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Imagen principal del artículo: No me quiten mi lápiz y mi cuaderno

No me quiten mi lápiz y mi cuaderno

¿Qué significa cerrar las puertas de una universidad que está presente en la vida de este país desde hace casi cincuenta años? ¿Qué representa debilitar una institución que nació antes que muchos de nosotros, pero que sembró sueños en personas que todavía ni siquiera habían aprendido a escribir su propio nombre?

Hoy quiero hablar desde mi historia. No desde un escritorio, ni desde las estadísticas, ni desde los números de un presupuesto. Quiero hablar desde la tierra que llevo en mis manos, desde las raíces de mi pueblo y desde el corazón de una mujer que creció creyendo que la educación podía cambiar su destino.

Vengo de una zona rural de Costa Rica. De esos pueblos donde los árboles parecen tocar el cielo, donde los caminos guardan historias y donde, muchas veces, los sueños de superación parecen demasiado grandes para el lugar donde nacimos.

Mi historia con la Universidad Estatal a Distancia, la UNED, comenzó mucho antes de que yo pudiera imaginarme como estudiante universitaria. Comenzó en mi infancia, durante aquellos años ochenta, cuando en mi casa la radio era una ventana al mundo.

Sí, aquella radio que necesitaba una batería cuadrada para funcionar. Aquella que encendíamos para escuchar las noticias durante el poco tiempo que podíamos tenerla encendida. Entre las voces que llegaban desde aquella pequeña radio, escuché hablar de una universidad que ofrecía educación a distancia. Una universidad que permitía estudiar sin tener que abandonar necesariamente el lugar donde uno había nacido.

Y mientras escuchaba aquellas noticias, miraba el cielo abrirse entre los árboles de mi pueblo. A veces pasaba un avión y yo levantaba la mirada para verlo alejarse.

No sé si en aquel momento comprendía todo lo que significaba estudiar una carrera universitaria. Pero sí sabía que quería salir adelante. Soñaba con salir de mi pueblo para superarme y, algún día, regresar con conocimientos, herramientas y oportunidades que también pudieran servirle a mi gente.

Yo soñaba con un futuro que todavía no podía tocar, pero que ya comenzaba a construirse dentro de mí. Y en aquel sueño, aunque yo era apenas una niña, ya estaba presente la UNED.

La vida, sin embargo, no siempre permite que los sueños se cumplan en el tiempo que uno quisiera.

Las dificultades socioeconómicas de mi familia interrumpieron mi camino educativo. Tuve que postergar mis estudios y aprender que, para muchas personas, continuar estudiando no depende únicamente de las ganas, de la inteligencia o de la voluntad. Depende también de las oportunidades que existen, de las condiciones familiares y de los recursos que permiten sostener un proceso educativo.

Pero los sueños no desaparecen necesariamente porque debamos detenernos.

Años después, el Coned me abrió una puerta para concluir mi educación secundaria, aquella meta que había quedado pendiente. Y cuando pude continuar buscando herramientas para crecer, la UNED volvió a aparecer en mi camino mediante sus cursos libres, sus espacios de aprendizaje y sus posibilidades de formación.

La educación volvió a acercarse a mí.

No me preguntó por qué había tardado tanto. No me exigió haber recorrido un camino perfecto. Me ofreció posibilidades para seguir avanzando.

Y así, entrada ya en mis cuarenta años, cuando muchas personas podrían pensar que ciertos sueños pertenecen a una etapa de la juventud, la UNED volvió a demostrarme que aprender no tiene una única edad y que el deseo de superarse no caduca con los años.

A través de sus oportunidades, también pude impulsar mi emprendimiento, D’Sama Diseño Textil, mediante un capital semilla que contribuye a fortalecer mi trabajo, desarrollar mis capacidades y generar recursos para mi hogar.

Hoy trabajo con textiles, con nuestras raíces culturales, con los conocimientos que se transmiten de generación en generación y con la convicción de que el aprendizaje puede convertirse en una herramienta para transformar vidas. Por eso, cuando hablo de la UNED, no hablo únicamente de una institución educativa.

Hablo de una puerta que se mantuvo abierta para una niña rural que nunca dejó de soñar, incluso cuando la vida la obligó a esperar.

Hablo de una universidad que representa posibilidades para quienes no siempre podemos trasladarnos diariamente a un centro educativo, para quienes tenemos responsabilidades familiares, para quienes debemos trabajar mientras estudiamos y para quienes vivimos lejos de los centros urbanos.

Hablo de una universidad que comprende que Costa Rica no termina donde termina el asfalto, que el conocimiento no debe concentrarse en las ciudades y que el talento también nace en los pueblos más pequeños, detrás de las montañas, entre los caminos de tierra y en comunidades donde las oportunidades educativas pueden ser más limitadas.

