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Menos profecías, más presente

En tiempos de tanta información —y desinformación—, a veces olvidamos estar en el aquí y el ahora. Pareciera, incluso, que olvidamos pensar. Sí, pensar. Vivimos rodeados de anuncios sobre el futuro: cada semana alguien nos cuenta cómo la inteligencia artificial cambiará el trabajo, la escuela, el arte o nuestras relaciones, con la misma fórmula: “en cinco años”, “en diez”, “es inevitable”. Rara vez nos preguntamos quién habla, desde dónde y qué gana con que le creamos.

Mientras comparto en clase a Aristóteles y la ética, pienso en esta coyuntura que nos hace creer que hay que ir a la velocidad de la luz para alcanzar el éxito. Y me pregunto: ¿cuál éxito?, ¿hacia dónde?, ¿cuál futuro? Mientras tanto, el presente se nos escapa, como si viéramos la película de nuestra vida en 2x. Necesitamos menos profecías y más presente: gastar menos energía adivinando el mañana y más en defender lo que nos hace humanos hoy. Sin presente, no hay futuro.

Carissa Véliz, en Profecía, menciona que a todos nos inquieta el futuro, pero que esa ansiedad nos hace vulnerables ante los charlatanes, la tecnología fraudulenta y el autoengaño. Y, a partir de su comparación entre los oráculos de Delfos y los algoritmos del presente, nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y el anhelo de la humanidad por conocer y controlar el futuro.

Y es que en medio de tanta polarización e incertidumbre, es normal que surja el miedo, pero afirmar que las predicciones son hechos nos hunde en la ignorancia y nos nubla el presente; nos hace esclavos de inteligencias artificiales que nos dotan de un poder momentáneo y nos hacen creer que el conocimiento se exige y no se construye, que el pensamiento crítico incomoda y no es necesario y que las grandes ideas suelen estar disponibles en grandes bases de datos y no en nuestro cerebro humano.

Para afrontar ese miedo, hay que recordar de dónde venimos y lo que somos. No hablo de ir en contra del desarrollo ni de la tecnología; eso sería iluso e irresponsable. El problema no es la herramienta, sino quién la usa, con qué discurso y a qué costo humano. Hablo de recordar que seguimos siendo seres “análogos”: la luz de una pantalla no nos da el calor del sol y la sed digital no se quita con una botella de agua virtual.

Aristóteles distinguía entre la poiesis, el hacer que termina en una obra o un producto, y la praxis, el actuar para conducir la vida propia de manera que sea buena y justa. Como bien lo resumen Adela Cortina y Emilio Martínez en Ética:

Filosofamos para encontrar sentido a lo que somos y hacemos, y buscamos sentido para colmar nuestras ansias de libertad, dado que la falta de sentido la experimentamos como cierto tipo de esclavitud”.

Defendamos, entonces, la cultura, el arte, la lectura, las risas, las conversaciones, la magia de desconocidos cantando en un concierto, las lágrimas de empatía ante una buena historia en el cine, la fuerza de un niño que toca la pintura por primera vez, el fuego de bailar con nuestras personas favoritas, el pasado que cobra vida en un museo.

La tecnología es también un saber productivo y no hay por qué despreciarla, pero ninguna tecnología puede decirnos para qué vivimos ni qué merece ser hecho. Esa pregunta pertenece a la praxis, es decir, a la ética. Y el arte, que trae al mundo algo que antes no existía —un poema, una canción, una novela—, es el modo en que una comunidad se piensa a sí misma. Leer y reflexionar toman tiempo, y ese tiempo no es ineficiencia: es experiencia.

Necesitamos pensamiento crítico para evolucionar, pero no saltando al futuro sin mirar el presente ni fabricando superhumanos con aires de Futurama. El pensamiento crítico no es un lujo académico, sino una condición de libertad.

Delegar sin pensar, aceptar sin preguntar y dejar que otros definan qué es lo importante es una forma cómoda de servidumbre. Evolucionemos desde el sentido, para conectar con el mundo y conservar la especie, la Tierra y el alma. Esa obsesión largoplacista por adivinar el mañana convive con un hecho incómodo: todavía no hemos resuelto lo más básico del hoy. La salud, la educación, la sana convivencia. La vida.