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Nuestras cortes de justicia tienen sus fallos, como los tiene cualquier institución humana, pero en este país nuestros tribunales son los principales niveladores, y en nuestras cortes todos los hombres son creados iguales.
— Harper Lee

Durante el mes de marzo leímos en el Club de Lectura de la CCSS, el libro de Harper Lee, Matar a un ruiseñor. Más allá de lo agradable que resulta leer un libro bien escrito, son muchos los temas sobre los que nos hace reflexionar este libro, especialmente en estos tiempos de alta polarización.

El tema principal del libro es la discriminación racial. Ya se ha superado la lucha contra la esclavitud, pero se inicia una nueva en torno a la segregación racial.

En la comunidad de Maycomb conviven personas blancas, muchas a favor de la segregación y convencidas de la maldad innata de los negros; otras que saben que, como en el caso de los blancos, hay personas que actúan éticamente y otras que no.

A pesar de esa división en el tema, había leyes que permitían o, más bien, imponían ese trato discriminatorio. Pero, cuando una ley es injusta, es un principio ético oponérsele. Personas como Rosa Parks o Martin Luther King Jr., fueron necesarias para mostrar que esas leyes eran injustas. Es en la segunda mitad del siglo XX, cuando poco a poco esas leyes van desapareciendo; quizás por los ecos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, según la cual “todos los seres humanos nacen libre e iguales en dignidad y derechos”.

Hoy la batalla que se libra es por el reconocimiento de derechos de las personas homosexuales y transexuales; quienes exigen un trato igualitario frente a la institucionalidad, para que se reconozcan sus derechos sin discriminación.

Las personas transexuales piden el reconocimiento de su identidad de género. Las personas homosexuales, el reconocimiento del matrimonio, con todos los derechos que derivan de este. Piden tener la misma posibilidad que tienen las personas heterosexuales, de formalizar su unión mediante el vínculo del matrimonio, en el momento en que lo deseen.

Ya dos valientes mujeres se enfrentaron a la ley al aprovechar un error registral. Jazmín Elizondo y Laura Flórez-Estrada son las herederas del valor de las muchas Rosa Parks que dijeron: ¡Basta ya! Si la ley es injusta, estamos llamados éticamente a enfrentarnos a ella.

El mismo Jem, en Matar a un ruiseñor, desobedece a su padre cuando en una situación de peligro este le ordena que se vaya a la casa. Pero, en ese momento, los principios de Jem (producto de la relación con su padre, Calpurnia y otros de sus buenos vecinos, además de sus muchas lecturas) estaban por encima de la autoridad de su padre, Atticus Finch.

Ahora la situación es algo diferente, pues el máximo tribunal de derechos humanos del continente, es de la opinión de que tanto los transexuales tiene derecho al reconocimiento de su identidad; como los homosexuales lo tienen al matrimonio, en idénticas condiciones que las parejas heterosexuales.

Surgen las voces de quienes se oponen al criterio de ese tribunal, que sería el paso que hace falta para terminar con leyes e interpretaciones discriminatorias. Personas que se oponen con la beligerancia de quien lucha por su vida.

Como en el libro de Harper Lee, siempre habrá personas visionarias que tendrán la sensibilidad para levantarse ante las injusticias aun cuando estas se fundamenten en una ley. Y, por supuesto, siempre habrá personas que parecieran estar convencidas de que, al otorgárseles derechos a otras, algo se les arrebata a ellas.