Por eso me duele profundamente pensar que se reduzcan los recursos que permiten sostener y ampliar estas oportunidades.

Detrás de cada presupuesto universitario hay personas. Detrás de cada partida destinada a becas, materiales didácticos, centros universitarios, tutorías, investigación y acompañamiento hay historias que quienes toman las decisiones quizá nunca llegarán a conocer.

Hay una madre que estudia después de acostar a sus hijos. Hay un joven que vive lejos y que necesita apoyo económico para continuar. Hay una persona adulta que decide retomar sus estudios después de veinte años. Hay una mujer emprendedora que busca conocimientos para sostener a su familia. Hay una persona con discapacidad que necesita recursos y apoyos adecuados para aprender. Hay comunidades enteras que esperan que la educación les permita construir un futuro distinto.

Cuando se debilita el financiamiento de las universidades públicas, no estamos hablando solamente de números. Estamos hablando de oportunidades que pueden desaparecer, de sueños que pueden quedar aplazados y de brechas sociales que corremos el riesgo de hacer todavía más profundas.

La educación pública no es un privilegio reservado para quienes pueden pagarla. Es una de las herramientas más importantes que tiene Costa Rica para construir una sociedad con mayores oportunidades, más equidad y mejores condiciones de vida.

La UNED no elimina todas las desigualdades, pero contribuye a reducir las barreras que impiden que muchas personas accedan a la educación superior. Su modalidad a distancia, sus materiales didácticos impresos, sus centros universitarios y sus recursos de acompañamiento son fundamentales para quienes no siempre contamos con una conexión estable a internet, con transporte disponible o con los medios económicos para trasladarnos diariamente.

Hay personas que deben caminar durante horas para llegar a un centro universitario, entregar un trabajo, resolver una consulta o realizar una gestión necesaria para continuar sus estudios. Hay quienes aprovechan cada recurso disponible porque saben lo que cuesta tener una oportunidad.

Yo sé lo que significa esperar. Sé lo que significa postergar una meta por razones económicas. Sé lo que significa mirar hacia adelante sin tener la certeza de cuándo podremos llegar.

Por eso me pregunto: ¿cómo puede un país aspirar a construir una sociedad más preparada si debilita las instituciones que permiten que sus habitantes estudien? ¿Cómo podemos hablar de movilidad social si hacemos más difícil el acceso a las herramientas que permiten alcanzarla? ¿Cómo esperamos que las personas dependan menos de las ayudas económicas si no fortalecemos las oportunidades para que puedan prepararse, trabajar, emprender y contribuir al desarrollo de sus comunidades?

Invertir en educación no es un gasto que deba mirarse únicamente desde la urgencia de un presupuesto. Es una apuesta por el presente y por el futuro de Costa Rica.

Una persona que estudia puede transformar su vida, pero también puede transformar la vida de su familia, compartir sus conocimientos con otras personas, fortalecer su comunidad, generar empleo y abrir caminos para quienes vienen detrás.

Eso es lo que yo quiero hacer.

Quiero continuar mis estudios universitarios. Quiero formarme para ser docente. Quiero compartir lo aprendido. Quiero seguir trabajando con las comunidades y aportar desde mis conocimientos textiles, mi experiencia y mi compromiso con la inclusión. Quiero que mi historia no sea una excepción, sino una muestra de lo que puede suceder cuando una persona encuentra una oportunidad para aprender.

Y quiero que mis hijos, y algún día mis nietos, vivan en una Costa Rica donde estudiar no sea un sueño que deba sobrevivir a las dificultades económicas, sino una posibilidad real que el país se esfuerce por garantizar.

Por eso hoy hablo con respeto, pero también con la firmeza de quien conoce el valor de aquello que está en riesgo.

Las decisiones tomadas desde las oficinas públicas no deben convertirse en muros para quienes intentamos abrirnos camino mediante la educación. Las limitaciones económicas de una familia no deben convertirse en una condena para las generaciones siguientes. La distancia geográfica tampoco debe transformarse en una distancia insuperable frente al conocimiento.

No quiero que una niña de una comunidad rural tenga que renunciar a sus sueños porque la universidad que escuchaba por la radio de su casa ya no cuenta con los recursos necesarios para llegar hasta ella.

No quiero que un joven abandone su carrera porque perdió el apoyo económico que le permitía continuar. No quiero que una mujer adulta tenga que volver a guardar sus cuadernos porque estudiar se convirtió nuevamente en un privilegio que no puede pagar.

No quiero que el lugar donde nacimos determine hasta dónde podemos llegar.

No pido un futuro regalado. Pido que se mantengan abiertas las oportunidades que necesito para construirlo.

