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¿Seguimos siendo la tierra del trabajo y la paz?

Cada vez que entonamos las últimas estrofas de nuestro Himno Nacional, pronunciamos palabras que encierran nuestra identidad como costarricenses. Desde pequeños aprendemos a sentir orgullo por aquella tierra donde la lucha honrada es la herencia de nuestros antepasados y el trabajo representa la dignidad de un pueblo.

Crecimos escuchando que descendemos de labriegos sencillos, de mujeres y hombres trabajadores y honrados que, con sus manos, su esfuerzo, su sudor y su sangre, construyeron el país que hoy conocemos. Se nos enseñó que Costa Rica era sinónimo de paz, democracia, oportunidades y esperanza. Pero ¿seguimos siendo la tierra del trabajo y la paz?

La tierra del trabajo debería ser aquella donde quien se esfuerza encuentra oportunidades para salir adelante, donde emprender no se convierte en una carrera de obstáculos y donde el talento de nuestra gente es motivo de orgullo.

Sin embargo, cuando una empresa internacional decide marcharse, no desaparece únicamente una marca de un parque empresarial. Detrás quedan personas, trabajadores, familias, proyectos de vida y comunidades afectadas. Al mismo tiempo, miles de pequeños empresarios arriesgan sus ahorros, generan empleo y sostienen la economía local, pero deben enfrentar trámites, costos y obstáculos que dificultan su crecimiento.

¿Cómo podemos hablar de una tierra de trabajadores si no se nos ofrecen condiciones para trabajar, producir y prosperar? Costa Rica no puede conformarse con recordar las oportunidades que alguna vez tuvo; debe trabajar para crear las que necesita.

Pero si el trabajo constituye una parte esencial de nuestra identidad, la paz es el pilar más importante de nuestra historia y el corazón de nuestra identidad.

Durante décadas, Costa Rica se distinguió ante el mundo por su vocación pacifista, la abolición de su ejército, su tradición democrática y su apuesta por la educación. Nos enorgullecía ser el país que cambió los cuarteles y las armas por aulas, libros y lápices. También encontramos motivos de orgullo en aquel Premio Nobel de la Paz otorgado en 1987 por los esfuerzos en favor de la paz en Centroamérica.

Esa historia sigue siendo parte de lo que somos. Sin embargo, no podemos vivir eternamente de los reconocimientos del pasado mientras la inseguridad se convierte en una preocupación cotidiana.

El narcotráfico, la delincuencia y el crimen organizado golpean comunidades, afectan familias y debilitan la confianza ciudadana. La violencia deja de ser una noticia distante cuando atraviesa las puertas de nuestros hogares, cuando una madre ve a su hijo caer en las redes del narcotráfico o cuando una familia debe despedirlo para siempre porque la violencia le arrebató la vida.

La paz no consiste únicamente en la ausencia de una guerra. También significa caminar por nuestras comunidades sin miedo, abrir un negocio sin amenazas y criar a nuestros hijos con la tranquilidad de que tendrán un futuro mejor.

Ante esta realidad, Costa Rica necesita respuestas firmes, inteligentes y sostenibles a largo plazo. La construcción de cárceles puede formar parte de una política de seguridad, pero no puede ser la única respuesta. Necesitamos una estrategia que combine la persecución del delito con la prevención, la educación, el empleo y las oportunidades para la juventud. No basta con reaccionar cuando la violencia ya cobró vidas; debemos construir las condiciones para evitar que siga reproduciéndose.

Quizás el mayor peligro sea acostumbrarnos a perder oportunidades, a ver cómo emprender se vuelve cada vez más difícil y a aceptar que vivir con miedo forma parte de nuestra cotidianidad. No podemos permitir que la Costa Rica que recordamos termine convertida en una fotografía de los libros de historia. Nuestro país siempre ha tenido desafíos y desigualdades y, precisamente por eso, el orgullo patrio debe servirnos para actuar, no para conformarnos.

La herencia de nuestros labriegos sencillos debe ser un compromiso con el trabajo honrado, la solidaridad y la construcción de un mejor país. Al entonar nuestro Himno Nacional, sus palabras deberían recordarnos no solo lo que fuimos, sino también aquello que aún podemos llegar a ser.

Los costarricenses merecemos un país donde el trabajo dignifique, emprender sea una oportunidad y la seguridad sea una garantía para todos. Merecemos recuperar la tranquilidad, la confianza y la esperanza.

Los costarricenses merecemos volver a soñar. Merecemos que esta vuelva a ser la tierra del trabajo y la paz.