en Chile de 1973 y detalla, en sus más de 500 páginas, los dolorosos pasos de un proceso donde se resquebrajaron esas estructuras sociales que conformaron ese colectivo llamado país.

Perspectivas que evolucionan

La primera vez que tomé consciencia de que mis padres habían vivido una especie de siniestra aventura antes de mi nacimiento fue más o menos al mismo tiempo que, en la pantalla grande, Luke Skywalker se estaba dando cuenta de sus propios enredos genealógicos.

Recuerdo también que, durante las alegres visitas de los amigos chilenos de mis padres a nuestra casa, nunca faltaban las canciones de Víctor Jara, las empanadas chilenas y ciertas palabras cuya insistentemente repetición, como si fuesen una especie de mantra, no podía entender: “Allende” y “Pinochet”. Esas palabras teñían las conversaciones que yo espiaba con la oreja parada mientras jugaba con mis muñequitos de Han Solo y Chewbacca.

Conforme pasaron los años, me animé a preguntarle a mi viejo de qué se trataba esa saga que parecía obsesionarlo a él y sus amigos: ¿Quiénes eran esos personajes? ¿Quiénes representaban a los rebeldes? ¿Cuál era el Imperio Galáctico?

Con su característica paciencia para enseñar, papá me fue dibujando una historia que, según me percataba, lo movía emocionalmente hasta los huesos. Yo hacía lo mejor que podía para contextualizar lo que escuchaba con mis rudimentarias herramientas intelectuales. En aquel tiempo, trataba de cuadrar las anécdotas chilenas con lo que había escuchado en el Colegio Humboldt sobre la Segunda Guerra Mundial y –por supuesto—con la saga de George Lucas: aquí están los rebeldes (buenos) y por allá los uniformados (malos). ¡Voilà! Tenía entonces un holograma simplón que me dejaba entender de manera aproximada los relatos de mi viejo. Aquel era modelo en blanco y negro y absurdamente simplificado, pero congruente, para aquella época de mi juventud.

Por suerte los años han sido generosos profesores. Tras reñir para hacer crecer una empresa plantada en un suelo que funciona a veces gracias a y otros días a pesar de organizaciones gubernamentales que se guían insistentemente por el modus operandi de un estado paternalista de antaño; mi pueril e idealista modelo de blancos y negros empezó a adquirir profundidad e, inclusive, a resquebrajarse.

En fin, hace poco llegó a mis manos el libro de Mónica González. Durante seis semanas me zambullí en su exhaustivo relato que le ha dado una nueva perspectiva, una realidad aumentada a los fragmentos que recuerdo haber escuchado de niño.

Con cada página, el vestigio de ese antiguo panorama dualista se fue convirtiendo en un degradé multicolor ante la complejidad de la condición humana. Por ejemplo, Pinochet dejó de ser el Emperador del Imperio Galáctico, quien yo suponía que había tejido el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 con lujo de detalles. El libro, por otro lado, reveló a dicho dictador como un oportunista que se sumó al boicot del gobierno de Allende hasta el último minuto. Acto seguido, se embriagó de poder y dio rienda suelta a un odio descomunal que hubiera puesto en vergüenza a Ratko Mladić, también llamado el El Cárnicero de Srebrenica.

Los Carabineros, los Stormtroopers de mi infancia, también adquirieron una naturaleza más compleja y, forzando el término: humana. Solía suponer que, en el grupo de militares regía un homogéneo odio ante la bandada de Allende. Sin embargo, el texto de González me reveló un complejo tira y encoge entre diferentes grupos: algunos estaban tan opuestos al golpe de estado que debieron ser ejecutados; mientras tanto, otros se quitaron la vida antes de unirse a ese grupo de militares. Es decir, dentro del cuerpo de carabineros también se reveló una diversidad inesperada.

Basta de spoilers

He de decir, además, que este soberbio libro es una historia necesaria para cualquier latinoamericano preocupado por la conversación política que prolifera en redes sociales en nuestros días.

Más concretamente: La Conjura (cuyo título hace referencia al complot que armaron opositores del régimen de Allende) revela cómo la rivalidad de dos grupos de la sociedad se fue coagulando hasta llegar a una confrontación violenta. Como corolario a esta destrucción de la posibilidad del diálogo, quedan espeluznantes anécdotas de lo que ocurre cuando se normaliza el odio entre bandos rivales.

“-Entendí que los soldados nos golpearan, pero hasta hoy no puedo entender que los bomberos que llegaron a apagar el siniestro, nos patearan y se ensañaran con nosotros, que estábamos manos en la nuca tendidos en el suelo, con fusiles en nuestras cabezas”, relata en La Conjura el expolicía Luis Henríquez, quien acompañó a Allende durante el ataque al Palacio de La Moneda.

Esta anécdota, contada por González en un estilo que bordea entre un relato policial y una novela de suspenso, marca un claro momento en el cual el sentido común quedó en segundo plano y “el hígado” empezó a regir. ¿El resultado? Una avalancha de violaciones contra los derechos humanos.

Mi motivación con este comentario no es condenar un bando en específico de esta historia. Mi deseo es llamar la atención a lo crucial que resulta hacer lo posible por preservar el diálogo social. Hoy estamos expuestos a un factor incendiario tremendo: las redes sociales, en su implacable deseo de acaparar atención, premian aquellos comentarios que generan controversia. Más aún, las comunidades digitales nos encierran en burbujas donde se alimentan, forzosamente, mensajes que resuenan con nuestras creencias. No debería ser sorprendente que hoy las discusiones se polarizan tanto.

¡Ojo! La única vacuna para prevenir que este virus prospere es la exposición voluntaria a opiniones contrarias. Como cualquier inoculación, esta no es cómoda ni placentera, pero si queremos evitar repetir la historia resulta ser vitalmente necesaria; hoy más que nunca.