Hoy hablo como aquella niña de los años ochenta, la que miraba los aviones pasar entre los árboles y soñaba con conocer un mundo más amplio. Como la mujer que tuvo que esperar décadas para retomar su camino educativo. Como la estudiante que todavía tiene metas por cumplir. Como la emprendedora que encontró en la educación herramientas para fortalecer su trabajo. Como una costarricense que ama su país y que desea contribuir a su desarrollo.

Humildemente, vengo de una zona rural. Me quito las botas llenas de barro, esas botas que conocen los caminos de mi pueblo, y levanto mi voz.

No porque me avergüence de la tierra que llevo conmigo, sino porque esa tierra es parte de lo que soy. En ella están mis raíces, mi historia, mis esfuerzos y los sueños que me trajeron hasta aquí.

Y desde esa tierra nace mi reclamo:

¡No me quiten mi lápiz y mi cuaderno!

Quiero conservar la posibilidad de terminar lo que comencé a soñar en los años ochenta. Quiero que siga abierta la puerta que tantas veces creí que la vida me había cerrado.

Mis circunstancias económicas, mi edad o el lugar donde nací no deben ser razones para que tenga menos oportunidades de aprender.

Y, sobre todo, esas oportunidades deben seguir abiertas para quienes vienen detrás de mí.

Porque la educación no solo transforma a quien se sienta a estudiar. También transforma a las familias que recuperan la esperanza, a las comunidades que descubren sus capacidades y a los pueblos que encuentran en el conocimiento una manera de construir su propio futuro.

Yo quiero seguir soñando con una Costa Rica donde la educación llegue a cada rincón, donde el conocimiento no tenga fronteras geográficas ni económicas y donde ninguna persona tenga que abandonar sus aspiraciones por haber nacido lejos de las grandes ciudades.

Quiero una Costa Rica que comprenda que sus universidades públicas no son un obstáculo para el desarrollo nacional, sino parte esencial de él.

Una Costa Rica que proteja la educación como una inversión en dignidad, justicia social y oportunidades.

Una Costa Rica que no les dé la espalda a quienes todavía estamos intentando llegar.

Cuando las autoridades discuten el financiamiento de la UNED y de las demás universidades públicas, no deciden únicamente cuánto dinero asignan a una institución.

Deciden, en buena medida, qué posibilidades tendrá una niña de pueblo para imaginar su futuro, qué herramientas tendrá una madre para cambiar su historia, qué oportunidades tendrá un joven para continuar sus estudios y qué tan lejos podrá llegar una comunidad cuando tiene acceso al conocimiento.

Es necesario escuchar a quienes vivimos estas realidades, valorar el impacto de la educación pública más allá de las cifras y defender los recursos necesarios para que las universidades puedan cumplir su misión. Las dificultades presupuestarias no deben terminar recayendo sobre las personas que más necesitan estas oportunidades.

Mi sueño comenzó mucho antes de que yo pudiera sentarme en un aula universitaria. Comenzó frente a una radio, entre los árboles de mi pueblo, mirando un avión que cruzaba el cielo.

Pasaron los años. Viví dificultades, tuve que esperar y aprendí que nunca es tarde para volver a intentarlo.

Pero todavía tengo ese sueño.

Todavía quiero estudiar.

Todavía quiero crecer.

Todavía quiero aportar a mi país.

Por eso hoy no hablo solamente por mí. Hablo por quienes alguna vez guardaron sus cuadernos porque no podían continuar. Por quienes todavía no se atreven a soñar con una carrera universitaria. Por quienes viven en territorios rurales y necesitan que la educación llegue hasta ellos. Por quienes creen que su historia aún puede cambiar.

No me quiten mi lápiz. No me quiten mi cuaderno. No me quiten la posibilidad de seguir aprendiendo.

Porque detrás de cada lápiz hay una mano que quiere escribir su historia. Detrás de cada cuaderno hay una mente que quiere descubrir nuevas posibilidades. Y detrás de cada estudiante hay una familia, una comunidad y un país que pueden beneficiarse de lo que esa persona llegue a ser.

Que mis hijos y mis nietos no tengan que luchar para recuperar las oportunidades que hoy corremos el riesgo de perder.

Que las futuras generaciones puedan decir que Costa Rica defendió su educación pública, que creyó en su gente y que comprendió que ningún presupuesto debería hacernos olvidar el valor de la dignidad humana.

Yo seguiré levantando mi voz con la humildad de mis raíces y la fuerza de mis sueños.

Porque de la tierra venimos, con conocimiento crecemos y con educación podemos construir un futuro mejor.

¡La UNED también es mi historia!

¡La educación pública también es mi derecho!

¡Y mi sueño de aprender no tiene fecha de vencimiento!