Costa Rica suele aparecer en los rankings internacionales como un país que ha sabido construir políticas públicas exitosas en salud, educación y desarrollo humano. Y con razón. Durante décadas hemos logrado avances importantes en esperanza de vida, cobertura sanitaria y reducción de múltiples problemas asociados a la pobreza.
Además, durante años hemos repetido que Costa Rica es un ejemplo internacional en salud. Y, en muchos aspectos, lo sigue siendo. Sin embargo, detrás de esos logros existe una realidad menos visible y mucho más compleja: cada vez más costarricenses viven con sobrepeso, obesidad o enfermedades relacionadas con la alimentación, mientras miles de hogares continúan enfrentando dificultades para acceder a una dieta adecuada. Es una paradoja que debería preocuparnos. Basta observar lo que ocurre en nuestras familias, comunidades, escuelas, trabajos y hogares para entender que enfrentamos un desafío que crece silenciosamente: cada vez comemos más, pero no necesariamente nos alimentamos mejor.
Como nutricionista e investigadora, me preocupa que, mientras discutimos constantemente sobre alimentación saludable, obesidad y otras enfermedades no transmisibles, seguimos sin contar con información actualizada sobre lo que realmente consumen los costarricenses. Esa contradicción resume buena parte del reto que tenemos por delante.
En el marco del Día Mundial de la Alimentación 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) nos invita a reflexionar bajo el lema “Innovar hoy para nutrir mañana”. Es una invitación oportuna para preguntarnos qué significa innovar en alimentación en un país donde el problema ya no es principalmente la falta de alimentos, sino la calidad de la alimentación que estamos construyendo como sociedad.
A menudo asociamos la innovación con tecnología de punta, inteligencia artificial o desarrollos científicos complejos. Sin embargo, en alimentación y nutrición, innovar significa algo mucho más amplio: encontrar nuevas formas de producir, distribuir, regular y consumir alimentos que permitan mejorar la salud, la sostenibilidad y la seguridad alimentaria.
Esa reflexión resulta especialmente pertinente para Costa Rica.
Ya no enfrentamos principalmente una crisis de hambre
Cuando se habla de seguridad alimentaria, muchas personas siguen asociando el problema exclusivamente con el hambre. Sin embargo, la realidad nutricional del siglo XXI es mucho más compleja.
Costa Rica ha logrado mantener niveles relativamente bajos de subalimentación en comparación con otros países de la región. No obstante, eso no significa que la población esté adecuadamente nutrida. Hoy convivimos con distintas formas de malnutrición: inseguridad alimentaria en algunos hogares, deficiencias nutricionales en grupos específicos y, al mismo tiempo, un acelerado crecimiento del sobrepeso, la obesidad y las enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación.
Esta situación ha sido descrita por organismos internacionales como la “doble carga de la malnutrición”. En términos simples, significa que una sociedad puede enfrentar simultáneamente problemas de acceso a los alimentos y problemas derivados de una alimentación de mala calidad.
Los datos nacionales reflejan claramente esta realidad. Según información incorporada en el reciente Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035, aproximadamente tres de cada cuatro personas adultas presentan exceso de peso. Paralelamente, cerca del 16% de los hogares experimenta algún grado de inseguridad alimentaria moderada o severa.
Detrás de estas cifras hay consecuencias humanas, sociales y económicas de enorme magnitud.
El exceso de peso aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y varios tipos de cáncer. Estas enfermedades constituyen actualmente una de las principales causas de morbimortalidad en Costa Rica y generan una presión creciente sobre la Caja Costarricense de Seguro Social.
La infancia merece una atención prioritaria
Uno de los aspectos más preocupantes de la situación actual es el aumento del sobrepeso y la obesidad en niños, niñas y adolescentes.
Datos regionales de Unicef indican que Costa Rica presenta una de las prevalencias más altas de sobrepeso y obesidad infantil en Centroamérica. Esta situación debería encender todas las alarmas.
La obesidad infantil no es un simple problema estético ni una cuestión de voluntad individual. Se asocia con alteraciones metabólicas tempranas, mayor riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión arterial y enfermedades cardiovasculares en etapas posteriores de la vida. Además, puede afectar la salud mental, la autoestima, el bienestar emocional y el desempeño educativo.
Como nutricionista, considero que este es uno de los desafíos sanitarios más importantes que enfrentará el país durante las próximas décadas.
La evidencia científica demuestra que gran parte del riesgo futuro de enfermedades crónicas se construye durante la infancia y la adolescencia. Por esa razón, invertir en nutrición temprana produce beneficios sanitarios, sociales y económicos que se extienden durante toda la vida.
