En la educación no podemos darnos el lujo de negar la IA. Más bien debemos aprender a guiarla, a ponerle límites y, al mismo tiempo, a dejarnos enseñar por ella. Quien todavía la rechaza por temor, olvida que ya la tiene en el bolsillo, en la pantalla y en casi todos los ámbitos de su vida cotidiana.

Hace setenta y seis años, ni siquiera Alan Turing pudo imaginar el nivel de evolución y relevancia que alcanzaría su propuesta sobre máquinas inteligentes. En esa misma década, John McCarthy acuñó el término inteligencia artificial (IA) durante la conferencia de Dartmouth, un evento determinante en la historia de este campo del conocimiento.

Desde entonces, teóricos y practicantes han perseguido la idea de que ciertas actividades humanas pudieran ser “mecanizadas”. Como ocurre con los emprendimientos más exitosos, esta búsqueda se ha basado en un principio fundamental: la resolución de problemas. Este enfoque nos ha mantenido encadenados a la aspiración de crear un sistema autónomo e inteligente que no solo resuelva, sino que lo haga con eficiencia.

Hoy, este impacto ha sido disruptivo. La IA ha irrumpido en casi todas las áreas del conocimiento y la educación, impactando también sectores industriales, científicos, comerciales, agrícolas y exploratorios.

He notado que muchos perciben la llegada de la IA como si fuera una historia de ciencia ficción que podríamos llamar Miedo al fracaso. En ese relato, la IA es el hijo no planificado de una familia moderna: acelerada, competitiva y obsesionada con triunfar todos los días. Esa familia corre sin descanso contra el tiempo, buscando atajos para aliviar la presión y alcanzar cierta plenitud. Y en medio de esa carrera, casi sin darnos cuenta, dimos vida a un hijo inesperado: la Inteligencia Artificial.

Fieles a esta analogía, enfrentamos los desafíos de una “dicha no solicitada”. Los creadores de esta criatura nos evangelizan con sus tecno-doctrinas, asegurando que se trata de una bendición y que no debemos preocuparnos por el mañana inmediato, sino por el prometedor futuro que nos aguarda.

Mientras tanto, quienes asumimos la tarea más dura de cuidar a esta criatura reconocemos que su llegada agrava problemas preexistentes en un entorno ya marcado por la competitividad sin límites. En este recién nacido llamado IA, valores esenciales como responsabilidad, autenticidad, autocontrol, sentido común, respeto, ética y conciencia del bien común parecen fluir río abajo, amenazando con precipitarse al barranco.

El diagnóstico es claro: estamos ante un embarazo de alto riesgo. El equipo médico, expertos en tecnologías de la información, advierte que el parto traerá un bebé con fortalezas y limitaciones y que será necesario un estricto seguimiento. Así llegó al mundo: prematuro, con autonomía sorprendente, pero con pronóstico reservado. Con el tiempo, recuperó peso y abrió los ojos, mostrando un desarrollo precoz, irreverente y con serias dificultades para el autocontrol.

Hoy, convivimos con muchos de estos “hijos” y sus derivados. Lo hacemos desde la sobriedad y la vocación que nos caracteriza en la educación superior. La IA es ahora un actor más con quien innovamos, construimos y aprendemos, pausando cuando es necesario para garantizar un aprendizaje significativo: con ella, de ella y para ella.

No creemos en rechazos apresurados ni en prejuicios tecnológicos. Elegimos no caer en estigmas ni miedos anticipados.  Preferimos ver la IA como una aliada en la enseñanza, convencidos de que también tiene mucho que enseñarnos. Como docentes debemos adoptar y adaptarnos, siempre con la mira puesta en la innovación, el emprendimiento y la creatividad.

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