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Qué podemos aportar las juventudes a Costa Rica

Cuando una persona joven comparte una idea para mejorar su comunidad, está haciendo algo valioso: dedicar tiempo a pensar en un problema que también afecta a otras personas. Quizá propone un espacio para hacer deporte, una forma de acercar información o un cambio que facilite seguir estudiando. Lo que ocurra después con esa idea puede marcar su manera de entender la participación.

Por eso, cuando pienso en qué podemos aportar las juventudes a Costa Rica, pienso también en las oportunidades que tenemos para desarrollar nuestras propuestas. Podemos llegar a una reunión con entusiasmo y disposición para colaborar. Pero hace falta un camino que permita dar continuidad a esos aportes y conocer cómo influyeron en una decisión.

Creo que ahí tenemos una tarea compartida. Los espacios de conversación son un buen comienzo y merecen aprovecharse. Su valor crece cuando quienes participan pueden involucrarse desde que se identifica una necesidad hasta que se evalúa la respuesta. Es en ese recorrido donde una experiencia personal puede convertirse en una mejora para muchas personas.

Las juventudes tenemos algo que aportar desde nuestra vida cotidiana. Pensemos en alguien que estudia y trabaja: puede ayudar a comprender por qué un horario dificulta acceder a una capacitación. Una persona que depende del transporte público puede advertir si una actividad termina demasiado tarde para regresar a casa. Escuchar esas experiencias a tiempo permite tomar decisiones más cercanas a la realidad.

También podemos hacer preguntas, señalar dificultades que han pasado inadvertidas y proponer otras maneras de resolverlas. Ese aporte gana fuerza cuando se combina con el conocimiento de quienes llevan años trabajando en una comunidad o institución. Hay mucho que aprender en una conversación donde cada persona tiene la oportunidad de explicar lo que sabe y revisar lo que piensa.

Para que eso ocurra, conviene reconocer que las juventudes vivimos realidades distintas. Quien vive en Limón puede enfrentar situaciones diferentes a las de alguien en San José, y dentro de cada comunidad también hay diferencias. Las responsabilidades familiares, el trabajo o la distancia pueden condicionar la posibilidad de asistir. Dar opciones de horario y formas diversas de participar ayudaría a ampliar esa conversación.

Ahora bien, escuchar una propuesta y permitir que influya son pasos distintos. Para avanzar entre uno y otro se necesita explicar qué se puede decidir, cuáles son los recursos disponibles y cómo se valorarán las ideas. Con esa claridad, quienes participamos podemos preparar mejor nuestros aportes y comprender los límites de cada proceso.

Pensemos en una consulta para recuperar un parque. Las personas jóvenes podrían ayudar a definir sus usos, identificar condiciones de acceso y discutir cómo cuidarlo. Si su participación continúa cuando se eligen las mejoras y se revisan los resultados, podrán reconocer cómo sus aportes contribuyeron al proyecto. Ese vínculo entre la conversación y la ejecución es lo que deberíamos procurar en las decisiones públicas.

Después de una reunión, sería útil recibir una respuesta sencilla: qué propuestas se tomaron en cuenta, cuáles requieren ajustes y cuáles no pueden realizarse, junto con sus razones. No todas las ideas serán viables. Entender por qué también forma parte del aprendizaje y puede abrir la posibilidad de construir una alternativa.

Cuando una propuesta avance, debería quedar claro quién le dará seguimiento y cuándo se podrá conocer su estado. Una fecha para revisar lo acordado o una actualización accesible pueden ayudar a sostener el vínculo. Así, la participación tendría continuidad más allá del encuentro inicial.

También nos corresponde asumir nuestra parte. Aportar implica prepararnos, escuchar posiciones diferentes y mantener el compromiso cuando el trabajo se vuelve menos visible. Hay que revisar una propuesta, responder observaciones y aceptar que llegar a acuerdos toma tiempo. Esa responsabilidad se aprende ejerciéndola, con oportunidades reales de involucrarse y con acompañamiento.

La continuidad también requiere que una propuesta pueda sostenerse aunque cambien las personas encargadas. Dejar por escrito los acuerdos, sus responsables y los avances facilitaría que el trabajo siga. Quien se incorpora a un proceso debería poder conocer lo discutido y contribuir desde ahí, sin tener que empezar de nuevo cada vez.

Al valorar estos espacios, podríamos preguntarnos qué cambió gracias a los aportes recibidos. Saber cuántas personas asistieron es útil; conocer qué ideas se incorporaron y qué ocurrió con ellas permite entender mejor sus resultados. También ayuda a reconocer lo que funcionó y a mejorar lo que quedó pendiente.

Me gustaría que participar en Costa Rica significara poder volver a una conversación y reconocer algún avance al que ayudamos a llegar. Las juventudes podemos aportar experiencias, ideas y trabajo. Darles un lugar en las decisiones es una forma concreta de construir juntos el país en el que queremos vivir.