La crisis energética que puede cambiar la economía, la geopolítica y nuestra propia idea de soberanía.
Hay momentos en la historia en los que las señales de alarma se acumulan hasta que resulta imposible seguir tratándolas como acontecimientos aislados.
Este puede ser uno de esos momentos. Mientras el mundo enfrenta guerras, conflictos geopolíticos, interrupciones de las cadenas de suministro, ataques contra infraestructura energética y una creciente disputa por los recursos estratégicos, el mercado mundial del diésel comienza a mostrar una de las caras más preocupantes de esta nueva realidad.
Y, sin embargo, seguimos actuando como si se tratara simplemente de otra crisis pasajera. No lo es. El diésel puede parecer un asunto técnico, incluso aburrido, hasta que uno entiende lo que realmente mueve. Camiones, tractores, barcos, maquinaria, pesca, construcción, industria y buena parte de las cadenas que permiten que los alimentos lleguen hasta nuestras mesas dependen directa o indirectamente de él.
Por eso, cuando el diésel se vuelve escaso y caro, no estamos hablando solamente de combustible.
Estamos hablando del precio de la comida. Del costo del transporte. De la inflación. De la capacidad de producir. De la posibilidad de mantener funcionando una economía. Y esta vez hay algo particularmente inquietante: el mercado mundial de diésel está extraordinariamente tensionado. Los conflictos en Medio Oriente y Ucrania han reducido el suministro de importantes productores, mientras las refinerías de distintas regiones operan bajo una presión creciente. Los precios internacionales han alcanzado niveles récord y Europa ha visto cómo los futuros del diésel se disparan muy por encima de los niveles con los que comenzó el año.
Pero la verdadera dimensión del problema aparece cuando miramos hacia Estados Unidos.
Washington está considerando restringir sus exportaciones de diésel. No es una posibilidad menor. Estados Unidos exportó en agosto un volumen récord de aproximadamente 1,6 millones de barriles diarios, y una parte sustancial de ese combustible tiene como destino América Latina y Europa. Una restricción importante tendría, por tanto, consecuencias que irían mucho más allá de las fronteras estadounidenses.
Incluso dentro del propio Gobierno de Estados Unidos existen advertencias sobre las consecuencias de una eventual prohibición. Reducir las exportaciones no necesariamente significa disponer de más combustible. Puede obligar a reducir la producción de las propias refinerías y terminar presionando también otros mercados. Aquí es donde la discusión deja de ser energética y se convierte en geopolítica. Porque estamos entrando en una etapa en la que cada potencia comienza a preguntarse cómo proteger sus propios suministros, sus propios mercados y sus propias poblaciones.
El problema es que, cuando todos comienzan a protegerse al mismo tiempo, la cooperación internacional puede empezar a deteriorarse. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué sucede con los países que no tienen capacidad para jugar ese juego? Ese es el caso de nuestra América Latina. Una región extraordinariamente rica en recursos naturales, alimentos, agua, biodiversidad y energía, pero todavía profundamente integrada a cadenas comerciales, financieras y energéticas que no controla completamente. Costa Rica conoce particularmente bien esa vulnerabilidad.
Nuestro país genera prácticamente toda su electricidad con fuentes renovables, una ventaja extraordinaria frente a buena parte del mundo. Pero seguimos dependiendo de combustibles fósiles importados para una parte sustancial de nuestras necesidades energéticas. Y los datos de comercio exterior muestran que la gasolina y el diésel continúan entre los principales productos que importamos.
Eso significa que podemos tener una de las matrices eléctricas más limpias del planeta y, al mismo tiempo, permanecer vulnerables a una crisis internacional de combustibles. Esta contradicción debería ocupar un lugar mucho más importante en nuestra agenda nacional. Pero existe una segunda dimensión que me preocupa todavía más: la soberanía.
Costa Rica se ha incorporado al llamado “Escudo de las Américas”, una iniciativa hemisférica impulsada por Estados Unidos alrededor de la cooperación en seguridad y la lucha contra el crimen organizado. La Declaración Conjunta de Seguridad suscrita por Costa Rica contempla cooperación en seguridad fronteriza, narcotráfico, protección de infraestructura crítica y otras áreas. Su alcance jurídico y sus eventuales compromisos siguen siendo materia de discusión institucional y constitucional.
