Ya son más de dos años de estar viajando a Turrubares y cada vez que voy, veo el avance del trabajo en la tierra. Siempre hay sorpresas bonitas como ver florear las pitahayas y caminar cerca del sembradío de maíz que ha sido azotado por los fuertes vientos en las últimas semanas. He sido testigo de que se ha tenido que ponerle especial atención para lograr que no se quiebren las matas, algunas de esas las sembró Aurora con Rogelio, por eso tienen especial cariño esta vez. Y estamos esperando la cosecha que será en octubre para hacer la elotada.
Ir atrás (en el lote), como decirnos nosotros, es un ratito de respiro, de paz y trabajo. No se puede ir “a dar la vuelta” sin ponerse las botas de hule, llevar el machete y comenzar a caminar a ver qué se encuentra nuevo, tal vez hay unas guayabas, toronjas, bananos o guineos cuadrados, lo que no hay son limones, ha llovido mucho y se necesita sol para los cítricos.
Además, hay berenjenas que ya empiezan a brotar con sus grandes hojas y también los ayotes, el arazá dio cuatro frutos que sirvieron para hacer jalea y, un hay palito de pejibaye que por lo que me cuentan tiene como quince años de estar sembrado, pero no se logra todavía que haya una cosecha importante, ¡porque siempre se lo comen las hormigas y yo no entiendo cómo con semejantes espinas!
La quebrada siempre acompaña el ratito mientras estamos ahí, se escucha algunas veces más fuerte que otras y cuando se puede nos vamos a la parte más baja para meter los pies y refrescarnos, cuando la conocí era una quebrada con más caudal, cambió, se ha secado, ha llovido menos en las montañas, y seguro de camino hay quienes han tomado provecho para sus riegos, pero sigue ahí, dando vida a la tierra.
En los últimos días han llegado familias de monos cariblancos que se han comido todo el árbol de mango. Un día de estos hasta pudimos ver a una hembra con su cría en la espalda, fue tan lindo y estaban muy cerca, siento que nos saludamos con las miradas. Ellos allá en las copas de los árboles y nosotros dando vueltas al terreno, cada uno recogiendo su comida. Aurora, los regañó y los quería ahuyentar, parecía que se reían con ella.
La casa es toda de madera y tiene un lugar especial que es el corredor, ahí en una hamaca o en las sillas de pino, me siento muchas veces a conversar, a leer e inclusive a trabajar en la computadora, cuando tengo que dar algún curso. Además me gusta porque queda frente a un Higuerón gigantesco que tendrá más de treinta o cuarenta años y sus ramas son las encargadas de engalanar la casa con las luces en la navidad.
Estar sentada en ese espacio es especial. Mientras pasan los monos de un árbol a otro, si se pone atención, se ve caminando una iguana por el zacate, tratando de subirse al caimito y de pronto, silenciosos una pareja de tucanes con su enorme pico amarillo con rojo, me miran fijamente, queditos ellos, quedita yo, para no asustarnos, para poder apreciarnos, quería tomar el celular para acércame lo que pudiera y tomar videos y fotos, pero no lo tenía cerca, me quedé sentada, sólo observé, solo sentí y pude respirar casi al mismo tiempo que ellos alzaron el vuelvo en dirección al pacífico. Todo quedó registrado en mi mente, como hacíamos antes, como un recuerdo, cuando no había aparatos cerca desde la madrugada.
Levanté la vista y vi cómo la mañana se presentaba con su color rosado suave, dejando entrar más rayitos de sol que pegan directo a las ventanas, escuché hervir el agua, ya Rogelio iba a chorrear más café, Aurora se despertó, llegó somnolienta a darme un abrazo, el día iba a comenzar y el tiempo alcanzó para dar paz al alma y al cuerpo, aún no son las seis de la mañana y parece que ya se hizo mucho, el tiempo va a otro ritmo en el campo, como yo.
Sigo tratando de encontrar equilibrio cuando regreso a San José donde todo es tan diferente y el tiempo no alcanza.
Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.