La democracia no consiste en la ausencia de conflicto, sino en la capacidad de tramitar nuestras diferencias sin destruirnos mutuamente". — Estanislao Zuleta
Basta con asomarse unos minutos a las redes sociales, escuchar el tono de las discusiones legislativas o prestar atención a las sobremesas familiares para formular una pregunta incómoda, pero urgente: ¿qué nos está pasando a los costarricenses en el terreno político?
Ante la evidente hostilidad que domina hoy el debate nacional, surge una duda inquietante. ¿Será que el ciudadano costarricense siempre fue un ser irritable, incapaz de dialogar y reacio a los acuerdos, que simplemente permanecía adormecido hasta que un estilo de gobernanza confrontativo vino a despertarlo? ¿O será que, en el fondo, nunca fuimos tan «pura vida» como nos gustaba presumir?
Para responder con honestidad, conviene desmontar primero el mito de una Costa Rica idílica y silenciosa. Nuestra historia republicana jamás ha sido un remanso libre de tensiones. Aquí siempre han existido posturas antagónicas, debates acalorados, cuestionamientos severos al poder y una oposición firme. La crítica mordaz y la discrepancia nunca nos fueron ajenas; por el contrario, forjaron gran parte de nuestra legislación social y de nuestras garantías democráticas.
La diferencia sustancial no radica en la existencia del desacuerdo, sino en el molde que lo contenía. Durante décadas, entendimos que la pasión por las ideas propias tenía como límite la dignidad del adversario. Disentíamos con vehemencia, sí, pero dentro de un pacto implícito de nación pacífica, apegada a los valores cívicos y orgullosa de su madurez institucional. Quien pensaba distinto era un conciudadano con otra visión de país, no un enemigo al que había que silenciar o ridiculizar.
Hoy ese dique parece haberse fisurado. Es innegable que el ejercicio del poder desde la trinchera —esa retórica que divide a la sociedad entre buenos y malos, que descalifica al discrepante y convierte el agravio en estrategia de comunicación— actúa como un potente catalizador. Cuando desde las más altas esferas se valida el golpe de mesa por encima del argumento, se otorga una suerte de permiso social para que el resentimiento acumulado salga a la superficie sin filtros.
Sin embargo, culpar únicamente a los liderazgos de turno sería una salida demasiado cómoda. Ningún discurso incendiario prospera en tierra húmeda; si la confrontación ha calado tan hondo es porque encontró una ciudadanía fatigada, frustrada por promesas incumplidas y dispuesta a cambiar la deliberación paciente por el desahogo inmediato.
No es que el costarricense careciera por naturaleza de vocación para el consenso; es que el cansancio cívico, sumado al ruido constante de la polarización, nos está haciendo olvidar que el diálogo no es un signo de debilidad, sino la herramienta más exigente de la vida en común.
Mientras nos acostumbramos a este clima de trinchera perpetua, el mundo comienza a mirarnos con extrañeza. Aquella pequeña república centroamericana que durante generaciones fue referente internacional de estabilidad, templanza y resolución civilizada de sus conflictos hoy proyecta hacia afuera la imagen de una casa fracturada, atrapada en el desgaste verbal y en la parálisis de sus propios rencores.
El «pura vida» nunca fue una vacuna mágica contra la intolerancia ni la paz social una herencia garantizada a perpetuidad. Fueron, más bien, decisiones cotidianas que tomábamos como colectividad: la elección consciente de escuchar antes de embestir y de construir puentes donde era más fácil levantar muros.
Tal vez este momento de aspereza nos sirva para mirarnos al espejo sin maquillajes. Despertar del letargo no tiene por qué significar entregarnos a la furia. La verdadera madurez ciudadana consiste en recuperar la capacidad de indignarnos ante lo injusto y de exigir resultados con firmeza, pero sin renunciar a la decencia, al respeto ni a esa vocación de acuerdo que nos permitió ser un país habitable para todos.
