En enero de 1970, un campo pagado advertía a los costarricenses: “Téngale cuidado al mal carácter de este hombre. Medite muy bien su voto”. El candidato no era Rodrigo Chaves. Era José Figueres Ferrer. La semejanza invita a matizar la idea de que el estilo asociado hoy con Chaves constituye una ruptura total con la tradición política costarricense.
No se trata de afirmar que Figueres y Chaves sean equivalentes. Sus contextos y proyectos son distintos, pero sí vale comparar comportamientos concretos. Durante la controversia por sus vínculos con Robert Vesco, Figueres llamó “pobres profesorcillos” a académicos que lo cuestionaban. Chaves, después de que dos diputados del PUSC votaran a favor de un aumento del FEES contrario a la posición del Ejecutivo, los llamó “malnacidos” y “desgraciados”. En ambos episodios, el desacuerdo político terminó acompañado por la descalificación personal de quienes cuestionaban o contrariaban al mandatario.
En 1971, Figueres protagonizó, además, un episodio físico. Después de ser chiflado en la UCR, se devolvió hacia un grupo de estudiantes y abofeteó a uno, rompiéndole el labio. No existe un equivalente físico en Chaves, pero el episodio recuerda que el “Don Pepe” incorporado al relato nacional también protagonizó conductas difíciles de conciliar con la imagen solemne de un símbolo histórico.
Hay otro espejo, quizá más revelador. En 1974, cuando periodistas preguntaron a Figueres por los $60.000 que había presentado como recursos para crear patrimonio de la Orquesta Nacional, respondió: “Digan que gasté los $60.000 en confites”. Décadas después, en una reunión relacionada con un contrato financiado por el BCIE, Chaves dijo que tenía “un montón de antojos” y quería pedir “un par de chineos, de cariñitos”. El trasfondo de ambos episodios era serio. Sin embargo, las dos expresiones adquirieron vida propia: los “confites” pasaron de generación en generación como anécdota y “cariñitos” llegó incluso a formar parte del nombre con que la propia Fiscalía identificó el caso: “BCIE-Cariñitos”, una causa en la que formuló una acusación por presunta concusión. En ambos casos, la gravedad del cuestionamiento convivió con una expresión que terminó circulando en clave de humor.
El paralelo más importante es histórico. Figueres también se presentó como ruptura antes de convertirse en tradición. En 1948 hablaba de “desgobierno y pillería” y de una “mentalidad politiquera y mercantil”. Tres años después, el PLN se conformó con Figueres como su máxima figura. Décadas más tarde, Chaves presentaría a ese partido como símbolo del viejo poder que prometía desplazar. En el cierre de campaña para la segunda ronda de 2022, una semana antes de ganar la Presidencia, afirmó que en el Balcón Verde, sede del PLN, “están temblando” y que “se les acabó la fiesta”.
Ahí aparece la paradoja central. Chaves convirtió al PLN en uno de los símbolos de la política que decía venir a desplazar. Figueres, en cambio, quedó incorporado a la memoria nacional como una figura histórica que puede ser admirada incluso desde sectores profundamente críticos del chavismo. Pero, al comparar comportamientos concretos, la distancia entre ambos se reduce. Surge entonces una contradicción incómoda: rechazar a Chaves mientras se idealiza a Figueres, o admirar a Chaves mientras se repudia el partido que nació con Figueres como su máxima figura. La comparación obliga a preguntarse hasta qué punto esa separación responde a diferencias entre los dos dirigentes y hasta qué punto responde a la manera en que la memoria política terminó ubicándolos en tradiciones opuestas.
Parte de esa paradoja puede explicarse por la memoria. Con el tiempo, Figueres fue incorporado a una memoria pública que lo presenta como “Don Pepe”, estadista y figura central de la Segunda República. Esa memoria adquirió formas institucionales: en 1997 se creó por ley un centro cultural cuyo primer objetivo es servir como “monumento vivo” a su obra. La memoria pública no tiene que ser falsa para ser selectiva: toda sociedad decide qué conserva y qué relega.
Quizá estamos comparando a Figueres y Chaves desde distancias distintas. A Chaves lo observamos todavía desde la cercanía de su época; a Figueres, muchas personas lo conocieron ya convertido en personaje histórico.
Dentro de cincuenta años, cuando quienes estudien a Chaves no hayan vivido su época, ¿seguirán ocupando el mismo lugar sus insultos, enfrentamientos y polémicas? ¿O la memoria suavizará sus aristas hasta convertirlo, para quienes nunca lo vieron gobernar, en otro héroe de la patria?
Quizá la comparación más reveladora no sea solo entre Figueres y Chaves, sino entre la memoria que hoy tenemos de uno y la memoria que algún día construiremos del otro.
