Una de las novelas que más me ha sorprendido ha sido Crónica de una muerte anunciada. Leer el final en la primera oración fue impactante. ¡Cómo era posible tanto spoiler! La novela no me decepcionó: el gran García Márquez nos relata cómo todo un pueblo sabe que van a matar a Santiago Nasar y casi nadie le advierte. Unos suponen que otro le avisará; otros creen que el asesinato sencillamente no va a ocurrir. Y los que tenían poder para impedirlo hicieron apenas lo justo para quedar tranquilos.
Hoy siento que en Costa Rica la salud ocupacional se parece a aquel pueblo sin nombre del Caribe colombiano. Desde 2014 se publica un informe que responde preguntas como: ¿quiénes se están accidentando?, ¿en qué regiones? y ¿cuántos días de incapacidad tienen?, entre otras. El Gobierno lo publica, las empresas cumplen, aunque algunas con lo mínimo, y quienes trabajamos en prevención buscamos mejorar. Todos hacemos algo, pero nadie hace lo suficiente.
Los gemelos: los datos que se anuncian
Los gemelos Vicario no escondieron sus intenciones. Anunciaron el crimen a todo aquel con quien se cruzaron, afilaron sus cuchillos a la vista de todos y esperaron en un lugar donde cualquiera podía verlos. Con la salud ocupacional en Costa Rica pasa algo parecido: los datos se anuncian cada año. Los informes de Estadísticas de Salud Ocupacional nos dicen que entre 2022 y 2025 murieron entre 114 y 169 personas por año a causa del trabajo y que casi siempre son las mismas ocupaciones: guardas de seguridad, policías, choferes de carga, peones agrícolas y de construcción. Nos dicen también que los accidentes camino al trabajo pasaron de 7.474 en 2019 a 22.989 en 2025, más del triple en seis años. El anuncio está hecho, con nombre y apellido.
Pero hay un detalle que suele pasar inadvertido: el anuncio está incompleto. En 2025, casi 4 de cada 10 accidentes quedaron registrados como "sin clasificar" y, en casi la mitad, no se sabe con qué objeto, máquina o sustancia se lesionó la persona. Además, la lista que se usa para clasificar los accidentes es la que la OIT recomendó en 1962 y que la propia OIT pidió reemplazar en 1998. Esa misma resolución de 1998 recomienda registrar, por ejemplo, el medio de transporte en los accidentes de trayecto. Sabemos que cada vez más personas se accidentan camino al trabajo, pero no sabemos si iban en moto, en bus o a pie. Es como saber que los gemelos van a matar, sin preguntarles con qué cuchillo ni por dónde van a llegar.
Clotilde: el gremio que avisa
En el pueblo hubo quien sí intentó evitar la tragedia. Clotilde Armenta, dueña de la tienda donde los gemelos esperaban a Santiago Nasar, fue de las pocas que tomó en serio la amenaza. Trató de disuadirlos y le pidió a todo el que pasaba que avisara. Pero no tenía cómo detenerlos. Quienes trabajamos en salud ocupacional nos parecemos a Clotilde. Sabemos del peligro, lo vemos de cerca y hacemos lo que podemos dentro de cada empresa. Y algo de eso funciona: si se dejan por fuera los accidentes camino al trabajo, la cantidad de accidentes en relación con las personas trabajadoras se ha mantenido estable en los últimos años.
Pero el peligro se está moviendo. Los accidentes que más crecen ocurren afuera, en la carretera, camino al trabajo. Y cuando nos reunimos como gremio, en congresos, solemos hablar entre nosotros, en nuestro idioma y casi siempre en el Valle Central. En 2025, fuera de la Región Central, hubo un accidente de trabajo por cada cinco personas aseguradas; en la Región Central, uno por cada dieciséis, y cantones como Los Chiles, Matina o Siquirres aparecen una y otra vez entre los de mayor riesgo del país. Clotilde no pudo detener a los gemelos sola, pero hizo lo más importante que estaba a su alcance: hablar con todos los que pasaban. Tal vez esa sea nuestra tarea pendiente: dejar de hablar solo entre nosotros y empezar a contarle a todo el que pase lo que dicen los datos, también a quienes están lejos del Valle Central.
