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Hace dos años, cuando iniciaba a cursar la maestría en antropología en la Universidad de Xiamen en China, tuve que asistir a un curso que se llamaba algo así como Teoría de Grupos Étnicos. En la clase solo había dos extranjeros, una compañera italiana y yo, el resto de compañeros eran todos chinos.

Dada la pertinencia del caso, la profesora me asignó la tarea de explicar con base en la teoría étnica qué es lo que hace a un costarricense identificarse como tal. En otras palabras, yo tenía que definir Costa Rica, tenía que definirnos como grupo, tenía que definirme como parte de una colectividad, y tenía que definir cuáles eran los elementos principales que determinaban la existencia de esa colectividad.

Más allá del hecho de que tenía que explicar todo eso hablando en chino, tengo que decir que esa fue una de las asignaciones más difíciles que me ha tocado presentar a lo largo del proceso de maestría.

No encontraba argumentos concretos para definir Costa Rica. En una maraña de existencialismo me encontré a mí mismo tratando de ubicar en mí cuerpo o en mi mente o en mi corazón o en mi ego o donde sea que estuvieran, los rasgos que aparentemente serían necesarios para destacar a un costarricense de entre la masa.

Que somos pura vida, que somos muy felices, que nos llevamos la vida de una manera tranquila, que somos tuanis, que somos amables y nos gusta conversar, que abrazamos a la gente, que tomamos café, que somos verdes, que no tenemos ejército, que comemos gallo pinto, que tomamos aguadulce, que el fútbol es sagrado, que somos paz, que valoramos la educación. ¿Será?

También pensaba cómo a los costarricenses muchas veces les duele ver a otros avanzar, que serruchan piso; que hay muchos que no tienen las condiciones para ser tan felices, y aun así lo son, y otros que tienen todas las condiciones, pero viven sin alegría alguna; que hay quienes no saludan al vecino; que hay muchas mujeres y niños víctimas de violencia; que hay pobreza en la ciudad y en los pueblos, que hay gente que duerme en la calle; que lo único que parece unirnos como colectividad es el fútbol; que con la cantidad de recursos naturales y talento humano que tenemos para ser cultural y económicamente grandes, somos pequeños porque creemos que así es más fácil; que evitamos el diálogo y preferimos la chota.

¿Qué somos? ¿Quiénes somos?

Recuerdo que miraba videos del ICT donde promocionan a Costa Rica con todas las bellezas que tiene y con el calor de la gente que vive en ese pedacito de tierra. Hablaba con amigos de otros países para conocer sus impresiones sobre Costa Rica y todo lo que compartían tenía que ver con una imagen casi perfecta de país. Me preguntaban cómo me atrevía yo a salir de Costa Rica, que allá era el paraíso, que ellos desearían vivir allá.

Con todo, la imagen no me quedaba clara. Entre más investigaba, entre más comparaba la identificación étnica de otros países y el nuestro, más borrosa se hacía la imagen, más difusas las fronteras, más confuso, más indefinido. ¿Por qué era tan difícil para mí decir quién soy, de dónde vengo?

Al final hice una presentación así de indeterminada. No fui capaz de enmarcar qué es ser costarricense. Porque cuando quería decir qué éramos paz, me venía a la cabeza todo lo que nos falta para ser realmente pacíficos. Cuando quería decir que los costarricenses están orgullosos de abolir el ejército e invertir en educación, inmediatamente me venía a la cabeza el camino tan largo que debemos caminar para tener una educación a la altura de los tiempos.

Ahora, ya no para la asignación del curso, pero para mí propio crecimiento, ese ejercicio de definición fue muy valioso. Confirmé que el nacionalismo ciego nos lleva a definir nuestra colectividad desde ángulos convenientes y a hacernos de la vista gorda ante la miríada de realidades que convergen en un escenario. Constaté que no es importante definirse como país, sino como comunidad, como hermanos, como seres humanos.

Concluí que Costa Rica es todo eso, es lo que nos sobra en abundancia, es lo que nos falta; es lo que otros han logrado en la lucha tenaz de fecundas e incansables labores, y es también todas las batallas que no hemos librado; Costa Rica es blanca y negra y de colores; y es alegría y nostalgia; es la sonrisa de la gente pobre que nos enseña que la felicidad existe por encima de las adversidades; y es, también, las buenas intenciones de los que comparten lo que tienen; Costa Rica es un regalo para todos.

Lo que hacemos con ese regalo es responsabilidad de cada uno. Hay otros seres humanos a quienes les tocó nacer y vivir en otros sitios del mundo, y allí han tenido que librar guerras para tener derecho a vivir; hay quienes en medio de opulentas ciudades de cristal viven vidas robóticas y sin calor humano; hay quienes desean elegir y no pueden porque no les está permitido; hay quienes pudiendo elegir, eligieron cegados por la desinformación y la falta de análisis crítico, y el objeto de su elección es ahora su ruina.

En Costa Rica podemos elegir

Elegir es un derecho que encierra responsabilidades, cuando uno elige algo que tendrá efectos no sólo sobre uno mismo, pero también sobre otros, el derecho a elegir es inherente a la obligación de hacerlo de una manera informada y responsable. Eso implica, de nuevo, cuestionarnos quiénes somos, qué tenemos, qué nos falta; cómo podemos construirnos y qué hace falta deconstruir para dar espacio a caminos más amplios y a seres más humanos.

Históricamente, Costa Rica no ha padecido como lo han hecho otros países, vecinos o lejanos. Más allá de las evidentes prioridades en cuanto a deficiencias económicas y sociales, Costa Rica ha estado desde hace mucho tiempo en un estado de crisis, me refiero a nuestra casi institucionalizada crisis de identidad.

En chino la palabra “crisis” está compuesta de dos caracteres, uno significa amenaza, el otro significa oportunidad. Yo espero, yo confío, que esta crisis ha de ser la raíz de muchas oportunidades: la oportunidad de que la juventud por fin tome el papel que le corresponde, que dejemos de ver la política desde el cristal de los partidos y veamos más allá, que entendamos el valor constructivo de la acción política como el poder que tiene la colectividad para definir su presente y enarbolar su futuro; la oportunidad de reconocer la amalgama de diversidades que conforman nuestra sociedad; la oportunidad de aprender que lo diferente no es sinónimo de lo aterrador; que las diferencias suman, que las divisiones aniquilan; la oportunidad de ser ejemplo, de explotar nuestras capacidades humanas, artísticas, intelectuales; la oportunidad de ser costarricenses, de despertar de los laureles bajo los cuales nos ha sido tan plácido dormir durante tanto tiempo, y defender lo que somos, lo que sea que seamos.