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Imagen principal del artículo: Veneradores de almas

Veneradores de almas

Ante la tarea reflexiva de elegir las tres invenciones más influyentes en el devenir de la humanidad, ha habido tantas ternas como pensadores célebres consultados. Algunos de ellos han incluido, por diversas razones, la pólvora y, por extensión, su uso en las armas de fuego como parte de sus selecciones.

Así lo refiere el historiador Peter Watson en su libro Ideas. Historia intelectual de la humanidad. En lo que a Watson respecta, al concluir el amplio recorrido consignado en ese texto, explica el porqué de su elección, a saber: el experimento (científico, valga precisar), Europa (la construcción de una identidad cultural y geográfica particular) y el alma (clave en el laborioso esfuerzo del ser humano por entenderse a sí mismo, especialmente en su denominado ser interior).

A primera vista, no hay un vínculo con la pólvora en la tríada del Dr. Watson. Sin embargo, por esos intrincados caminos del lenguaje, en algún momento se convino en que, al menos en español, se entendería por alma también el “hueco o parte vana de algunas cosas, y especialmente, ánima del cañón” (RAE).

Aunque no de memoria, recordé un texto muy a propósito de Mario Benedetti, titulado Semántica práctica, el cual encontré, para citar aquí, en una página de internet llamada, por cierto, Poemas del Alma: “… hay que reconocer empero que el lenguaje popular no está rigurosamente al día / y que cuando el mismo estudiante que leyó en konstantinov que la idea del alma es fantástica e ingenua / besa los labios ingenuos y fantásticos de la compañerita que no conoce la acepción segunda / y a pesar de ello le dice te quiero con toda el alma / es obvio que no intenta sugerir que la quiere con todo el hueco del cañón.”

Terminé divagando por estos rumbos porque llamó mi atención un detalle del que informaron los medios noticiosos hace unas semanas, a propósito del decomiso de drogas, armas, dinero y otros activos en algún lugar del país: el hallazgo de rifles de asalto fabricados, en parte, con impresoras 3D y marcados con la frase “devorador de almas”.

Busqué posibles antecedentes y encontré que esa frase se ha utilizado para nombrar tanto videojuegos como personajes dentro de estos e, incluso, un arma en el juego Polar Expedition, llamada Arctic Soul Devourer. El sitio donde la clasifican como de grado “mítico” la describe como un arma pesada, hecha principalmente de hielo, en cuya parte trasera hay un rostro maligno que, luego de disparar y dar en el blanco, abre la boca para dejar salir almas.

La terna del profesor Watson condensada en esa noticia. La pólvora, invención originaria de China, transformada luego por el apetito científico y la ambición —representados por el entonces incipiente experimento europeo— en munición para el invento, también occidental, de las armas de fuego: artilugios conformados por cañones con alma. Armas que hoy evolucionan, como nunca antes, con la variedad, la incertidumbre y la velocidad de las tecnologías disruptivas, para potenciar su capacidad de continuar devorando almas.

Como lo expresa Edgar Morin, la barbarie del pensamiento está en la simplificación, en la disociación, en la separación, en la racionalización, en detrimento de la complejidad, de los vínculos inseparables y también del sueño y de la poesía. El pensamiento, dice, se ha convertido en un apéndice del cálculo, cuando originalmente el cálculo debería ser un apéndice del pensamiento.

Y así nos va yendo a nivel micro y macro, local y global. Con la esperanza, al menos —pues, como reza el dicho popular, es lo último que se pierde—, de que sigamos siendo más los que queramos, en teoría y, a pesar de nuestros defectos, en la práctica, ser veneradores de almas: anteponer a los rigores y desafíos de la existencia todo aquello que acreciente la dignificación de la vida. Aunque nos quieran envolver en cajitas blancas forradas de declaraciones de buena voluntad.