El cura: las empresas ocupadas
Las empresas se parecen al cura del pueblo. Saben lo que va a pasar, pero están ocupadas con la llegada del obispo, que en su caso son la producción o las ventas, y sienten que evitar la tragedia le toca a otro. Sería fácil decir que no quieren invertir en salud ocupacional, pero sería injusto meterlas a todas en el mismo saco. En Costa Rica conviven dos mundos: el de las zonas francas, que emplean a unas 200.000 personas trabajadoras y pagan salarios que duplican el promedio nacional, y que generan casi dos terceras partes de las exportaciones; y el de las micro, pequeñas y medianas empresas, que son el 98% de las empresas del país y dan trabajo a buena parte de la población con márgenes muy ajustados. No es lo mismo pedirle prevención a una multinacional de dispositivos médicos que a una empresa de seguridad que compite por el precio más bajo.
Lo que sí comparten todas es un país que trabaja mucho y produce poco por cada hora trabajada. Costa Rica está entre los tres países de la OCDE con menor productividad por hora, con más de 2.000 horas trabajadas al año por persona. En ese contexto, un accidente no es solo un problema humano: es un turno que alguien más tiene que cubrir, una entrega que se atrasa. En 2025 se pagaron más de tres millones de días de incapacidad. Por eso, la prevención no debería verse como un gasto que se hace cuando sobra la plata, sino como parte de trabajar mejor. El cura no tenía que detener a los gemelos con sus propias manos; le bastaba con entender que el asunto también le tocaba a él.
La autoridad: lo que le toca a cada quien
En el pueblo, la autoridad sí se enteró del plan. Fue a buscar a los gemelos, les quitó los cuchillos, los mandó a su casa y dio el asunto por resuelto. No fue indiferente: hizo lo que creyó suficiente. El Consejo de Salud Ocupacional se le parece: cada año compila y publica los datos que las aseguradoras reportan a la SUGESE. El problema es que esos datos no conversan con los que el mismo Consejo recibe.
Hoy tenemos dos fuentes. Una es el informe estadístico, que se construye con lo que las aseguradoras reportan a la SUGESE. La otra son los tableros del Portal de Centros de Trabajo (PTC), que se alimentan de lo que las comisiones y oficinas de salud ocupacional le reportan al Consejo. Y no todas las empresas están obligadas a tenerlas: la comisión es obligatoria en los centros de trabajo con 10 o más personas trabajadoras y la oficina, en las empresas con más de 50. Pero ni siquiera todas las obligadas reportan: en 2025, el Consejo recibió informes anuales de comisiones correspondientes a apenas 3 de cada 10 empresas con 10 o más personas, y de oficinas, a poco más de la mitad de las empresas con más de 50.
Los tableros del PTC son públicos y permiten cruzar algunos datos, pero muestran solo una parte de lo que pasa: registran apenas una quinta parte de los accidentes que reportan las aseguradoras. Si las dos fuentes conversaran, tendríamos un panorama más completo. El Consejo también ha llevado sus cifras a la calle, como en la campaña "Pellízquese en el Brete". Lo hace con los recursos que tiene, y eso hay que reconocerlo. Pero estas acciones son como quitarles los cuchillos una vez; en la novela, los gemelos consiguieron otros. Lo que sigue es preguntarnos qué le toca a cada quien.
A las empresas, grandes y pequeñas, les pediría ver la prevención como parte de trabajar mejor. A las grandes, además, que compartan lo que saben con su cadena de proveedores y contratistas, porque muchas veces el riesgo que no se ve en la planta está en la empresa pequeña que les da servicio. Y a todas, que al contratar servicios de seguridad o transporte pregunten por algo más que el precio: cómo cuida ese proveedor a su gente. No porque el más barato sea necesariamente el más peligroso, sino porque en esas actividades es donde, año tras año, se repiten las muertes.
Y a quienes trabajamos en salud ocupacional nos pediría ser más activos: salir de nuestras charlas técnicas y contar lo que dicen los datos, en palabras que cualquiera entienda. Me incluyo. Durante años he visto pasar estos informes y los he leído como quien lee el periódico: con preocupación, pero sin hacer nada. Este artículo es mi manera de hacer lo que hizo Clotilde: hablarle a todo el que pase. García Márquez nos contó el final en la primera línea y, aun así, no pudimos dejar de leer. La diferencia es que esta historia todavía no está escrita. Todos hacemos algo, pero nadie hace lo suficiente. Aún estamos a tiempo de que no sea una crónica de unas muertes anunciadas.