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Imagen principal del artículo: El servidor de los siervos León XIV y Bad Bunny

El servidor de los siervos León XIV y Bad Bunny

Estar soltero y ser católico está de moda. Seguro por eso ya nadie se enamora. En este periódico, durante este año, se han publicado al menos seis notas sobre el magisterio de León XIV a partir de su reciente encíclica.

El profesor Jaime García destaca que la encíclica Magnifica Humanitas reprocha el progreso infinito que desea eliminar la natural imperfección humana por la falsa perfección del algoritmo y la máquina. Defender la solidaridad y corresponsabilidad social es una actitud revolucionaria ante el paradigma del capitalismo tecnocrático.

El consultor Alejandro Patiño analizó este documento desde el punto de vista del poder internacional, destacando que el Vaticano posee el lobby político más antiguo del mundo, infinitamente más sofisticado que el de las empresas tecnológicas. La IA es un instrumento de control: en occidente se utiliza para acrecentar el poder del capital y las corporaciones sobre los individuos; mientras que en China y oriente se utiliza para el control estatal de sus ciudadanos. Ante este panorama, el Vaticano llama a conservar la libertad y la dignidad humana.

La argentina Constanza Cilley, experta en estudios de opinión, llama la atención sobre el impacto de la desinformación, el temor por el empleo y la concentración del poder tecnológico. El expresidente Miguel Ángel Rodríguez destaca la esperanza que el papa deposita en “los hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación".

El análisis más abundante de esta carta proviene del periodista Diego Delfino, que desentraña la encíclica con las pinzas de la antropología. Él recuerda las raíces de la doctrina social del magisterio de la Renum Novarum de León XIII, que criticaba hace 135 años los mismos males del capitalismo industrial que sobreviven hoy; para luego recapacitar sobre el control de la tecnología, el valor de la persona y el trabajo, el dilema moral de la verdad, la guerra, la educación, las relaciones humanas, y Gandalf del Señor de los Anillos.

Mientras que el análisis más conciso viene del estudiante Aarón Fonseca, que resume los aportes del obispo de Roma clamando por criticidad ante la IA, la verdadera inclusión en comunidad de los más vulnerables; denunciando la inmediatez, la ansiedad social y la poca tolerancia al fracaso que se apodera de nosotros.

Todos estos autores retoman las perícopas opuestas de la torre de Babilonia, y de la reconstrucción de Sion en la época persa luego del exilio en aquella misma ciudad. La tecnología puede valer para construir, como hizo Nehemías en la ciudad de David, su padre, luego de la guerra y la esclavitud; o puede servir para ocasionar divisiones, como cuando quisimos ser como dioses construyendo torres que llegarían hasta el cielo. Es una discusión sobre el poder político y la dominación de una herramienta para control de los otros.

León XIV ha hablado claramente en contra del genocidio de Palestina, contra de la invasión de Rusia a Ucrania, contra de las ocurrencias de Donald Trump, y con muchísima cautela sobre los riesgos para el futuro de la humanidad ante la Inteligencia Artificial. Por eso el movimiento MAGA repudia el corazón de las enseñanzas del papa en favor de las mayorías desposeídas. Han surgido respuestas ridículas como la del vicepresidente J.D. Vance, (que se denomina católico) quien sugirió que el papa opinase con cuidado sobre teología. (Según el dogma del Vaticano I, el papa posee infalibilidad en materia de teología, los fieles católicos no pueden cuestionar su autoridad).

Muy distinto es el camino que ha seguido en su joven vida el señor Benito Antonio Martínez, considerado por millones como el artista más popular de la actualidad, para recibir el odio de los ultranacionalistas norteamericanos. La derecha racista consideró como una afrenta a su honor el que un autor hispanoamericano “cantara” en “español” durante el máximo evento religioso de la mórbida cultura gringa: el Half-Time Show del Súper Bowl. Tan grave fue el asunto que Trump no asistió al evento, y se refirió en estos términos de innecesaria traducción: “absolutely terrible, one of the worst, EVER!

No es mi objeto criticar a este cantante. Creo que la única cosa más pueril que defender a Bad Bunny, es detenerse a criticar a Bad Bunny. Me interesa destacar el papel de discordia que este reguetonero ha traído al mundo.

