La semana pasada se conmemoró un cuarto de siglo desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Lo que debería haber sido un aniversario simbólico en señal de respeto mutuo fue objeto de una acalorada discusión en redes sociales, producto de la polarización actual. Esta fecha, como pocas, permitió a los internautas inquietos observar el grado de cámaras de eco a las cuales estamos sometidos.
Para entender por qué esto fue así, hay que enfatizar los símbolos detrás del ataque, cuyo significado trasciende la tragedia humana ocurrida ese día. La ciudad de Nueva York, por ejemplo, destaca por no ser la capital política de Estados Unidos ni del estado de Nueva York. Sin embargo, en 2001 ocupaba una posición mucho más relevante. Era la capital del capitalismo, la capital espiritual de Occidente. Un Occidente que, lejos de estar representado por Julio César, Carlomagno o Napoleón, estaba representado por Donald Trump y los yuppies de Wall Street. Así como la destrucción de los Budas de Bāmiyān fue para los talibanes muestra de su victoria sobre el budismo, el atentado contra las Torres Gemelas representó para Al Qaeda lo mismo respecto al hedonismo de Occidente.
El impacto político e incluso filosófico del evento no fue anecdótico. Derrotó la tesis de Fukuyama y sus contemporáneos de una necesidad universal del reconocimiento que iba a conducir a los actores globales a aceptar la hegemonía liberal después de la caída del comunismo. Una extrapolación del incidente incluso lleva a la conclusión de que el 11 de septiembre de 2001 fue el verdadero cambio de milenio que arrebató la inocencia de la sociedad norteamericana y terminó con el optimismo que caracterizó la década anterior. Todo esto sucedió en el marco de una sociedad de consumo que veía sus principios cambiados, discutiblemente la primera que encontró innecesaria la espiritualidad. El pastor Jerry Falwell sugirió que los responsables eran aquellos que intentaban secularizar Estados Unidos, entre ellos paganos, abortistas, feministas y homosexuales. No es de extrañar que, al momento del ataque, fundamentalistas cristianos sugirieran que todo se trataba de una retribución divina por el rumbo que llevaba el país. Lo que sí es de extrañar es que la tesis de que Estados Unidos, al igual que Adán y Eva, había sido desterrado del paraíso por sus actos siga siendo aceptada, sin embargo, por sectores inauditos.
Hace exactamente seis años participé en una clase con un historiador marxista de la Universidad de Costa Rica (UCR) que comentó que era ridículo que el pueblo estadounidense se indignara por algo que todas las naciones habían sufrido con anterioridad, como si de justicia poética se tratara. Esta postura está lejos de ser disidente en el progresismo moderno. El lado del espectro que suele monopolizar la “empatía” frecuentemente encuentra reservas al momento de condenar el asalto, cuyo potencial para redimir a la sociedad norteamericana no para de fascinarles. Las teorías conspirativas y el negacionismo implícito tampoco juegan un rol menor, con el propio Hugo Chávez llegando a respaldarlas. Los más radicales razonan los ataques. Citan, por ejemplo, el respaldo estadounidense a las andanzas del ejército israelí en Palestina y el Líbano como casus belli, citando la propia carta de Osama bin Laden como evidencia, convenientemente omitiendo el contenido teológico del escrito.
Sin embargo, incluso entre la mayoría de los marxistas más acérrimos y antiamericanos, el pasado 11 de septiembre no fue fecha de celebración. Para comprender por qué esto fue así, habrá que retroceder ciertos capítulos en los anales de la historia.
En 1973, el presidente socialista chileno Salvador Allende fue derrocado en un golpe de Estado encabezado por el militar conservador Augusto Pinochet. La muerte de Allende, cuyas circunstancias son objeto de debate hasta la fecha, pero generalmente son atribuidas al suicidio, es un martirio relevante para el socialismo del siglo XXI, el cual fue precedido conceptualmente por Allende, un líder marxista que no llegó al poder por las armas, sino por las urnas. Así como Allende fungió de padre del socialismo del siglo XXI a pesar de no coexistir con él, el golpe de Estado de 1973 es tachado frecuentemente de inauguración del Plan Cóndor, una alianza entre dictaduras latinoamericanas para unir esfuerzos en detrimento de sus opositores, todo esto a pesar de que este último no existiera hasta noviembre de 1975, siendo ya Pinochet presidente. Al igual que ocurre con el atentado neoyorquino, la trascendencia del 11 de septiembre chileno no se encuentra en la magnitud de su tragedia humana, sino en su capacidad de ser un símbolo para una lucha mayor.
Pocos medios retratan el paralelismo entre ambos eventos como la antología 11'09"01 - September 11, estrenada tan solo un año después de los ataques. El corto de Reino Unido introduce a Pablo, un exiliado chileno y seguidor de Allende que asegura solidarizarse con las víctimas del World Trade Center para después afirmar textualmente cómo Estados Unidos declaró la guerra a la nación chilena ese 11 de septiembre de 1973. La necesidad de imponer una lógica materialista a los actos de Al Qaeda por parte del progresismo costarricense no es simplemente imprecisa, sino arrogante. El odio a Estados Unidos hace que cierta izquierda vea ambos eventos como parte de una misma lucha.
Retomando la idea que dio origen a este texto, destaca cómo, en una era en la cual la moderación se confunde con la tibieza, encontrar a un autor que abordara ambos eventos significaba encontrar una aguja en un pajar. Lo que para un lado era una tragedia, para el otro era un evento olvidable o aplaudible, como si habitaran realidades paralelas. Frente a esa mentalidad se levanta esta reflexión: es necesario condenar toda violencia, independientemente de sus orígenes, y promover el diálogo, por más difícil que parezca en las circunstancias actuales.
