Hay preguntas que duelen, no porque sean difíciles de responder, sino porque nos obligan a mirar nuestra propia conciencia. Una de ellas es esta: ¿en qué momento dejamos de practicar el cristianismo mientras seguimos utilizando el nombre de Dios para justificar nuestras acciones?
Lo digo con tristeza, porque crecí entendiendo que la fe debía acercarnos al amor, a la solidaridad, al respeto y a la compasión. Que ser cristiano no consistía únicamente en asistir a una iglesia, levantar las manos durante una oración o publicar versículos bíblicos en las redes sociales. Ser cristiano significaba, ante todo, intentar vivir como Jesús nos enseñó: sin despreciar al prójimo, sin humillar al diferente y sin convertir el sufrimiento ajeno en una herramienta para conseguir poder.
Por eso duele observar cómo, en medio de la política costarricense, la fe puede convertirse en instrumento de confrontación. Cuando desde un movimiento como Pueblo Soberano se utilizan símbolos religiosos, referencias a Dios o discursos que mezclan la política con la identidad cristiana, es necesario preguntarnos dónde termina la convicción espiritual y dónde comienza la manipulación de las creencias.
No se trata de cuestionar la fe de las personas que apoyan a un partido político. Cada quien tiene derecho a vivir su espiritualidad y a participar en política de acuerdo con sus convicciones. El problema aparece cuando la religión se utiliza para dividir a la sociedad entre quienes supuestamente representan el bien y quienes son presentados como enemigos, cuando se alimenta el rechazo hacia quienes piensan diferente o cuando se pretende convertir una posición política en la única que Dios aprobaría.
Dios no necesita un partido político que hable en su nombre para demostrar su existencia. Y ninguna agrupación tiene el derecho de presentarse como propietaria de la verdad divina.
Me pregunto qué sentiría Jesús al ver que su nombre se invoca para justificar palabras que hieren, discursos que excluyen o actitudes que desprecian a otras personas por su orientación sexual, sus creencias, su condición social o su manera de comprender el mundo. ¿Acaso no fue él quien se acercó a quienes sufrían rechazo? ¿No fue él quien habló de misericordia, de humildad y de amor al prójimo?
Jesús no necesitó construir una lista de enemigos para enseñar sus principios. Tampoco convirtió el dolor de las personas en una oportunidad para ganar popularidad. Su mensaje, por el contrario, incomodaba a quienes utilizaban la religión para sentirse superiores a los demás.
Y aquí es donde debemos detenernos.
Porque tomar el nombre de Dios en vano no debería entenderse únicamente como pronunciarlo sin respeto. También debería invitarnos a reflexionar sobre lo que hacemos cuando utilizamos ese nombre para legitimar nuestros intereses, cubrir nuestras contradicciones o presentar nuestros prejuicios como si fueran mandatos divinos.
¿De qué sirve hablar de Dios los domingos si el lunes olvidamos la dignidad humana? ¿De qué sirve defender la familia si no somos capaces de respetar a las familias que son diferentes de la nuestra? ¿De qué sirve proclamar el amor de Cristo si nuestras palabras siembran desprecio y división?
La fe no debería ser una herramienta para manipular conciencias ni una barrera para separar a los costarricenses. Debería ser una fuente de esperanza, una invitación a servir y una fuerza que nos recuerde que toda persona merece dignidad, incluso aquella con la que no estamos de acuerdo.
Costa Rica necesita recuperar la capacidad de dialogar sin odiar, de discrepar sin deshumanizar y de creer sin imponer. La política puede defender valores, pero no debería utilizar a Dios como escudo frente a las críticas ni convertir las creencias religiosas en una prueba de superioridad moral.
Tal vez el verdadero peligro no sea que algunas personas dejen de ir a la iglesia. Tal vez sea algo más profundo: que aprendamos a pronunciar el nombre de Jesús mientras olvidamos sus enseñanzas.
Porque el día en que utilizamos la fe para justificar el odio, en lugar de combatirlo; para excluir, en lugar de abrazar; y para dividir, en lugar de reconciliar, debemos tener el valor de preguntarnos si estamos defendiendo el cristianismo o simplemente utilizando su nombre.
Y esa pregunta no se responde con discursos, banderas ni versículos publicados en redes sociales.
Se responde con nuestras acciones.
Porque cuando el amor deja de ser el centro, la fe corre el riesgo de convertirse en una máscara. Y Dios, si verdaderamente creemos en él, merece mucho más que servir como instrumento de poder.
