Hace un poquito más de un mes vio la luz la primera encíclica del papa León XIV.
Magnífica Humanitas es una voz que ilumina muchas vertientes de nuestra época. Por eso se la puede comentar desde muy diversos ángulos, pero los aportes en todos los campos están dirigidos a la defensa de la dignidad de cada persona, a promover la justicia y a hacer posible la fraternidad. Para ello rescata las guías centrales de la Doctrina Social de la Iglesia para la acción política.
En Occidente vivimos un radical y muy peligroso resquebrajamiento de nuestro ideario de un mundo donde el poder es limitado y sujeto a normas para propiciar la dignidad, la libertad, la solidaridad, la paz, la justicia y la sostenibilidad.
Me permito oír la voz del papa como una esperanza, que alienta al optimismo en medio de la incertidumbre, el miedo y el pesimismo que despierta este cambio de época.
En sus primeros párrafos el Papa nos dice:
Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.
Esta es la época en que nos toca vivir, y la esperanza que nos da el papa León XIV con este muy importante documento es de gran ayuda para enfrentar esta tarea, a la cual todos estamos llamados a contribuir dentro del marco de nuestras posibilidades y responsabilidades.
León XIV rechaza la idea de que el progreso tecnológico determine nuestro destino y afirma que seguimos siendo libres para decidir qué sociedad queremos construir. Por eso su mensaje no es la grandeza de la inteligencia artificial sino la "magnífica humanidad".
La humanidad, no la IA es la protagonista.
La persona humana es el fin. Su dignidad, la de todas las personas, como creaturas creadas a su imagen por un Dios que nos ama, es la guía que debe dirigir a toda sociedad, y a todas las naciones. La tecnología, aunque se llame IA, es y debe ser solo un instrumento.
La tarea de formar nuestro propio tiempo no es una responsabilidad de tecnólogos, ni de los empresarios que constituyen y dirigen las pocas inmensas corporaciones que en Occidente dominan la IA, ni de China cuyo gobierno la desarrolla.
Es una responsabilidad de todos. Claro, de cada quién según sus posibilidades.
Magnifica Humanitas nos previene:
En este punto, sin embargo, se insinúa una tentación sutil: pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada”.
Pero advierte:
Nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción…”.
La IA y otros adelantos tecnológicos pueden aumentar la productividad, facilitar la medicina y la educación, sustituir trabajos repetitivos, peligrosos, agotadores. Para ello hoy, no mañana, debemos regular su desarrollo de conformidad con nuestros valores éticos y moldear las instituciones para paliar los efectos negativos de desempleo y concentración de la riqueza y el poder en manos que no sean responsables ante la sociedad ni transparentes en sus acciones.
Pero la IA no puede sustituir el corazón humano, la fraternidad, el amor, y sí, tampoco el dolor y nuestro aprender de dificultades y equivocaciones. Magnifica Humanitas nos recuerda que la creatividad, la compasión, la conciencia moral, el amor, la capacidad de sacrificio y la búsqueda de trascendencia son irreductiblemente humanas. La IA puede calcular, pero no puede amar, tampoco puede asumir responsabilidades morales.
Pero repito, depende de nosotros como se desenvuelva la IA y toda la 4ª Revolución Industrial. Igual a como el Papa León XIII enfrentó con Rerum Novarum la 1ª Revolución Industrial que la humanidad logró domar después, así también tenemos esperanza de que lo importante es la humanidad magnífica que puede encausar esta cuarta revolución
Para ello hay que “hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón. Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor”.
La encíclica parte de que la humanidad puede aprender. La regulación ética, la cooperación internacional, la educación y la participación democrática son herramientas reales para gobernar la tecnología. No hay fatalismo. Lo que hay es necesidad de conformar el poder de manera que el progreso tecnológico sea compatible con la dignidad de cada persona y con beneficio para las personas sin exclusiones. Sigue en esto el papa León XIV la tesis central de Daron Acemoglu y Simón Johnson en su obra “Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad”
La tecnología puede acercar el conocimiento, la salud y la educación a millones de personas que antes estaban excluidas. Por ello Magnifica Humanitas ve la era digital como una ocasión para fortalecer la cooperación entre pueblos, culturas y generaciones. La pregunta no es si podemos hacerlo, sino si tendremos la voluntad y la integridad moral para hacerlo.
Frente a la incertidumbre que nos produce la vertiginosa velocidad de los cambios que la humanidad hoy experimenta la respuesta de León XIV es positiva y esperanzadora.
Con dos citas del Santo Padre concluyo esta reflexión.
Incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La memoria de los santos y de los justos, de los constructores de paz a menudo olvidados, muestra que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien. Los cristianos ven las tinieblas y las llaman por su nombre, pero no se quedan paralizados contemplándolas: conocen la luz y saben que las tinieblas no la recibieron y no pueden vencerla. Por eso, sirven al bien incluso donde el dolor parece tener la última palabra, sostenidos por una esperanza teologal que da a la realidad un horizonte y una dirección”.
Y en el último párrafo Magnifica Humanitas nos indica:
En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación”.
