Imagine una ciudad que crece orgánicamente. Una ciudad en la cual da lo mismo construir dos o cinco edificios y en la que nadie se cuestiona si la entrada del transporte público al casco central es o no una prioridad.

Esa podría ser cualquier ciudad de nuestro país, aun las pequeñas urbes que crecen descontroladamente en las zonas rurales donde, tanto como en las zonas centrales, poco o nada ha ordenado la Ley de Planificación Urbana, de 1968.

Aunque dicha ley fue novedosa para la época al día de hoy hemos sido testigos de su tenaz incumplimiento tanto por actores públicos como por actores privados. El crecimiento desmedido en algunas zonas del país nos ha llevado al puerto del desorden vial y urbano. Tal panorama es muestra clara de que por años hemos carecido de un verdadero interés gubernamental para 1) que los ciudadanos contemos con espacios públicos mejor diseñados y 2) generar diálogo entre actores públicos-públicos y públicos-privados.

Así llegamos al 2018. Como cada cuatro año...