Por Dios, qué difícil está la comunicación hoy en día.
La tecnología llegó a nuestras vidas con la promesa salvadora de simplificarnos la existencia. Nos permitió acortar distancias, responder en segundos y estar disponibles para personas a miles de kilómetros. Sin embargo, en medio de tantas facilidades, hay algo que parece que estamos perdiendo: nuestra capacidad de comunicarnos y de entendernos como humanos.
Hoy, buena parte de nuestras interacciones está mediada por una pantalla. Hablamos por WhatsApp, discutimos por correo electrónico, nos enamoramos en las aplicaciones y pedimos consejo a la inteligencia artificial. Hemos convertido el teléfono en un intermediario permanente de nuestras emociones, opiniones e ideas. Sin darnos cuenta, hemos comenzado a relacionarnos más con las palabras escritas que con las personas que las pronuncian.
Hablamos menos, pero pensamos más, hasta el punto de sobrepensarlo todo. Queremos estar al tanto de las noticias, los cambios, las tendencias y la vida de los demás. Nos da miedo perdernos algo, quedarnos fuera, no estar. Y en ese intento de estar en todo, terminamos sin prestar suficiente atención a lo que tenemos enfrente.
Interpretamos mucho más de lo que comprendemos. Nos hemos encerrado tanto en nuestra propia perspectiva que terminamos interpretando el mundo desde nosotros mismos, como si nuestra manera de verlo fuera la única posible.
Las redes sociales nos han acostumbrado a opinar, incluso cuando nadie nos ha preguntado, pero ahí está la invitación permanente: ¿qué estás pensando? Y nosotros, obedientes, respondemos. Publicamos lo que sentimos, lo que comemos, lo que hacemos y lo que pensamos que los demás deberían saber. Nos acostumbramos tanto a expresar nuestras opiniones que se nos olvidó escuchar. Y escuchar, leer con atención, amar y comprender al otro son cosas que no deberían parecernos tan difíciles.
Porque comunicarse no es simplemente hablar ni opinar. Tampoco es escribir un mensaje y esperar que la otra persona lo comprenda exactamente como nosotros lo imaginamos. El texto llega sin tono, sin una mirada que lo acompañe, sin un gesto que permita comprender su intención. Un simple “está bien” puede significar tranquilidad, enojo, indiferencia o cansancio. La pantalla no nos lo aclara. El resto lo ponemos nosotros. Y ahí comienza el problema.
Leemos los mensajes en soledad y los interpretamos a partir de nuestro estado de ánimo, nuestras experiencias previas, nuestros miedos y nuestras expectativas. Si estamos heridos, podemos encontrar rechazo donde no lo hay. Si desconfiamos, podemos leer una amenaza en una frase inocente. Si estamos enamorados, quizá encontremos señales de interés en palabras que no significan lo que queremos creer. La misma frase puede significar cosas distintas según quién la lea y cómo se sienta al leerla.
Terminamos respondiendo no necesariamente a lo que la otra persona dijo, sino a lo que nosotros creemos que quiso decir. Mientras tanto, el otro hace exactamente lo mismo con nuestras palabras: las interpreta desde sí mismo. Dos personas frente a dos pantallas, cada una convencida de que está reaccionando a la realidad, cuando quizá ambas están reaccionando a sus propias interpretaciones.
No se trata de atribuir todos los conflictos a nuestras inseguridades. Se trata de reconocer que no siempre conocemos las intenciones del otro y que, cuando nos falta información, nuestra mente tiende a llenar esos vacíos.
La tecnología nos facilita el contacto, pero no garantiza la comprensión ni nos enseña a tolerar, a esperar y a escuchar.
Podemos intercambiar cientos de mensajes al día y, aun así, no tener una conversación verdaderamente honesta. Podemos estar disponibles las veinticuatro horas y, aun así, sentirnos profundamente solos. Podemos conocer los movimientos de alguien, saber cuándo se conectó, si leyó nuestro mensaje o si publicó una fotografía, sin tener la menor idea de lo que esa persona está sintiendo.
Necesitamos preguntar antes de asumir, conversar antes de juzgar y escuchar incluso aquello que no coincide con lo que queremos oír.
No todo necesita una respuesta inmediata. No toda ausencia es rechazo. No todo mensaje breve es indiferencia. Y no toda interpretación que hacemos es un hecho.
Tal vez no estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos porque nos falten palabras, sino porque tenemos palabras de sobra. Lo que parece estar atrofiándose es nuestra voluntad de comprender al otro, de lidiar con las diferencias y de aceptar que no siempre sabemos lo que pasa por la cabeza de alguien más.
Nunca hemos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, seguimos teniendo dificultades para entendernos. La pantalla nos permite acercarnos al otro, pero también puede convertirse en un espejo en el que proyectamos nuestros miedos, prejuicios y expectativas.
Y cuando creés estar descifrando al otro, quizá lo que estás haciendo es encontrarte a vos mismo. Contame, ¿te gusta tu reflejo o está un poquito atrofiado?
