El cooperativismo ha sido una herramienta valiosa para democratizar la economía, ampliar las oportunidades y promover el desarrollo de las personas y sus comunidades. Su aporte explica por qué gobiernos de distintas orientaciones políticas han respaldado este modelo como una vía para favorecer la inclusión económica y social.
Costa Rica no ha sido la excepción. El crecimiento del movimiento cooperativo ha contado con el impulso de distintas administraciones y con políticas públicas que han contribuido a su consolidación. Su desarrollo es una construcción colectiva que no puede atribuirse a un solo partido político.
Las cooperativas han permitido que miles de personas participen en actividades productivas, accedan a servicios y construyan un patrimonio común. En el ámbito rural, las cooperativas de autogestión también han formado parte de procesos de organización y desarrollo que merecen ser reconocidos.
Ese crecimiento hizo necesario contar con instancias de representación, apoyo y formación. En ese contexto se desarrollaron el Consejo Nacional de Cooperativas (Conacoop) y el Centro de Estudios y Capacitación Cooperativa (Cenecoop), con responsabilidades vinculadas a la representación del sector y a la educación cooperativa.
Su contribución histórica merece reconocimiento. La interlocución con los gobiernos, la participación en debates legislativos, la construcción de agendas comunes y la formación de dirigentes y personas asociadas respondieron a necesidades concretas de un movimiento en expansión.
Sin embargo, reconocer ese aporte no obliga a aceptar que las mismas estructuras y prioridades sigan siendo suficientes. La historia merece respeto, pero no sustituye la evaluación de los resultados presentes.
¿Responden estas organizaciones a las necesidades actuales de las cooperativas? ¿Sus prioridades reflejan las de las personas asociadas? ¿Sus mecanismos de representación facilitan la participación y la renovación de liderazgos?
Estas preguntas deben poder plantearse sin que se interpreten como un ataque al cooperativismo. Examinar sus instituciones es parte de la responsabilidad de quienes creemos en el modelo y queremos fortalecerlo.
Las cooperativas han cambiado. Participan en sectores diversos, enfrentan mercados más exigentes y necesitan adaptarse a transformaciones tecnológicas, productivas y sociales. Aunque sus realidades son distintas, muchas comparten retos: acceso al crédito, incorporación de tecnología, formación especializada, atracción de talento profesional y renovación generacional.
La discusión, por tanto, debe centrarse en cómo las organizaciones de apoyo contribuyen a resolver esos desafíos. Su legitimidad necesita sostenerse en servicios pertinentes, resultados verificables y una relación cercana con las bases cooperativas.
El centro del modelo debe ser la persona asociada. Las estructuras de representación y formación tienen sentido en la medida en que mejoren sus oportunidades, fortalezcan su capacidad de decisión y contribuyan al bienestar colectivo.
Cuando esas estructuras reciben recursos provenientes de contribuciones establecidas por ley, la rendición de cuentas adquiere especial relevancia. Es razonable exigir claridad sobre el uso de los fondos, los criterios para definir prioridades y los beneficios que recibe el sector. La transparencia debe formar parte de su funcionamiento cotidiano.
El Conacoop y el Cenecoop deben ser parte de esta discusión. Corresponde evaluar si sus servicios, sus mecanismos de participación y sus prioridades responden al cooperativismo actual. También deben existir espacios efectivos para escuchar las críticas de las bases y convertirlas en oportunidades de mejora.
La responsabilidad alcanza, además, a dirigentes y personas asociadas. El silencio ante las deficiencias, por lealtad, comodidad o temor al conflicto, puede terminar por perpetuarlas. Defender el movimiento exige participar, preguntar y pedir cuentas.
El cooperativismo costarricense tiene una trayectoria que merece ser preservada y un futuro que necesita construirse. Para hacerlo, debe revisar sus prácticas con honestidad y colocar a las personas en el centro de sus decisiones.
Cuando el silencio impide esa revisión, deja de ser prudencia y se convierte en cómplice del estancamiento.
