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El pasado 30 de agosto Alexander Lukashenko, el llamado “último dictador de Europa”, cumplió 66 años. Un cumpleaños, que, a pesar de semanas de protestas en su contra, lo tiene en el ojo del huracán de muchos medios internacionales.

Normalmente es difícil encontrar noticias en medios occidentales sobre la situación política de Bielorrusia, pero desde hace unas semanas es prácticamente usual encontrar alguna noticia diaria sobre la antigua república soviética, dado principalmente a las graves violaciones de derechos humanos (tortura y detenciones arbitrarias) que han estado ocurriendo desde las elecciones presidenciales del pasado 9 de agosto.

Pero resumamos lo acontecido en el último mes: Lukashenko lleva semanas tratando de contener la ira ciudadana, la cual denuncia el fraude en las presidenciales del 9 de agosto. El actual presidente reclama su sexto mandato habiendo obtenido el 80% de los votos, frente al 10% de su rival, la líder opositora Svetlana Tijanóvskaya. Resultados que ciertamente son ridículos, y que la oposición considera que deberían ser opuestos. Seguidamente miles de manifestantes se dieron cita en las principales avenidas de Minsk para mostrar su malestar contra la tiranía de Lukashenko. La respuesta del presidente fue inmediata. El aparato represivo del estado, el cual conserva el nombre de “KGB”, cargó contra los manifestantes: 2 muertos oficialmente y más de 6000 detenciones.

La brutalidad policial, detenciones arbitrarias y los cientos de testimonios sobre torturas ocurridas en los centros de detención; han derivado en las mayores protestas en la historia del remoto país. Los bielorrusos históricamente no han sido un pueblo que se “manifieste” ocasionalmente contra su gobierno. La represión contra los adversarios políticos de Lukashenko ha existido prácticamente siempre desde su llegada al poder en 1994. Muchos de estos opositores han tenido que abandonar el país, tal como la hecho la líder opositora Svetlana Tijanóvskaya, la cual se ha instalado en la vecina Lituania.

Lukashenko, en su obsesión por retener el poder, ha tenido que recurrir a dos escenarios fantasma para desviar la atención de su inminente salida del poder: ha inventado, sin ninguna evidencia certera, que tropas de la OTAN están acechando la frontera oeste del país para una inminente invasión militar. Este falso escenario propuesto para desviar la atención de las protestas no solo ha sido rechazado por la propia OTAN, si no que en el sentido meramente geopolítico tiene poco sentido, dado a que la OTAN controla militarmente a todos los países al oeste de Bielorrusia, y dado a ello, no necesita arriesgar un posible conflicto militar con Rusia por una incursión militar en Bielorrusia.

Rusia sigue manteniendo una gran influencia en Bielorrusia desde su independencia en 1991. Vladimir Putin siempre ha tenido una gran influencia sobre Lukashenko, y este siempre le busca para salvarle el cuello, y en eso, “papá Rusia” no falla. Por eso no es de extrañar que Lukashenko le haya pedido personalmente ayuda militar a Putin en caso de que las protestas “se salgan de las manos”. Aún es temprano saber a qué se refiere el propio Putin cuando habla de que por el momento dicha asistencia militar no es necesaria, ya que según han dejado en evidencia las imágenes de Lukashenko viajando a su residencia presidencial en un helicóptero militar y escoltado por cientos de militares, la situación no parece nada controlada por las fuerzas del orden. Sí, la represión continúa, pero las manifestaciones aumentan y su asistencia también.

La Unión Europea (UE) no ha quedado fuera de la ecuación bielorrusa. Ha hecho lo que tenía que hacer: Exigir nuevas elecciones y la liberación de todos manifestantes. Sabe qué no tiene mucha maniobra en este conflicto y que la posición rusa marcará el futuro de Lukashenko. La UE también sabe que Bielorrusia no es Ucrania, y por ello este conflicto no trata de una futura incorporación bielorrusa a la UE. Los bielorrusos no buscan cambiar su relación con Rusia. Saben que Putin tiene mucho que decir en este conflicto, y por ello los grupos opositores deberán demostrar al Kremlin que Rusia seguirá siendo “papá Rusia” en una Bielorrusia sin Lukashenko.

Rusia por su parte continúa con su agenda geopolítica de reestructurar su influencia en las viejas repúblicas soviéticas. Primero fue Georgia en 2008 y luego Ucrania en 2014: dos grandes victorias geopolíticas para Putin, en especial la ucraniana, donde incorporaron la región de Crimea a la Federación Rusa. Por ello no es exagerado afirmar que Rusia ha sido la potencia mundial que mejor ha sabido imponer sus intereses geopolíticos en lo que llevamos de siglo.

El último dictador de Europa, el autoproclamado “padre de la patria”, hará todo lo posible para retener su presidencia, de eso no hay dudas. Sus fuerzas militares le siguen respaldando en mayor medida. Por ahora no hay motivos para creer lo contrario. La estructura militar bielorrusa tiene una gran importancia dentro del régimen.