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La serruchada de piso al cine costarricense

En Costa Rica nos hemos acostumbrado a devorar los hitos internacionales con el corazón lleno de orgullo patrio, como si los aplausos de afuera fueran un producto instantáneo y no el resultado del talento empujado con uñas y dientes para llegar hasta allá. Hoy, el cine costarricense vive una paradoja: mientras nuestras historias emocionan en el extranjero, en casa la política amenaza con apagar los proyectores.

¿Cómo explicamos que, en uno de los momentos de mayor madurez creativa del audiovisual costarricense, la respuesta institucional sea el recorte de recursos que sostienen al sector? En buen tico, lo que ocurre es una serruchada de piso en toda regla. Mientras producciones como ¿Si no ardemos cómo iluminar la noche?, de Kim Torres, y Tengo sueños eléctricos, de Valentina Maurel, han recorrido importantes festivales internacionales, historias costarricenses llegan ahora a vitrinas como los Premios Óscar y Goya; a nivel local, se reducen los recursos que ayudan a hacer posibles esas historias.

Reducir en un 71,71% el presupuesto del Costa Rica Festival Internacional de Cine (CRFIC) para 2027 y debilitar los mecanismos de financiamiento del sector no es un detalle menor. Es una decisión que afecta un ecosistema donde conviven cineastas, productores, técnicos, actores, distribuidores y espacios de exhibición. Y, más allá de los nombres y las cifras, también está en juego la posibilidad de que Costa Rica siga produciendo y mostrando sus propias historias.

Esta trayectoria no cayó del cielo. Es el resultado de un camino arduo, marcado por narrativas íntimas y viscerales que han roto fronteras, como Memorias de un cuerpo que arde, de Antonella Sudasassi, galardonada en la Berlinale 2024. La obra de Kim Torres, reconocida en el CRFIC 2026, confirma que no estamos ante reconocimientos aislados, sino ante una generación de cineastas que ha conseguido posicionar al audiovisual costarricense en escenarios internacionales.

A este valor simbólico se le suma un impacto económico incontestable. Las filmaciones internacionales pasaron de 62 en 2019 a 117 en 2023, un crecimiento del 88,7%, y generaron $25,2 millones en inversión en la economía local. El audiovisual no solo cuenta historias: también contrata profesionales, mueve servicios y crea oportunidades de trabajo.

Entonces, ¿por qué, cuando hablamos de cultura, seguimos actuando como si estuviéramos hablando de un lujo?

El tijerazo al CRFIC llevaría su presupuesto para 2027 a apenas ₡45 millones, frente a los ₡159 millones destinados en 2026. Es decir, una reducción del 71,71%. En su última edición, el festival reunió a 14.500 personas y llevó películas y talleres a distintas regiones del país. Para un festival que funciona como espacio de exhibición, formación y circulación del cine nacional e internacional, la diferencia no es simbólica: cambia lo que se puede hacer.

Para colmo de males, la burocracia también agrava la herida. Mientras el sector espera avances en la reglamentación de la Ley de Cine, los mecanismos que deberían darle mayor certeza a la industria siguen siendo objeto de discusión. Y, mientras tanto, el Fondo El Fauno, que desde 2015 ha destinado ₡2.816 millones para apoyar 117 proyectos, continúa siendo una de las principales herramientas públicas para que nuevas producciones puedan siquiera llegar a existir.

¿Podemos vivir dos años sin cultura? Si le preguntamos a la exdiputada y asesora ad honorem de la presidenta Laura Fernández, Pilar Cisneros, y a su pragmática doctrina presupuestaria, la respuesta parece ser un entusiasta «¡por supuesto!». Después de todo, bajo esa lógica, el tico solo necesita comer, trabajar y «apretarse la faja», como si la identidad, el cine y la memoria fueran lujos o caprichos de «artistas desocupados».

Pero ahí está precisamente el problema: reducir la cultura a aquello de lo que podemos prescindir cuando hay menos dinero es olvidar que también forma parte de lo que somos. Claro, tal vez el cuerpo sobreviva sin arte, pero la memoria y la identidad de una nación simplemente se apagan.

Hacer cine en Costa Rica no debería ser una épica de supervivencia heroica estilo Marvel ni un acto de fe condicionado a las decisiones de los políticos de turno. Si queremos celebrar cuando una película costarricense llega a los Óscar, a los Goya, a Berlín, San Sebastián o Locarno, también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que esas historias sigan existiendo.

Porque el cine tico no apareció mágicamente en las alfombras rojas. Llegó hasta ahí porque alguien, durante años, decidió que valía la pena financiarlo, producirlo, enseñarlo y verlo.

Y, si seguimos serruchándoles el piso a quienes cuentan nuestras historias, quizá algún día descubramos que nos hemos quedado sin historias que contar y, lo que es peor, sin luz para iluminar la noche.