En el país de los ombligos inflados, gobernar se ha convertido en un deporte de alto rendimiento ególatra. No importa si el edificio se cae a pedazos, si el paciente muere en la sala de espera o si el niño aprende a leer bajo un techo de zinc agujereado. Lo verdaderamente importante —lo único que quita el sueño en la élite jaguar— es que la obra lleve la firma correcta. Si no es mía, no existe. Si no es mía, se vota en contra. Si no es mía, se dinamita.
Porque he aquí la brillante estrategia del oficialismo: construir una “tercera república” a su imagen y semejanza. Una cuya hoja de ruta no conduce a ningún lado, pero que por todos lados tiene el logo del partido bien grande en cada letrero. ¿Para qué arreglar puentes o edificios que funcionan si podemos demolerlos y hacerlos nuevos con nuestro nombre en una placa? ¿Para qué apoyar el proyecto de ley que beneficiaría a miles si lo propuso el adversario? ¡Qué capricho tan costoso el que sufrimos los de a pie! El oficialismo se vanagloria de que al país le vaya mal, boicoteando proyectos e iniciativas ajenas: el nuevo hospital de Cartago, rotondas cuadradas, los edificios del BCR, el ICE, las patrullas retiradas de Puriscal, omitir invitaciones a los actos de inauguración cuando los gobiernos locales son opositores.
Mientras tanto, en la acera de los ciudadanos —esa mayoría silenciosa que paga impuestos y recibe migajas—, la vida se desangra en filas interminables: la cita médica que nunca llega, la escuela que se cae a pedazos mientras se asignan millones para consultorías y propaganda, la familia que busca en la basura lo que el Estado no le da, la extrema pobreza que ya no es noticia porque las noticias las escriben ellos.
Y ellos, los iluminados, los dueños de la verdad única, se sientan en sus curules a jugar al veto por deporte: “Si no es nuestro, no se aprueba”. “Si no lleva nuestra insignia, no se construye”. “Si no nos da réditos políticos, no importa que la gente se muera esperando”. Es el boicot como doctrina, la obstrucción como ideología, el capricho como política de Estado, todo con tácitos fines proselitistas para 2030.
Nos dejan heridos en la cuneta, esperando una ambulancia que nunca sale porque el presupuesto se fue en cambiarles el color a las fachadas de las obras que ya existían, pero que no tenían su sello. Nos dejan con la escuela precarizada, con el hospital sin medicinas, con el agua que no llega, pero con la satisfacción —suponemos— de ver cómo derriban lo que funcionaba para levantar un monumento a su propia grandeza.
Así se construye una tercera república: a golpe de taladro sobre lo que ya estaba, a punta de votos en contra de lo que no les pertenece, a fuerza de ignorar que gobernar no es esculpir el propio busto, sino servir. Pero, claro, pedirles eso es como pedirle peras al olmo. O como pedirles que dejen de mirarse el ombligo el tiempo suficiente para ver que, allá afuera, el país se les desmorona entre las manos.
Y mientras tanto, nosotros. Los de siempre, los olvidados, los nadie, los que esperamos, los que aguantamos, los que, a falta de cita médica, de escuela digna y de un techo seguro, todavía tenemos la ironía de preguntarnos: ¿y si algún día gobiernan para alguien más que para sí mismos? No se preocupen ni se apuren; resulta más que obvio. El boicot continúa, la tercera república se construye, mientras nosotros, en el camino, seguimos siendo el material de desecho de su obra maestra.
