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Costa Rica después del odio: ¿cómo volveremos a vivir juntos?

Hace muchos años, al inicio de mi vida profesional, tuve la oportunidad de conocer de cerca los procesos que se impulsaron en Centroamérica tras las guerras civiles y los conflictos armados que desangraron la región.

Para un joven politólogo, aquello era casi un laboratorio vivo. Detrás de cada acuerdo y cada programa de reinserción había personas tratando de reconstruir sus vidas.

Me impresionaban los esfuerzos por reincorporar a quienes habían tomado parte en los distintos bandos. Personas y comunidades que durante años se habían mirado como enemigas tenían que reconocerse de nuevo como habitantes de un mismo país.

No bastaba con entregar las armas ni firmar la paz. Había que reconstruir la confianza, recomponer familias y devolverles a antiguos adversarios un espacio en la vida democrática. Había que aprender a discrepar sin destruirse.

Después de tantos años de muerte, temor y dolor, ¿cómo volvía un pueblo a mirarse a los ojos?

Pensaba entonces, con respeto por el sufrimiento de nuestros vecinos, que Costa Rica había tenido una gran fortuna. No habíamos vivido esos conflictos y no teníamos ejército. Por eso asociaba la reconciliación nacional con países que trataban de levantarse después de una guerra.

Nunca imaginé que, décadas después, llegaría a preguntarme cómo vamos a reconciliar a Costa Rica.

No hemos vivido una guerra y sería irresponsable comparar nuestra realidad con aquellos horrores. Pero no hacen falta armas para herir a una sociedad. Las palabras también dejan heridas.

En los últimos años se instaló en el país una forma de hacer política basada en la amenaza, el insulto y la descalificación. Ya no se contradice una idea: se busca destruir a quien la expresa. Ya no se debate con un adversario: se le convierte en enemigo.

La ciencia política llama polarización afectiva a ese momento en que las diferencias dejan de concentrarse en las propuestas y se convierten en rechazo hacia las personas. No solo pienso distinto de usted: lo desprecio por pensar distinto.

La democracia necesita diferencias, crítica y oposición. Lo que no puede soportar indefinidamente es el desprecio convertido en una manera de convivir.

De aquellos viajes por Centroamérica conservo también una imagen: las casas rodeadas de alambre de púas. Me quedé observando una de ellas, tratando de entender por qué alguien necesitaba convertir su hogar en una fortaleza.

Era la expresión visible del miedo a los asaltos, la delincuencia y la muerte. Para mí, aquello pertenecía a una realidad ajena. Nunca pensé que, años después, vería la misma imagen en Costa Rica.

Hoy vivimos detrás de verjas, cámaras y portones. Nos protegemos porque dejamos de sentirnos seguros. Y no todas nuestras alambradas son de hierro. También las hemos levantado con miedo, insultos, prejuicios y desconfianza.

No digo esto por nostalgia ni porque piense que la Costa Rica del pasado fue perfecta. No lo fue. La pregunta no es cómo volvemos a un país idealizado, sino qué país construiremos después de esta fractura.

Esta etapa de odio tendrá que terminar algún día. Sin embargo, no terminará automáticamente porque cambie un gobierno o concluya una elección. Se puede sustituir a quienes ejercen el poder sin eliminar el odio que dejaron sembrado.

Reconciliarnos no significará olvidar, callar ni fingir que nada pasó. Tampoco será renunciar a la crítica. Significará reconocer la dignidad de quien piensa distinto, exigir cuentas sin convertir la justicia en venganza y recuperar la capacidad de discutir sin destruirnos.

Se ha repetido hasta el cansancio que nos “abrieron los ojos”. Puede que sea cierto, aunque no de la manera en que algunos pretendían.

Hemos abierto los ojos para comprobar hasta dónde puede deteriorarse nuestra convivencia, pero también para reconocer que no queremos aceptar esta manera de vivir como nuestro destino.

Costa Rica no necesita que todos pensemos igual. Necesita que volvamos a sentir que, aun pensando distinto, seguimos siendo parte de una misma comunidad.

Hace poco vi algo pequeño que me devolvió cierta esperanza: dos vecinos que meses atrás se gritaban por una cerca, ahora conversando frente a ella, sin ponerse de acuerdo del todo, pero sin desprecio. No cambia el país, pero nos recuerda que todavía sabemos hacerlo.

Cuando pase este vendaval, tendremos que decidir si conservamos las alambradas que levantamos entre nosotros o si empezamos, una a una, a derribarlas.

La pregunta no es solamente quién gobernará Costa Rica después de esta pesadilla.

La pregunta verdaderamente difícil es otra: ¿cómo volveremos a vivir juntos?