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Imagen principal del artículo: Una nueva ruta para los picudos del Pacífico Este Tropical

Una nueva ruta para los picudos del Pacífico Este Tropical

Hay decisiones importantes que llegan acompañadas de titulares, prohibiciones y grandes discursos. Y hay otras que parecen mucho más modestas. La semana pasada, en Lisboa, ocurrió una de estas últimas.

Participé como observador, representando a Fecop, en la 104.ª Reunión de la Comisión Interamericana del Atún Tropical (CIAT). Entre discusiones sobre atunes, tiburones, captura incidental y otras especies que cruzan fronteras sin pedir permiso, Centroamérica consiguió abrir una ruta específica para algo que desde hace años venimos diciendo sobre los peces picudos del Pacífico Tropical Oriental, necesitamos conocerlos mejor. Parece una conclusión sencilla. No lo es.

El pez vela, los marlines y el pez espada son especies altamente migratorias. En unas pocas semanas pueden atravesar las aguas de varios países. Interactúan con pesquerías industriales, artesanales, costeras y deportivas. Y alrededor de algunas de ellas existe además una importante economía turística que sostiene capitanes, marineros, marinas, hoteles, restaurantes, transporte y comunidades costeras. Pretender manejarlas desde la información de un solo país o de una sola pesquería es como intentar entender una película viendo únicamente algunas escenas. Ese ha sido precisamente uno de nuestros problemas.

La información sobre peces picudos en el Pacífico Tropical Oriental existe, pero continúa dispersa. Faltan datos de captura y esfuerzo, información biológica, mejores mecanismos de monitoreo y verificación, conocimiento sobre mortalidad posterior a la liberación y una imagen más completa de cómo interactúan las distintas pesquerías con estas especies. La propia propuesta presentada en Lisboa reconoce esas limitaciones. Pero sería equivocado contar la historia como si alguien hubiera descubierto este problema la semana pasada en Portugal.

Lisboa es una estación, no el punto de partida

Durante años se han venido juntando piezas que antes estaban dispersas. Desde Fecop, junto con aliados científicos y el propio sector de pesca deportiva, se ha trabajado en convertir registros de pesca en información útil para entender mejor a los picudos. Colaboraciones con investigadores de Stanford University, por ejemplo, demostraron el valor de los registros de pesca recreativa de Costa Rica, Guatemala y Panamá para estudiar la presencia del pez vela y el marlín azul y su relación con las condiciones del océano. También hemos utilizado series históricas generadas por operaciones de pesca deportiva para analizar los cambios en la abundancia local del pez vela en el Pacífico costarricense.

A esos esfuerzos se han ido sumando iniciativas regionales. El proyecto Pacífico Sostenible, trabajando con OSPESCA, gobiernos y actores privados, desarrolló un piloto regional sobre la pesca recreativa de pez vela y marlín. El proceso dejó una conclusión particularmente relevante para lo que ocurrió después en Lisboa, la región necesita fortalecer la recopilación, el análisis y la estandarización de los datos que genera la pesca deportiva, y hacerlo de manera coordinada entre países y sectores.

Desde el sector privado también comenzó a ocurrir un cambio importante. Organizaciones de pesca deportiva de Centroamérica entendieron que pedir reconocimiento por el aporte económico de una actividad no es suficiente. Si queremos participar seriamente en las discusiones sobre conservación, también debemos ayudar a generar la información que permita tomar mejores decisiones. Ese principio ha sido parte del trabajo de CASA, la alianza regional de organizaciones vinculadas con la pesca deportiva. Su agenda para 2026 colocó la ciencia y la conservación como uno de sus ejes y planteó avanzar en información regional sobre pez vela y en la creación de espacios científicos para los picudos. Esto importa porque durante demasiado tiempo las discusiones pesqueras han caído en una trampa bastante cómoda, cada sector llega a la mesa con sus propios números, sus propias experiencias y, por supuesto, sus propias certezas. La ciencia debería ayudarnos a salir de ahí.

En junio del 2026, el Comité Científico Asesor de la CIAT recomendó desarrollar un plan de trabajo para recopilar datos y avanzar en evaluaciones de poblaciones de peces picudos, incluyendo la definición de cuánto costará, qué personal se necesita y de dónde podría salir el financiamiento. Dos meses después, Panamá, respaldado por Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, llegó a Lisboa proponiendo crear un grupo científico especializado en peces picudos.

Lo finalmente acordado fue más gradual, realizar en 2027 un taller especializado para identificar los principales vacíos de información, establecer prioridades y construir un proyecto de plan de trabajo que posteriormente será analizado por el Comité Científico Asesor.  ¿Es suficiente? No. ¿Es importante? Muchísimo. Porque por primera vez se abre una ruta institucional clara para convertir una preocupación que distintos actores vienen planteando desde hace años en preguntas científicas, prioridades de investigación y, eventualmente, mejores decisiones de manejo. Y aquí también tenemos que asumir nuestra parte.

La pesca deportiva posee algo valioso para la ciencia, miles de días de pesca, encuentros con peces, posiciones, fechas, tamaños, condiciones oceanográficas, esfuerzo y liberaciones. Mucha de esa información hoy se pierde o permanece dispersa en bitácoras, teléfonos, aplicaciones y recuerdos de capitanes. Convertir esa experiencia acumulada en datos útiles debe ser parte de la siguiente etapa.

Pero lo mismo debe ocurrir con todas las pesquerías que interactúan con los picudos. No se trata de demostrar de antemano quién tiene razón. Se trata justamente de construir la información que permita averiguarlo. Por eso salí de Lisboa pensando que quizá el avance más importante de esta reunión fue aceptar algo bastante elemental, antes de discutir cómo repartir las respuestas, necesitamos ponernos de acuerdo en las preguntas. Los peces vela y los marlines llevan millones de años cruzando el Pacífico sin reconocer nuestras fronteras, instituciones ni diferencias sectoriales.Tal vez ya sea hora de que nosotros aprendamos a hacer lo mismo.