Costa Rica puede sentirse legítimamente orgullosa de su capacidad para atraer inversión extranjera directa (IED). Durante décadas, empresas multinacionales han contribuido a transformar la estructura exportadora, crear empleos de calidad e insertar al país en cadenas globales de valor cada vez más sofisticadas. Pero ese éxito plantea ahora una pregunta más exigente: ¿cómo lograr que sus beneficios se extiendan más profundamente a las empresas, los trabajadores y los territorios costarricenses?
Costa Rica mantiene una marcada dualidad productiva. Junto a un núcleo moderno, exportador y altamente productivo —asociado en buena medida a multinacionales y al régimen de zonas francas— convive un amplio conjunto de empresas nacionales, principalmente pequeñas y medianas, con menores niveles de productividad, innovación y capacidad tecnológica. El desafío ya no consiste solamente en atraer más IED, sino en convertirla en un instrumento de transformación del tejido productivo nacional.
La evidencia internacional ayuda a entender cómo hacerlo. Un estudio reciente de Mokdad, Hattab y Mokdad, basado en 42 economías emergentes entre 2000 y 2024, encuentra que las zonas económicas especiales están positivamente relacionadas con la captura doméstica de valor agregado y que su interacción con la IED y una buena gobernanza fortalece sus resultados. Concentrar inversión y empresas en un territorio no genera, por sí solo, desarrollo: importan las capacidades locales, las instituciones, los encadenamientos y la gobernanza.
Conviene aquí hacer una distinción fundamental. Una zona económica especial, en el sentido territorial utilizado en este artículo, no es sinónimo de una zona franca. El régimen de zonas francas es un instrumento específico de política para atraer y facilitar inversiones mediante un marco jurídico e incentivos definidos. Una estrategia territorial como la Zona Económica Especial Cartago (ZEEC) tiene un propósito más amplio: articular empresas, universidades, instituciones públicas, talento y otros actores alrededor del desarrollo productivo de un territorio. Empresas acogidas al régimen de zonas francas pueden formar parte de ese ecosistema, pero ambos conceptos no son equivalentes.
Esta perspectiva coincide con los hallazgos del estudio de la Academia de Centroamérica, Productividad e innovación para un desarrollo productivo más inclusivo y sostenible: cómo superar la dualidad productiva en Costa Rica, de Ricardo Monge González e Isaac Ovares Sandí. Para una economía pequeña y abierta, atraer IED e integrarse a cadenas globales de valor es necesario, pero insuficiente. También hay que fortalecer la capacidad de absorción de las empresas nacionales, los encadenamientos, la difusión tecnológica y la innovación.
Cartago: activos que abren una oportunidad
Cartago posee condiciones particularmente interesantes para avanzar en esa dirección. La ZEEC, liderada por el Tecnológico de Costa Rica (TEC), es una estrategia de desarrollo económico local que articula los sectores empresarial, gubernamental y académico. Su importancia radica precisamente en ofrecer una plataforma territorial de coordinación sobre la cual puede construirse un ecosistema productivo más profundo.
Ya existe una base importante. Según el TEC, la ZEEC ha apoyado la instalación de empresas nacionales y multinacionales, promovido encadenamientos productivos, coordinado acciones empresariales y contribuido a generar más de 10.000 empleos directos. También ha articulado empresas e instituciones educativas para identificar los perfiles profesionales requeridos por el sector productivo. Estos avances no significan que Cartago haya completado su transformación hacia un ecosistema territorial de innovación, sino que dispone de una plataforma desde la cual podría intentar ese salto.
Una comparación de Giblin y coautores entre la industria de dispositivos médicos del Valle Central de Costa Rica y Galway, Irlanda, ayuda a visualizar la oportunidad. Ambas regiones utilizaron políticas públicas para atraer multinacionales, pero sus trayectorias posteriormente divergieron. Mientras en Costa Rica el crecimiento continuó dependiendo predominantemente de nuevas inversiones extranjeras, las empresas domésticas adquirieron un creciente protagonismo en Galway.
Irlanda construyó deliberadamente alrededor de la IED un ecosistema emprendedor, fortaleciendo la investigación universitaria, los centros especializados, el financiamiento, las incubadoras, las aceleradoras y las redes internacionales. Para 2016, Galway contaba con 43 empresas MedTech de capital nacional, 30 de las cuales diseñaban dispositivos o componentes para mercados internacionales. En poco más de una década, BioInnovate, programa de la Universidad de Galway, había formado a 148 profesionales en innovación y emprendimiento en tecnologías médicas; de sus proyectos surgieron 34 nuevas empresas de base tecnológica (spin-offs) y 146 patentes.
La enseñanza más novedosa es la dinámica outside-in → inside-out. Primero, la IED introduce conocimiento, tecnología, capital y conexiones internacionales (outside-in). Después, universidades, empresas, trabajadores e instituciones locales desarrollan capacidades para absorber y transformar ese conocimiento. Finalmente, en la fase inside-out, esas capacidades regresan a los mercados mundiales incorporadas en nuevas empresas nacionales.
Esta lógica abre una gran oportunidad para Cartago: que el conocimiento y el talento acumulados alrededor de las multinacionales se traduzcan no solo en empleo y encadenamientos, sino también en innovación y nuevas empresas nacionales capaces de competir internacionalmente.
Una nueva etapa para la ZEEC
El siguiente paso podría ser evolucionar desde “atraer empresas a Cartago” hacia “utilizar la IED para transformar productivamente a Cartago”. La provincia cuenta con activos importantes: multinacionales en manufactura avanzada y ciencias de la vida, empresas nacionales con potencial de convertirse en proveedores, instituciones de formación y, especialmente, una universidad tecnológica como el TEC.
La ZEEC podría articular esta nueva etapa, con el apoyo de una instancia del Gobierno que facilite la coordinación entre los distintos actores. Las multinacionales identificarían necesidades tecnológicas y oportunidades de innovación; el TEC y otras universidades aportarían investigación y talento; Procomer apoyaría los encadenamientos y la internacionalización; el INA desarrollaría competencias; y el Sistema de Banca para el Desarrollo e inversionistas privados financiarían emprendimientos tecnológicos.
El éxito debería medirse no solo por inversión, exportaciones y empleo, sino también por la cantidad de proveedores cartagineses vinculados a multinacionales, proyectos universidad-empresa y nuevas empresas de base tecnológica capaces de exportar y crecer internacionalmente.
Costa Rica ya demostró que sabe atraer IED. Cartago tiene ahora la oportunidad de dar el siguiente paso: aprovechar su base empresarial, su talento, sus instituciones y la ZEEC para convertir la presencia de multinacionales en mayores capacidades productivas propias.
Ese sería el verdadero salto: que las multinacionales no solo produzcan en Cartago, sino que su conocimiento, talento y oportunidades contribuyan a que, algún día, desde Cartago también nazcan las multinacionales costarricenses del futuro.
