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Los monstruos del océano: de las leyendas a la realidad

Mucho antes de que Hollywood pusiera a un tiburón a perseguir bañistas, ya habíamos llenado el océano de monstruos. Halloween parece una buena oportunidad para hablar de ellos, pero también para preguntarnos si hemos estado temiendo a los monstruos equivocados.

Prácticamente todas las culturas vinculadas al mar han desarrollado leyendas sobre monstruos marinos. En las antiguas tradiciones de Mesopotamia aparece Tiamat, una deidad marina asociada con el caos. La Biblia menciona a Leviatán, una gigante bestia marina con forma de serpiente o dragón. En la Odisea, escrita hace cerca de 2.700 años, los navegantes debían enfrentarse a Escila y Caribdis: de un lado, una criatura de múltiples cabezas capaz de arrebatar marineros de los barcos; del otro, un monstruoso remolino capaz de engullir embarcaciones enteras.

Con el paso de los siglos cambiaron los nombres y las formas, pero no desaparecieron los monstruos. Serpientes marinas gigantes, sirenas y relatos sobre el kraken, que envolvía barcos con sus tentáculos, continuaron poblando nuestro imaginario. En el siglo XVI, estas aterradoras criaturas formaban parte de los márgenes de los mapas utilizados por los navegantes. Mucho más recientemente, la cultura popular encontró nuevos protagonistas. Para varias generaciones, pocas cosas resultaron tan efectivas para generar miedo al mar como las primeras notas de la banda sonora que anunciaban la llegada del tiburón en la película Jaws.

Ese miedo es comprensible. Basta con entrar unos metros al mar para que desaparezca el fondo bajo nuestros pies. No sabemos qué hay debajo y somos visitantes en un ambiente donde otros animales se mueven con total naturalidad. El océano reúne ingredientes perfectos para despertar miedos instintivos: inmensidad, oscuridad, profundidad, criaturas desconocidas y sobre todo, incertidumbre.

La ciencia fue desmontando muchas de aquellas historias. Algunas criaturas desaparecieron por completo de nuestro imaginario; otras resultaron tener fundamento en animales reales. Los calamares gigantes existen y pueden alcanzar hasta 13 metros de longitud, pero no atacan barcos como el kraken. El pez remo gigante, un animal inofensivo y fascinante que puede alcanzar 8 metros de longitud, vive en aguas profundas y ocasionalmente se aparece cerca de la superficie; se ha sugerido que encuentros ocasionales con estos animales pudieron contribuir a algunas historias sobre gigantescas serpientes marinas. También existen peces capaces de producir su propia luz, animales casi transparentes y especies adaptadas a vivir a miles de metros de profundidad. Muchos pueden parecernos monstruosos, pero cuanto más aprendemos sobre ellos, menos se parecen a monstruos y más a extraordinarias adaptaciones para sobrevivir en ambientes muy distintos al nuestro.

Quizá la ciencia no eliminó los monstruos del océano. Simplemente nos mostró que estábamos buscando en el lugar equivocado. Hoy las cosas que deberían preocuparnos del mar no tienen dientes ni tentáculos y muchas son difíciles de percibir desde la superficie.

Una de ellas es el cambio climático. El océano ha absorbido la mayor parte del exceso de calor generado por el calentamiento del planeta. Desde una playa, un océano ligeramente más caliente puede lucir exactamente igual. Sin embargo, bajo la superficie, el calentamiento y las olas de calor marinas pueden generar estrés en numerosos organismos, contribuir al blanqueamiento de los corales y alterar la distribución de las especies. Pero no solo cambia la temperatura. El océano también absorbe parte del dióxido de carbono que liberamos a la atmósfera, modificando gradualmente su química. Es lo que conocemos como acidificación oceánica. El agua puede seguir viéndose igual mientras cambian las condiciones en las que viven organismos que forman conchas, esqueletos y otras estructuras calcáreas.

Hay otro monstruo que tampoco podemos ver, aunque quizá podríamos escucharlo. El océano no es un mundo silencioso. Las ballenas, los delfines, los peces y otros organismos utilizan el sonido para comunicarse, orientarse, encontrar alimento o reproducirse. Los motores, el tráfico marítimo y otras actividades humanas generan ruido submarino que puede interferir con la comunicación, orientación, alimentación y reproducción de los individuos de muchas especies.

Y luego están los fantasmas. Redes, líneas, trampas y otros artes de pesca pueden perderse o ser abandonados en el océano. El problema es que algunas de estas artes no solo contaminan, sino que continúan atrapando peces, tortugas, tiburones y otros organismos mucho después de haberse perdido. A esto se le conoce como pesca fantasma. El término parece creado para Halloween, pero describe un problema muy real: equipos diseñados para capturar animales y que siguen haciéndolo aún, cuando ya nadie los controla.

Esos monstruos y fantasmas son apenas tres ejemplos. Hay muchos otros como microplásticos, pérdida de hábitats y sobreexplotación de especies. Algunos podemos observarlos, otros requieren instrumentos, análisis o años de monitoreo para detectarlos.

El contraste resulta llamativo cuando volvemos a los monstruos de nuestras historias. Durante siglos convertimos en amenazas a animales que apenas conocíamos. La criatura que aparece como monstruo en nuestra imaginación puede ser, en realidad, una de las víctimas.

Pero tampoco sería útil reemplazar el miedo a los monstruos por miedo al cambio climático, la contaminación o cualquier otro problema ambiental. Convertir la conservación en otra historia de terror puede dejarnos paralizados frente a algo que parece demasiado grande para enfrentar.

Hay una diferencia importante entre los monstruos de las historias y estas amenazas: los mitos se alimentan de lo desconocido, los problemas ambientales pueden estudiarse, entenderse y, al menos en parte, reducirse. Podemos monitorear los océanos, mejorar la gestión de las pesquerías, recuperar artes perdidas, reducir fuentes de contaminación y ruido, proteger hábitats, disminuir las presiones sobre especies vulnerables, entre otras acciones.

Los monstruos que hoy amenazan al océano son mucho menos cinematográficos: no tienen dientes gigantes ni tentáculos capaces de hundir barcos. Pero, a diferencia de los monstruos que durante siglos poblaron nuestros mapas y nuestra imaginación, los de ahora sí son reales conocemos cada vez mejor sus causas. Y eso significa que también sabemos mucho más sobre cómo enfrentarlos.