La encíclica de León XIV recuerda que ninguna máquina podrá reemplazar la compasión, la solidaridad y la capacidad humana de amar.
La reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV constituye uno de los pronunciamientos más relevantes que haya emitido la Iglesia católica sobre la inteligencia artificial, la digitalización y el futuro de la humanidad. Lejos de asumir una postura tecnófoba o nostálgica, el nuevo pontífice propone un discernimiento ético y espiritual sobre el rumbo que está tomando la civilización contemporánea en medio de la expansión vertiginosa de las nuevas tecnologías.
El documento aparece en un momento histórico particularmente delicado. La inteligencia artificial ya no es una promesa futurista: interviene en la educación, el trabajo, la política, la economía, la seguridad, la cultura y hasta en la construcción de nuestras emociones y opiniones. Como advierte la encíclica, nunca antes la humanidad había tenido tanto poder sobre sí misma. Y precisamente ahí reside el gran desafío: el problema no es la tecnología en sí misma, sino quién la controla, con qué intereses y hacia qué fines se orienta.
La encíclica evita caer en simplificaciones. Reconoce que la técnica forma parte de la creatividad humana y que ha permitido avances extraordinarios para aliviar el sufrimiento, mejorar las condiciones de vida y ampliar las posibilidades del conocimiento. Sin embargo, también recuerda que toda herramienta tecnológica posee una profunda ambigüedad moral. La misma inteligencia artificial capaz de fortalecer la medicina o democratizar el acceso a la información puede también profundizar desigualdades, destruir empleos, manipular conciencias, concentrar poder económico y erosionar la dignidad humana.
Uno de los aportes más poderosos del texto es el uso de dos imágenes bíblicas contrapuestas: la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén encabezada por Nehemías. Babel representa la arrogancia de una humanidad que pretende alcanzar el cielo sin Dios, uniformando las diferencias y reduciendo a las personas a piezas funcionales de un proyecto de poder. Jerusalén, en cambio, simboliza la reconstrucción colectiva, el trabajo compartido, la escucha mutua y la centralidad de la comunidad.
La metáfora resulta extraordinariamente pertinente para nuestro tiempo. Hoy asistimos a una nueva forma de Babel digital, edificada sobre la idolatría de la eficiencia, el lucro y el control algorítmico. Las grandes corporaciones tecnológicas acumulan niveles de poder sin precedentes, muchas veces superiores a los de numerosos Estados. Los datos personales se han convertido en mercancía. La vida cotidiana es progresivamente mediada por plataformas que moldean comportamientos, deseos y decisiones mediante mecanismos opacos que escapan al escrutinio democrático.
La advertencia del papa es clara: cuando la tecnología absolutiza la lógica del rendimiento y reduce la complejidad humana a datos procesables, el riesgo de deshumanización se vuelve real. La persona deja de ser un fin en sí misma y pasa a convertirse en un recurso administrable, clasificable y descartable.
Particularmente valiosa resulta la insistencia de la encíclica en que el debate sobre la inteligencia artificial no puede limitarse únicamente a la regulación técnica o jurídica. El problema es mucho más profundo: involucra la visión de ser humano y de sociedad que deseamos construir. ¿Queremos un mundo gobernado exclusivamente por la lógica del mercado y la automatización? ¿O una civilización donde la tecnología permanezca subordinada al bien común, la justicia social y la dignidad humana?
En América Latina —y particularmente en Costa Rica— estas preguntas adquieren enorme relevancia. Nuestra región suele incorporarse tardíamente a las discusiones éticas sobre innovación tecnológica, mientras adopta aceleradamente herramientas digitales diseñadas en otros contextos y bajo otros intereses. Existe el riesgo de que sociedades profundamente desiguales como las nuestras terminen ampliando aún más las brechas educativas, económicas y culturales mediante una incorporación acrítica de la inteligencia artificial.
La encíclica también ofrece una crítica implícita al mito contemporáneo del progreso ilimitado. Frente a las narrativas tecnocráticas que prometen superar toda fragilidad humana mediante algoritmos y automatización, León XIV recuerda que la plenitud humana no nace de eliminar nuestras limitaciones, sino de aprender a vivir solidariamente en medio de ellas. En tiempos donde algunos sectores fantasean incluso con formas de “mejoramiento” posthumano o sustitución progresiva de capacidades humanas por sistemas artificiales, el documento reivindica algo profundamente contracultural: el valor irreemplazable de la vulnerabilidad, la empatía, la escucha y la fraternidad.
Otro aspecto notable del texto es su llamado a la corresponsabilidad. El papa no delega únicamente en gobiernos o empresas la tarea de enfrentar los desafíos tecnológicos. Convoca a científicos, educadores, trabajadores, legisladores, movimientos sociales y comunidades religiosas a participar activamente en la construcción ética del futuro digital. Nadie puede permanecer como espectador pasivo mientras se redefine el destino de la humanidad.
En una época marcada por el miedo, la polarización y el individualismo, Magnifica Humanitas propone recuperar el diálogo y la construcción colectiva. No se trata de rechazar la inteligencia artificial, sino de impedir que esta termine vaciando de humanidad a nuestras sociedades.
Tal vez el mayor mérito de la encíclica sea recordar algo elemental que la fascinación tecnológica suele hacernos olvidar: el verdadero progreso no consiste en fabricar máquinas cada vez más inteligentes, sino en construir sociedades cada vez más humanas.
El gran dilema de nuestra época no es tecnológico. Es ético, político y espiritual. La pregunta decisiva no es cuánto podrá hacer la inteligencia artificial, sino qué clase de humanidad sobrevivirá a ella.