Estamos tomando decisiones con información insuficiente
Existe una contradicción que me preocupa especialmente.
Nunca habíamos tenido tanta evidencia científica sobre nutrición y salud pública. Sin embargo, conocemos muy poco acerca de lo que realmente consumen los costarricenses en la actualidad.
La última Encuesta Nacional de Nutrición que recopiló información detallada sobre consumo individual de alimentos se realizó en 2008. Desde entonces, gran parte de los análisis disponibles se han basado en estudios derivados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (Enigh).
Estos estudios son valiosos y han permitido generar información útil sobre disponibilidad de alimentos y patrones de compra. Sin embargo, presentan limitaciones metodológicas importantes. Comprar un alimento no necesariamente significa consumirlo. Tampoco permiten conocer con precisión quién consume qué dentro de cada hogar.
Por esta razón, el país necesita con urgencia una nueva Encuesta Nacional de Alimentación y Nutrición.
Continuar diseñando políticas nutricionales sin contar con información actualizada sobre el consumo real de alimentos equivale a intentar navegar con mapas desactualizados. Es posible avanzar, pero aumenta significativamente el riesgo de equivocarse.
La innovación que Costa Rica necesita comienza, precisamente, por generar mejor información.
La inseguridad alimentaria sigue presente
Aunque el debate público suele concentrarse en la obesidad, no debemos olvidar que miles de hogares costarricenses continúan teniendo dificultades para acceder a alimentos suficientes y nutritivos.
La inseguridad alimentaria sigue afectando principalmente a los hogares de menores ingresos, donde la alimentación representa una proporción significativa del presupuesto familiar.
En estas familias, cualquier aumento en el precio de los alimentos puede tener un impacto directo sobre la calidad de la dieta. Cuando los recursos son limitados, los productos más económicos suelen ser también los más densos en calorías y los menos nutritivos.
Esta realidad demuestra que la nutrición no puede analizarse únicamente desde una perspectiva individual. Las decisiones alimentarias están condicionadas por factores económicos, sociales y territoriales.
Hablar de alimentación saludable sin considerar el acceso económico a los alimentos sería ignorar una parte fundamental del problema.
El entorno alimentario también enferma
Durante años hemos insistido en la importancia de “comer mejor” y “elegir opciones más saludables”. Como nutricionista, comparto ese mensaje todos los días. Sin embargo, la realidad es más compleja. Las personas no toman decisiones alimentarias en el vacío. Lo que comemos está profundamente influenciado por el entorno que nos rodea: los alimentos que tenemos cerca, los precios que encontramos en el supermercado, la publicidad a la que estamos expuestos y las opciones disponibles en nuestros lugares de estudio, trabajo y comunidad. Por eso, aunque la responsabilidad individual importa, no puede convertirse en la única explicación de los problemas alimentarios que enfrentamos como sociedad.
Hoy los consumidores se enfrentan diariamente a una intensa promoción de productos con altos contenidos de azúcares, sodio y grasas saturadas. Estos productos suelen estar disponibles en prácticamente todos los espacios de consumo, cuentan con importantes presupuestos publicitarios y disponen de un amplio abanico de estrategias de mercadeo, con descuentos importantes y, en muchos casos, resultan más accesibles que las opciones saludables.
Mientras los productos ultraprocesados se promocionan constantemente mediante publicidad, descuentos y estrategias de mercadeo cada vez más sofisticadas, las frutas, los vegetales y otros alimentos frescos rara vez disponen de los mismos mecanismos para incentivar su consumo. Para muchas familias con presupuestos ajustados, especialmente en contextos de vulnerabilidad económica, mantener una alimentación saludable sigue siendo una tarea difícil frente a opciones más accesibles, prácticas y ampliamente promocionadas.
No se trata de prohibir alimentos ni de limitar la libertad de elección. Se trata de reconocer que las elecciones individuales ocurren dentro de contextos que pueden facilitar o dificultar los hábitos saludables.
Por esa razón, organismos como la OMS, la OPS, Unicef y la FAO promueven políticas públicas orientadas a mejorar los entornos alimentarios. Entre ellas destacan el etiquetado frontal de advertencia, las restricciones a la publicidad dirigida a niños, los programas de alimentación escolar saludable y diversas estrategias fiscales mediante impuestos para desincentivar el consumo excesivo de bebidas azucaradas.
La experiencia internacional muestra que ninguna medida aislada resolverá el problema. Sin embargo, la combinación de múltiples intervenciones puede contribuir significativamente a mejorar la salud de la población.
¿Qué significa innovar en alimentación?
