Por Edgardo Hidalgo Chacón - Estudiante de Bachillerato en Psicología
Nicole Martínez Mesén - Estudiante de Bachillerato en Psicología
Daniela Matul Bolaños - Estudiante de Bachillerato en Psicología

En la actualidad, el acceso económico satisface las necesidades de las personas; no obstante, ¿en qué medida la falta de recursos económicos puede impactar la autoestima y autoconcepto de una persona? Es relevante considerar que hasta cierto punto el contexto sociocultural en el que una persona convive influye directamente en la salud mental, puesto que existen demandas sociales que deben ser atendidas para lograr encajar en un estatus. Sin embargo, ¿qué sucede con quiénes no pueden lograrlo?

En definitiva, la escasez económica puede impactar negativamente la autoestima dado que los individuos no pueden alcanzar los estándares preconcebidos en la sociedad, los cuales pueden ser considerados irracionales, pero deseados, ya sea por inmadurez o por vanidad. En consonancia, de acuerdo con Diuana (1994): “La pobreza conlleva ciertas consecuencias psicológicas, tanto a nivel conductual como también a nivel afectivo y cognitivo” (p. 52). De esta manera, el no disponer de recursos económicos para lograr vivir una vida digna puede provocar estados de distimia o depresión, debido a la frustración de no poder costear las necesidades básicas o estar al nivel económico y social deseado.

En adición, las personas con escasos recursos, o quienes por alguna situación sufrieron pérdidas económicas significativas y actualmente atraviesan un estado emocional frustrante, pueden llegar a presentar problemas psicológicos, lo cual afecta el autoconcepto y, por ende, su autoidentidad. Es menester acotar que las emociones de acuerdo con Cabero y Bloch (citado por Carballo, 2017) son “una respuesta organizada y dinámica que comprende órganos efectores, elementos expresivos y experiencias subjetivas, como respuesta a estímulos externos o internos” (p. 107).

A partir de los planteamientos previos, se debe considerar como salud emocional aquel estado de equilibrio que contribuye a que las personas puedan expresar sus emociones o sentimientos dentro del contexto donde se encuentren, sin ninguna limitación o alteración que impacte negativamente o irrumpa en un equilibrio emocional. Así, Carballo (2017) indica que “la salud emocional no consiste en la ambición utópica del control de lo que sentimos y de nuestras reacciones […] pero sí orienta a su regulación dentro de los marcos de las posibilidades sociales y de las demandas del entorno” (p. 223).

Se subraya que la pobreza puede influir en el deterioro de la salud mental por consecuencia del estrés causado por pagar facturas, atender las necesidades familiares o por la exclusión social, que en muchas ocasiones se origina debido a que cierta parte de la sociedad no acepta a las personas con limitaciones económicas. Bajo esta línea, Saraceno determina que “la pobreza puede deteriorar la salud mental por el aumento del estrés que genera la exclusión social, el escaso acceso a servicios de salud, la disminución del capital social y el incremento de la violencia” (citado por Quitián, Ruoz, Gómez y Rondón, 2016, p. 32).

De este modo, se acepta que un estado de vulnerabilidad económica sí trae consigo repercusiones a la salud mental, por tanto, es necesario tomar alternativas como el ahorro para así lograr enfrentar crisis futuras y, por supuesto, aceptarnos como somos, no escuchar el qué dirán y dejar de lado los clasismos y vanidades que, en definitiva, no traen más que un mayor índice de inseguridades y baja autoestima.