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La “espinita” que estamos perdiendo

Hay algo que poco a poco estamos perdiendo y que, aunque parezca pequeño, puede terminar teniendo consecuencias enormes: la curiosidad. Esa necesidad de saber, esas ganas de aprender, esa sensación de que se te mete una “espinita” y empiezas a investigar qué significa, por qué ocurre o de dónde viene. Entonces lees algo, encuentras otra cosa y, sin darte cuenta, terminas aprendiendo algo que probablemente nunca habrías aprendido si esa “espinita” no se hubiera metido ahí.

Vivimos en un mundo automatizado e inmediato, donde las respuestas aparecen antes incluso de que terminemos de formular las preguntas. Las redes sociales nos entregan información constantemente y la inteligencia artificial puede responder casi cualquier cosa en cuestión de segundos. Tenemos una puerta al conocimiento como nunca antes la habíamos tenido, pero también una facilidad inédita para dejar de buscar por nosotros mismos. La necesidad de investigar aquello que nos genera curiosidad disminuye al ver que la respuesta está a unos segundos de distancia.

El problema es que acceder a información no significa necesariamente comprenderla. Damos por sentado que aquello que vemos o escuchamos es real simplemente porque apareció frente a nosotros. Una noticia, un video, una fotografía, una frase atribuida a alguien o una respuesta generada por inteligencia artificial pueden convertirse en verdades si no nos detenemos a cuestionarlas. No es una sospecha abstracta: según el Digital News Report del Reuters Institute, un 58% de las personas a nivel global expresa preocupación por no poder distinguir lo verdadero de lo falso en internet. Una sociedad que deja de cuestionar lo que recibe queda mucho más expuesta a la desinformación, la manipulación política y la construcción de opiniones a partir de información que nunca se comprobó.

Pero quizá el problema más profundo está en otro lugar: también estamos perdiendo la capacidad de cuestionarnos a nosotros mismos. Hace más de dos mil años, Sócrates defendía la idea de que una vida sin examen no merece ser vivida, recordando que el conocimiento empieza por cuestionar no solo el entorno, sino también las propias certezas. Hoy, en cambio, pasamos buena parte del día frente a una pantalla, saltando de una publicación a otra, de un video a otro y de una conversación a otra, sin detenernos demasiado a pensar en nuestros propios pensamientos. Cada vez resulta menos habitual preguntarnos por qué reaccionamos de determinada manera, por qué creemos lo que creemos o si realmente estamos defendiendo una idea porque la consideramos correcta o simplemente porque aprendimos que debíamos pensar así.

Cuestionarnos debería ser un ejercicio fundamental de autoconocimiento. No solamente para entender quiénes somos, sino para comprender cómo actuamos dentro de una sociedad. El colectivo empieza desde el individuo y, si el individuo no puede comprenderse a sí mismo, resulta difícil pensar que podremos comprender realmente a los demás. Antes de intentar entender al otro, tenemos que ser capaces de reconocer nuestros propios prejuicios, contradicciones, emociones y errores.

Esto importa porque una sociedad no está separada de las personas que la conforman. Somos nosotros quienes construimos nuestras relaciones, nuestras comunidades y nuestras instituciones. Si cada vez tenemos menos tiempo para comprendernos, también tendremos menos herramientas para comprender al otro.

Ahí es donde la inmediatez puede terminar teniendo un costo que no siempre vemos. Podemos comunicarnos con cientos de personas sin conocer realmente a ninguna, recibir miles de opiniones sin detenernos a construir una propia y tener acceso a cantidades inmensas de información sin desarrollar necesariamente un criterio para interpretarla. La conexión digital puede crecer mientras nuestra conexión humana se debilita.

La tecnología no es el enemigo. Las redes sociales y la inteligencia artificial también pueden acercarnos al conocimiento y permitirnos acceder a herramientas que antes eran impensables. El problema aparece cuando la facilidad para obtener respuestas sustituye nuestra voluntad de hacer preguntas y cuando dejamos que una herramienta piense por nosotros en lugar de utilizarla para pensar mejor.

Por eso me preocupa menos la posibilidad de que la tecnología cambie nuestra forma de aprender que la posibilidad de que termine cambiando nuestra forma de relacionarnos. Una sociedad formada por individuos que no tienen tiempo para escucharse, comprenderse y cuestionarse a sí mismos puede terminar siendo una sociedad profundamente conectada en apariencia, pero profundamente desconectada en lo humano.

Y quizá ahí está la verdadera importancia de aquella pequeña espinita. La curiosidad no solamente nos lleva a aprender sobre el mundo; también nos obliga a detenernos frente a él. Nos hace preguntar, dudar y descubrir, pero también nos permite mirarnos hacia adentro. Recuperarla significa recuperar una parte de nuestra capacidad para comprendernos y, desde ahí, comprender a los demás.

Porque el colectivo empieza desde el individuo. Y si dejamos de preguntarnos quiénes somos, por qué pensamos como pensamos y cómo estamos actuando frente a los demás, no solamente estaremos perdiendo nuestra curiosidad. Estaremos perdiendo, poco a poco, la capacidad de encontrarnos entre nosotros.