Hubo un tiempo en que Costa Rica se explicaba a sí misma con orgullo, como un país sin ejército, con más maestros que soldados, donde la paz no era una consigna, sino una costumbre. Ese relato no ha desaparecido, pero hoy convive con otro que nos cuesta nombrar. Según el Organismo de Investigación Judicial, al 24 de setiembre de 2026 se contabilizaban 607 homicidios en el año, y ocho de cada diez estaban vinculados con el narcotráfico y la disputa de territorios. Detrás de cada número hay una familia rota, un barrio que aprende a vivir con la puerta cerrada y un joven que no llegará a viejo.
Podríamos seguir describiendo la herida. Pero prefiero hacer otra pregunta: ¿qué país queremos ser cuando pase esta crisis en la que estamos? En Soñemos juntos, el libro de conversaciones que publicó en 2020 con su biógrafo Austen Ivereigh, el papa Francisco sostiene que de una crisis nunca se sale igual: se sale mejor o se sale peor, y la diferencia depende de lo que decidamos hacer con el dolor. Proponía un camino en tres tiempos que la Iglesia latinoamericana conoce bien: ver, elegir y actuar. Ya hemos visto bastante. Es hora de elegir. Me atrevo, entonces, a dibujar el país al que vale la pena aspirar.
El narcotráfico no es solo un delito; es un mercado, con oferta, demanda, empleo, ascenso y castigo. Allí donde la economía lícita no ofrece ingreso, reconocimiento ni futuro, la economía criminal ofrece las tres cosas, aunque sea por poco tiempo. Recluta, usa y desecha. Es la expresión más brutal de lo que Francisco llamó la cultura del descarte.
El país que queremos le disputa al narco exactamente aquello que ofrece: ingreso, pertenencia y sentido. Es un país con escuelas abiertas por la tarde, con formación técnica vinculada al empleo real, con empresas que encuentran razones para contratar en Limón, Puntarenas y el sur de San José, con crédito para los emprendimientos populares y con plazas, canchas y parques devueltos a los vecinos. Un país donde el muchacho de un barrio empobrecido pueda imaginar, con razones, que llegará a viejo.
Ese país tiene policías bien pagados, fiscales independientes, inteligencia financiera capaz de seguir el dinero sucio y cárceles que no son escuelas del crimen. Nada de eso es negociable. Pero sabe también dónde está el límite. El papa León XIV lo recordó el pasado 2 de octubre, al evocar el pabellón que la Santa Sede instaló en la cárcel de mujeres de la isla de la Giudecca, en Venecia: toda persona es digna por el solo hecho de existir y es siempre más grande que su fragilidad y sus errores. Esa afirmación no es ingenuidad. Es lo que impide que la justicia se convierta en venganza.
Es, además, un país que no se engaña sobre dónde vive el crimen. San Juan Pablo II habló de estructuras de pecado: realidades sociales que nacen de decisiones personales, pero que se consolidan y terminan empujando a otros hacia el mal. El narcotráfico no vive solo en las esquinas. Vive en el dinero que se lava en negocios aparentemente respetables, en el funcionario que mira hacia otro lado y en el consumidor que no quiere saber de dónde viene lo que compra. Una sociedad sana no se limita a señalar al sicario; revisa también sus propias complicidades.
Costa Rica vive una polarización que pocos recuerdan con esta intensidad. Unos ven en el momento político un clamor legítimo de orden y eficacia; otros, motivos de alarma sobre los equilibrios democráticos. Un columnista que escribe desde la fe no debe tomar partido en esa disputa, pero sí puede proponer un criterio que valga para todos: en la doctrina social de la Iglesia, la autoridad se justifica únicamente por el servicio al bien común.
Abusa del poder el cabecilla que somete a un barrio a punta de bala. Abusa el funcionario, de cualquier partido, que usa el cargo en beneficio propio. Abusa quien explota el miedo para dividir y quien desprecia a los que piensan distinto. Y abusa también, a su escala, el ciudadano que convierte las redes sociales en un tribunal de linchamiento. El país que queremos no cambia libertades por promesas de seguridad, porque la historia latinoamericana enseña que ese intercambio rara vez termina bien. Quiere instituciones fuertes, poderes que se respetan y se vigilan mutuamente, y gobernantes que entienden que el poder se les presta por un tiempo y solo para servir.
Francisco advertía contra el poder que se alimenta del miedo; León XIV, contra el ruido que impide escuchar. En la era de la tecnología y el consumo, dijo este último, el gran peligro no es solo la censura, sino la homogeneización: buscadores que nos devuelven lo que ya existe y lo que ya queremos oír. Y dejó una frase que debería resonar en nuestras escuelas, municipalidades y parroquias: “A los algoritmos les falta la chispa de lo humano”.
Aspiramos a un país donde se pueda discrepar sin odiar y exigir cuentas sin deshumanizar; donde el adversario no sea un enemigo ni la víctima una cifra. Ivereigh resume una intuición clave de Francisco: hemos tenido libertad e igualdad sin fraternidad, y por eso hemos terminado en la explotación. La fraternidad es la pieza que nos falta, y ninguna ley puede decretarla por nosotros.
Solemos considerar la cultura un lujo para tiempos tranquilos. Es al revés: la cultura es medicina para tiempos heridos. León XIV describió el arte como otro tipo de motor de búsqueda, uno que no repite lo que ya sabemos, sino que interroga y busca el hilo que une lo disperso. Por eso la Iglesia, dijo, quiere renovar con los artistas una alianza para custodiar lo humano.
Una orquesta comunitaria, un grupo de teatro juvenil o un mural pintado por los vecinos son formas de custodiar lo humano allí donde la violencia quiere imponer la suya. El país que soñamos invierte en la vida cultural de sus barrios con la misma seriedad con que invierte en su seguridad, porque entiende que ambas cosas protegen lo mismo.
Nada de esto ocurrirá por decreto. Exige una conversión personal: volver a escuchar antes de responder y negarnos a que cada nuevo asesinato se convierta en paisaje, porque la peor derrota de una sociedad no es la violencia, sino la costumbre de la violencia. Francisco nos invitó a soñar en grande y a comprometernos en lo pequeño. León XIV nos recuerda que la belleza auténtica y la escucha atenta son formas de resistencia. Juntos nos dicen que la paz no es solo la ausencia de balas, sino la presencia de comunidad.
Costa Rica no está condenada. Tiene una reserva moral enorme en sus madres organizadas, sus maestras, sus parroquias, sus artistas, sus policías y jueces honestos. El país que queremos ya existe en germen en cada uno de ellos. La tarea es tejer esos hilos dispersos en un proyecto común. De esta crisis no saldremos iguales. Que la fe, la razón y la voluntad nos ayuden a salir mejores.