Una pista sobre porqué el puertorriqueño destruye el ideal de máxima celebridad para la derecha, se encuentra en la obra del filósofo judío y comunista radical Walter Benjamin. Él reflexiona sobre el papel del arte en tiempos de fascismo en el ensayo: “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica” publicado en los días en que Hitler gobernaba en el máximo poder (1936).

Para Benjamin, el arte auténtico posee una noción denominada “aura” que antiguamente solamente podía ser expresada en vivo por los mejores artistas. Esta “aura” se pone en duda con la invención de la fotografía y el cine, pues ahora cualquiera puede poseer imágenes o música. Los nazis deseaban controlar el aura y asignársela a Hitler, creando fantásticos materiales de propaganda. Los fascistas desean controlar a las masas, ofreciéndole al pueblo la ilusión de la libertad, pero sin la posibilidad de ejercer sus derechos realmente. Según W. Benjamin, “el resultado lógico del fascismo es la introducción de la estética en la vida política.”

Los nazi desean controlar la estética por medio de aquellos artistas que calzan con su ideal de racismo. Bad Bunny es detestado por la derecha fascista no solamente por como canta, sino porque su inmensa “aura” no puede ser controlada. Donald Trump y su culto desean que el artista más famoso en el Super Bowl sea gringo-americano rubio, exclusivamente angloparlante; y nunca latino con las uñas pintadas haciendo apología del adulterio mientras baila con señoritas en flor y transexuales por igual.

Bad Bunny es detestado por la derecha evangélica gringa, porque sus cantos en dialecto newyoricano les recuerdan que la maldición de Babel sigue presente. Como nos recordó León XIV, el castigo que nos impuso Jh’ por nuestro pecado de orgullo de querer parecernos a Él, fue imponernos la diversidad de idiomas para nuestra propia confusión. Ellos desean que todos sean blancos, cristianos y republicanos en el suelo de su bendita patria, mientras observan con auténtico pavor e impotencia como sus hijos y nietos desertan hacia la irresistible aura concupiscente y medio comunista de un reguetonero.

Bad Bunny y León XIV son posiblemente los dos únicos hombres con alcance mundial que se pueden dar el lujo de decirle no a Donald Trump en su cara, y no sufrir consecuencia alguna, sino más bien aumentar su poder. No debería ser tan difícil manifestarse contra el fascismo. Pero acá estamos.

Se supone, desde la dialéctica de la historia, que las grandes religiones institucionales deben servir a los mismos intereses de la superestructura de la cual forman parte. La religión es el opio de los pueblos al servicio de los poderosos, y por eso es incoherente que el Sumo Pontífice se oponga con cautela ante la forma actual del máximo logro técnico del capitalismo. León XIV tenía que cumplir un papel determinado como el primer papa norteamericano de la historia. Debía apoyar al presidente de su país, luchar contra las amenazas del feminismo y la homosexualidad dentro de la Iglesia. Hasta el día de hoy ha hecho todo lo contrario.

Los adalides de la propaganda, el racismo y la ignorancia detestan los símbolos elocuentes de contradicción dentro de su retórica rancia. Tanto Robert Francis Prevost como Benito Martínez son hombres coherentes consigo mismos en sus muy distintas vidas. León XIV todavía habla y se comporta como un curita ocupado de parroquia grande de montaña. No posee el aura de pantocrátor de Juan Pablo II, ni la sabiduría eminente de Benedicto Ratzinger, ni expone símbolos llamativos pero sin praxis como Francisco. Quienes se han acercado a él y quienes conocen esa cultura, insisten en que el papa continúa siendo “Bob de Chicago”, apoyando a los mediocres Medias Blancas con la misma pasión frustrada de un aficionado del Club Sport Cartaginés. Mientras que Bad Bunny se llama así por el apodo que le pusieron de chiquito en el barrio.

El uno tenía que cumplir su papel de reguetonero heteronormativo macho-capitalista y terminó hablando de gentrificación y llamando la atención sobre los feminicidios; pero mantiene muchas novias, hoy tiene una mañana otra, incluyendo una de las Kardashians de las que no es Kardashian.

El otro heredó el trono de la última monarquía teocrática absolutista de occidente y de inmediato se puso a hablar en contra de las guerras coloniales y la acumulación de capital y conocimiento en unas pocas y turbias manos.

No estamos solos. El papa y el reggaetón nos acompañan. Ante las diferencias inevitables, podemos optar por la confusión y la división como en Babel, o por la comunicación y la construcción como en Sion.

“Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos… de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.” (Magnifica Humanitas, 245)