Cuando pensamos en innovación alimentaria, solemos imaginar laboratorios, nuevas tecnologías o alimentos futuristas.
Sin embargo, innovar también puede significar algo mucho más sencillo y poderoso: aplicar el conocimiento disponible para resolver problemas que llevamos años discutiendo.
Innovar puede ser desarrollar sistemas modernos de vigilancia nutricional. Puede ser integrar bases de datos institucionales que actualmente funcionan de manera aislada. Puede significar mejorar la trazabilidad de los alimentos, fortalecer la vigilancia sanitaria o utilizar herramientas digitales para generar información más oportuna.
También puede significar recuperar prácticas tradicionales que han demostrado ser exitosas.
La innovación no siempre consiste en inventar algo nuevo. Muchas veces consiste en implementar mejor aquello que ya sabemos que funciona.
Una agenda posible para Costa Rica
Si realmente queremos innovar para nutrir mejor a nuestra población, existen varias prioridades que deberían ocupar un lugar central en la agenda nacional, tales como:
- Fortalecer la generación de información mediante una nueva Encuesta Nacional de Alimentación y Nutrición y un sistema moderno de vigilancia alimentaria y nutricional.
- Consolidar políticas capaces de crear entornos alimentarios más saludables, especialmente para la niñez y la adolescencia.
- Impulsar la investigación, la innovación y el desarrollo tecnológico en el sector alimentario. Costa Rica posee universidades, centros de investigación y empresas con capacidad para liderar soluciones adaptadas a nuestra realidad.
- Fortalecer la producción y el consumo de alimentos frescos, locales y nutritivos. Promover frutas, vegetales, leguminosas y productos nacionales beneficia simultáneamente la salud pública, la economía rural y la sostenibilidad ambiental.
- Reconocer que la seguridad alimentaria y nutricional no es responsabilidad exclusiva del sector salud. Agricultura, educación, desarrollo social, ambiente, academia, gobiernos locales y sector privado deben formar parte de una estrategia común.
Una inversión, no un gasto
Con frecuencia hablamos de alimentación saludable como si fuera únicamente un asunto sanitario. Incluso, en algunos sectores, parece haberse convertido en un símbolo de estatus: consumir determinados alimentos, seguir ciertas tendencias nutricionales o acceder a productos considerados “saludables” suele asociarse con un mayor poder adquisitivo. No obstante, una alimentación adecuada no debería depender del nivel de ingresos ni convertirse en un privilegio reservado para unos pocos. Garantizar el acceso a alimentos nutritivos y saludables debe entenderse como una inversión en salud, equidad y desarrollo social.
Es un error.
La alimentación también es una política económica, productiva y social.
Las enfermedades relacionadas con la alimentación generan costos crecientes para los sistemas de salud, reducen la productividad laboral, aumentan las incapacidades y afectan la calidad de vida de millones de personas.
Por el contrario, invertir en nutrición y prevención produce beneficios que se extienden mucho más allá del sector salud.
Una población más saludable aprende mejor, trabaja mejor, produce más y requiere menos atención médica. Desde esta perspectiva, promover una alimentación saludable no constituye un gasto público adicional; representa una inversión estratégica para el desarrollo nacional.
Una responsabilidad compartida
La transformación alimentaria que Costa Rica necesita no depende de una sola institución ni de un único sector.
Tampoco depende exclusivamente de las decisiones individuales de los consumidores.
Requiere una visión compartida que integre salud, agricultura, educación, desarrollo social, ambiente, investigación y sector productivo.
El verdadero desafío no consiste únicamente en producir más alimentos. No trata únicamente de calorías, nutrientes o estadísticas. Trata de la salud de nuestros niños, de la calidad de vida de las personas adultas mayores, de la sostenibilidad de nuestro sistema de salud y de nuestro sistema alimentario, y de garantizar que todas las personas tengan acceso a alimentos seguros, nutritivos, asequibles y culturalmente apropiados, sin comprometer la sostenibilidad para las futuras generaciones.
Ese es, en esencia, el mensaje del Día Mundial de la Alimentación.
Innovar hoy para nutrir mañana no significa apostar únicamente por nuevas tecnologías; significa atrevernos a construir políticas basadas en evidencia, invertir en prevención y reconocer que la alimentación es uno de los pilares fundamentales del desarrollo humano.
Costa Rica ya demostró en el pasado que puede liderar transformaciones importantes en salud pública. Costa Rica tiene el conocimiento, las instituciones y el talento para hacerlo. Lo que necesitamos ahora es la decisión colectiva de convertir la nutrición en una verdadera prioridad nacional.
