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Costa Rica necesita renovar el poder: ¿por qué siempre terminamos viendo las mismas caras?

En Costa Rica cambiamos gobiernos, elegimos nuevas autoridades y acudimos periódicamente a las urnas. Sin embargo, existe una sensación cada vez más difícil de ignorar: las caras pueden cambiar de puesto, pero los círculos de poder parecen mantenerse.

No se trata de afirmar que una persona no pueda volver a ocupar un cargo público ni de cuestionar el valor de la experiencia política. Una democracia necesita personas con conocimiento y trayectoria. El problema aparece cuando la experiencia comienza a confundirse con permanencia y cuando el acceso a los espacios de decisión parece estar reservado para quienes ya forman parte de determinados círculos políticos.

La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿qué tan abierta es realmente nuestra democracia para quienes están fuera de esos círculos?

Costa Rica tiene una larga tradición democrática y cuenta con instituciones electorales sólidas. Las elecciones permiten que la ciudadanía escoja a sus representantes y que exista alternancia política. Sin embargo, la democracia no comienza ni termina el día de las elecciones. También importa quién puede llegar a ser candidato, quién tiene acceso a las estructuras partidarias, quién consigue respaldo, quién tiene posibilidades de construir una trayectoria política y quién termina teniendo acceso a los espacios donde se toman las decisiones.

Ahí es donde aparece uno de los grandes desafíos de nuestra política: la renovación.

Durante décadas, hemos visto cómo determinadas figuras políticas pasan de un espacio a otro: de una municipalidad a una institución pública, de una diputación a un ministerio, de un ministerio a otro cargo de confianza o de una estructura partidaria a una nueva candidatura. En sí mismo, esto no constituye una irregularidad. El problema es que, cuando estas dinámicas se convierten en la principal vía de acceso al poder, pueden terminar cerrando las puertas a quienes no cuentan con los mismos contactos, trayectoria o respaldo político.

Y esto tiene consecuencias.

Cuando una persona joven intenta incorporarse a la política, muchas veces se encuentra con estructuras que ya tienen sus propias dinámicas, liderazgos y jerarquías. Se le invita a participar, pero no necesariamente a decidir. Se le escucha, pero no siempre se incorporan sus propuestas. Se habla de renovación generacional, pero las posiciones de mayor influencia continúan concentradas.

Entonces cabe preguntarse: ¿queremos jóvenes participando o jóvenes esperando su turno?

La renovación política tampoco debería entenderse únicamente como sustituir personas mayores por personas jóvenes. Una verdadera renovación implica nuevas ideas, nuevas formas de hacer política, mayor diversidad de experiencias y mecanismos que permitan que personas provenientes de distintos sectores sociales puedan competir en condiciones razonables.

También implica revisar la relación entre mérito y conexiones.

En cualquier democracia es legítimo que quienes han demostrado capacidad y experiencia continúen ocupando responsabilidades. Lo que no debería ocurrir es que los vínculos personales o políticos se conviertan en una ventaja determinante para acceder a oportunidades que deberían responder, ante todo, a criterios de capacidad, idoneidad y transparencia.

Por eso, hablar de las llamadas “argollas” no debería ser simplemente una conversación sobre nombres. Es necesario hablar de las estructuras que permiten que determinados grupos mantengan ventajas de acceso al poder.

El problema tampoco pertenece exclusivamente a un partido político. Si queremos tener una conversación seria, debemos reconocer que las dinámicas de concentración de poder pueden aparecer en diferentes sectores y organizaciones. Reducir el debate a “los de un partido” contra “los de otro” sería precisamente caer en la misma lógica que deberíamos cuestionar.

La discusión debería ser mucho más amplia: ¿qué podemos hacer para que la política costarricense sea realmente permeable a nuevos liderazgos?

Necesitamos partidos políticos capaces de abrir sus estructuras internas. Necesitamos procesos de selección de candidaturas transparentes. Necesitamos mecanismos que permitan identificar y formar nuevos liderazgos. Necesitamos instituciones donde los nombramientos respondan a criterios claros de idoneidad y no únicamente a relaciones políticas. Y necesitamos una ciudadanía dispuesta a cuestionar a sus propios partidos, incluso cuando las decisiones beneficien a personas con las que simpatizamos.

Pero también necesitamos asumir una responsabilidad como sociedad.

No podemos exigir renovación política mientras seguimos votando únicamente por los apellidos que conocemos. No podemos reclamar nuevas ideas y, al mismo tiempo, descalificar automáticamente a quienes no tienen experiencia política. Tampoco podemos pedir que lleguen nuevas generaciones a la política si los espacios de participación permanecen cerrados para ellas.

La democracia necesita experiencia, pero también necesita renovación.

Necesita personas que conozcan las instituciones, pero también personas capaces de cuestionarlas. Necesita liderazgos con trayectoria, pero también ciudadanos que tengan la oportunidad de construir una trayectoria propia.

Costa Rica no debería conformarse con cambiar periódicamente quién ocupa una silla. También debería preguntarse quiénes tienen realmente la posibilidad de sentarse en ella.

Porque una democracia saludable no es aquella en la que siempre gobiernan las mismas personas ni tampoco aquella que excluye a quienes tienen experiencia. Es aquella en la que cualquier ciudadano con capacidad, compromiso y voluntad de servicio pueda tener una oportunidad real de participar y competir.

El verdadero reto no es sacar a “los mismos de siempre” simplemente porque llevan años en política. El reto es construir un sistema en el que nadie tenga garantizado el acceso al poder y nadie quede excluido de él por no pertenecer al círculo correcto.

Costa Rica no necesita únicamente nuevas caras.

Necesita nuevas oportunidades para que esas caras puedan llegar a decidir.