La elección presidencial brasileña mantuvo en vilo a América Latina. La pregunta era si Luiz Inácio Lula da Silva lograría conservar el poder o si Flávio Bolsonaro consolidaría el avance de la derecha, que ha ganado protagonismo electoral en distintos países de la región.
Ambos representaban modelos de país diferentes. El resultado no solo definía el futuro político de Brasil, sino que también tenía implicaciones geopolíticas para Sudamérica.
Sin embargo, la jornada electoral estuvo marcada por un hecho excepcional: el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Cristiano Zanin, ordenó extender hasta las 19:00 horas la votación en los locales que aún permanecían abiertos, tras una denuncia de la campaña de Lula por problemas en el transporte público. El Tribunal Superior Electoral (TSE) suspendió temporalmente la totalización de los votos y reanudó el proceso una vez concluida la votación. La campaña de Flávio Bolsonaro también había solicitado una extensión debido a las condiciones meteorológicas en algunos estados.
El escrutinio estuvo marcado por la incertidumbre. Lula comenzó liderando el conteo, pero Flávio asumió la delantera a las 19:46 horas. El candidato de derecha mantuvo esa posición durante 38 minutos, hasta que Lula volvió a superarlo a las 20:24 horas y conservó la ventaja hasta el final.
El resultado definitivo confirmó la victoria de Lula, con el 51,77% de los votos válidos, frente al 48,23% de Flávio Bolsonaro. La diferencia fue de 3,54 puntos porcentuales, equivalente a más de cuatro millones de votos. En 2022, Lula había vencido a Jair Bolsonaro por 1,8 puntos porcentuales. Esta vez, la distancia fue mayor, aunque insuficiente para hablar de una victoria contundente.
¿Qué explica esta remontada? Una hipótesis es que la campaña de Flávio no logró ampliar suficientemente su base electoral. También cabe preguntarse si su estrategia de confrontación contribuyó a movilizar a los adversarios. Sus ataques personales contra Lula, incluido el uso de la expresión «nueve dedos», pudieron reforzar una imagen de agresividad. Sin embargo, atribuir el resultado exclusivamente a ese factor sería simplificar una elección marcada por múltiples variables.
La participación también ofrece elementos relevantes. La abstención descendió del 21,08% en la primera vuelta al 19,21% en la segunda. Asimismo, los votos blancos y nulos, considerados conjuntamente, disminuyeron del 4,77% al 3,24%. Estos cambios muestran una mayor participación electoral, aunque no permiten afirmar por sí solos que todos los nuevos votantes favorecieron a Lula.
Por primera vez en la historia democrática reciente de Brasil, un candidato que había quedado segundo en la primera vuelta consiguió imponerse en la segunda. Lula, de 80 años, obtuvo así un cuarto mandato presidencial, después de gobernar entre 2003 y 2010 y regresar al poder en 2023.
Su victoria frena, al menos temporalmente, el avance electoral de la derecha regional y mantiene a Brasil bajo un gobierno de izquierda. También abre una nueva etapa en su relación con Estados Unidos, en un contexto de tensiones geopolíticas y comerciales.
En conclusión, América Latina continúa mostrando sociedades profundamente polarizadas, donde las elecciones se definen por márgenes estrechos y la disputa política sigue dividiendo a los ciudadanos en dos grandes bloques. Otra cosa son las declaraciones de Flávio Bolsonaro tras su derrota.
