El cambio de año siempre trae consigo una renovación de esperanza casi litúrgica. Es ese momento sagrado de compartir en familia y de unir fuerzas para que los anhelos del futuro se hagan realidad. Sin embargo, recibir el 2026 en Costa Rica tiene un sabor agridulce. El abrazo de medianoche compite con una angustia colectiva que ya no podemos disimular en la cena.
Este inicio de año nos plantea una encrucijada vital: podemos seguir inmersos en la "preocupación" pasiva, esa que se queda en la queja de sobremesa y el lamento en redes sociales, o podemos asumir el 2026 como el año de tomar acción y hacernos cargo. Para que esa transformación sea posible, no basta con nuestro esfuerzo individual; es fundamental que las ganas y los deseos que tenemos como ciudadanía vengan acompañados de un Estado que realmente nos acompañe, que nos habilite para cumplirlos y que vuelva a funcionar como el motor de movilidad social.
El récord del dolor y la esperanza de la paz. La estadística más cruel ha vuelto a superarse. Cerramos el año con la escalofriante cifra de 832 homicidios, un número que nos golpea la conciencia. No son solo dígitos fríos en un informe policial; son 832 familias costarricenses que recibieron el año nuevo con una silla vacía. Debemos romper el mito paralizante de que "se matan entre ellos"; las balas perdidas y el terror no distinguen inocentes, y cuando el entorno es inseguro, todos vivimos presos del miedo en nuestras propias casas.
Sin embargo, hay una ruta clara hacia la esperanza. Abordar la seguridad en 2026 no es pedir milagros, es exigir estrategia. Es necesario construir un país donde la policía no solo reaccione, sino que prevenga mediante inteligencia de datos y una verdadera policía de proximidad comunitaria que conoce a sus vecinos. La paz es posible si recuperamos el control territorial no solo con fuerza, sino con una inversión social robusta: es vital llevar deporte, cultura y oportunidades reales a los barrios para arrebatarle nuestra juventud al crimen organizado.
Deudas que hipotecan el futuro. La crisis también es de dignidad humana y ha alcanzado dimensiones que no podemos ignorar. En salud, el dolor tiene rostro en las listas de espera que hoy asfixian a más de 1,2 millones de personas. No hablamos solo de cirugías; hablamos de 340.000 esperando una consulta y más de 723.000 aguardando un procedimiento de diagnóstico. Detrás de cada número hay una vida en pausa, una angustia familiar y, en los casos más trágicos, un desenlace fatal por una atención que no llegó a tiempo.
Pero la esperanza radica en que las soluciones están sobre la mesa. No tenemos por qué resignarnos a la ineficiencia. Sectores como la Cámara Costarricense de la Salud ya han ofrecido aportar más de 46.000 procedimientos mensuales para descongestionar el sistema. Construir soluciones implica tener la valentía política de aceptar estas alianzas, implementar la telemedicina y enfocar los recursos en un modelo preventivo que humanice el servicio. Podemos tener una salud pública ágil; solo necesitamos la voluntad para derribar las barreras que frenan el bienestar.
La luz del conocimiento y la prosperidad compartida Paralelamente, el décimo Informe del Estado de la Educación nos advierte que enfrentamos una crisis estructural tras quince años de estancamiento. El "apagón educativo" persiste, pero la luz al final del túnel brilla si nos atrevemos a innovar. Es imperativo apostar por la educación dual y técnica, conectando lo que se enseña con lo que el mundo laboral necesita. Necesitamos universalizar el bilingüismo y la tecnología para que una persona de la zona rural tenga las mismas oportunidades que una del Valle Central.
Finalmente, la esperanza económica está en descentralizar las oportunidades, apoyando a las Pymes y llevando inversión a las costas. El mejor propósito para este 2026 es colectivo. Unir fuerzas significa que la ciudadanía pone el empuje y el trabajo honesto, pero exige a cambio un aparato público eficiente y empático que camine a su lado. Que este año nuevo sea el momento en que decidimos, finalmente, dejar atrás el miedo y construir juntos la Costa Rica solidaria, segura y próspera que merecemos.
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