No se trata aquí de cuestionar la necesidad de cooperación internacional, pero la realidad nos dice que Costa Rica necesita cooperación, como también el resto de América Latina.
Nadie puede enfrentar por sí solo el narcotráfico, el crimen transnacional, el cambio climático, las pandemias, las crisis alimentarias o las disrupciones energéticas que atraviesan las fronteras.
La pregunta es otra. ¿Cómo cooperamos sin perder capacidad de decidir? Porque la soberanía del siglo XXI ya no se pierde necesariamente mediante una invasión militar.
Hoy, la soberanía puede erosionarse mucho más silenciosamente. Puede perderse cuando un país no tiene combustible suficiente, cuando no puede garantizar sus alimentos y cuando depende excesivamente de una sola potencia para determinados mercados. También cuando sus cadenas logísticas están controladas desde fuera y cuando necesita importar todo aquello que resulta indispensable para producir, sin olvidar que puede erosionarse cuando las grandes decisiones que afectan su economía, su seguridad o sus recursos estratégicos terminan dependiendo de centros de poder que están fuera de sus fronteras. Por eso América Latina tiene que mirar hacia adelante.
No podemos permitir que la discusión sobre nuestra seguridad se limite a quién nos puede proteger militarmente. La seguridad también significa tener alimentos, energía, agua, infraestructura, ciencia, tecnología, salud pública y capacidad productiva propia porque seguridad también es poder decidir.
Y eso nos lleva a una reflexión todavía mucho más profunda. Quizás la gran crisis que tenemos delante no sea solamente una crisis del petróleo. Puede ser una crisis del modelo de interdependencia que construimos durante décadas bajo la premisa de que siempre habría combustible, comercio, transporte, mercados abiertos y cooperación internacional suficientes para mantenerlo funcionando.
Hoy esa certeza está desapareciendo. El estrecho de Ormuz nos recuerda que una zona geográfica relativamente pequeña puede alterar los mercados energéticos de todo el planeta. La guerra en Ucrania nos muestra cómo una infraestructura energética puede convertirse en objetivo estratégico. Y las decisiones de las grandes potencias y de los países productores pueden terminar repercutiendo en el precio que paga una familia costarricense en una estación de servicio.
Nunca habíamos estado tan conectados. Y quizás nunca habíamos sido tan vulnerables a decisiones tomadas a miles de kilómetros. Por eso no creo que debamos reaccionar con miedo; es urgente reaccionar con inteligencia y valentía.
Costa Rica debería estar preguntándose cuánto combustible necesitaría para mantener funcionando su agricultura, su transporte, sus hospitales, sus puertos y sus servicios esenciales ante una interrupción prolongada del suministro.
Deberíamos preguntarnos cuánto tiempo pueden resistir nuestras reservas, qué alternativas tenemos, qué podemos producir localmente y cómo acelerar realmente la transición hacia formas de movilidad menos dependientes del petróleo. Y, sobre todo, cómo fortalecer nuestra autonomía estratégica sin aislarnos del mundo. Porque la verdadera soberanía no consiste en cerrar las puertas, sino en tener la capacidad de abrirlas o cerrarlas cuando nosotros decidamos. El mundo que viene puede ser mucho más incierto que el que conocimos. Y quizás por eso esta crisis debería servirnos como una advertencia. No para tener miedo, sino para prepararnos. Porque lo verdaderamente aterrador no sería que un día falte diésel; lo verdaderamente aterrador sería descubrir, demasiado tarde, que habíamos construido una civilización entera sobre la suposición de que nunca faltaría.
El abismo está a las puertas y seguimos empujando. Seguimos acumulando conflictos, debilitando mecanismos de cooperación, concentrando dependencias estratégicas y actuando como si los recursos y la estabilidad fueran infinitos. Todavía podemos detenernos. Pero para hacerlo, primero tenemos que reconocer que estamos caminando hacia el borde.
Y Costa Rica, junto con América Latina, tendrá que decidir si quiere simplemente soportar los golpes que vengan desde afuera o construir la capacidad necesaria para enfrentarlos con mayor autonomía, cooperación regional y dignidad.
