En los últimos años, y especialmente en meses recientes, he enfrentado al menos tres situaciones que me han hecho sentir como si estuviera en las afueras del Castillo o en medio de El Proceso. Dos de esas situaciones están relacionadas con el Poder Judicial, y la otra, con el incumplimiento —por cinco meses— del pago de mi liquidación por parte de mi ex patrono. Fue necesario enviar 30 correos electrónicos (literalmente ese fue el número), presentar una denuncia ante el Ministerio de Trabajo y contar con el infinitamente amable apoyo de la abogada laboralista y columnista de Delfino.cr, Alejandra Montiel, para que finalmente me pagaran.

Para mí, el sentimiento kafkiano —que todos hemos experimentado— se materializa en esos procesos en los que, ante una suma de situaciones orquestadas por un aparato mayor que nosotros, con el cual el diálogo es imposible, nos detenemos un segundo y pensamos: ¿estamos todos locos? ¿Es idea mía o nada de esto tiene sentido? Y sí, frecuentemente la respuesta acertada es: nada de esto tiene sentido. Para las víctimas de la burocracia kafkiana de este país, va la primera recomendación:

Bombita – Relatos Salvajes (Max)

Deberían ver todos los cortometrajes de Relatos Salvajes, pero si andan en modo K y la burocracia los tiene hartos, vayan al minuto 39, que es cuando inicia este corto, y enójense junto al maravilloso Ricardo Darín. Bombita narra la historia de un ingeniero especializado en demoliciones que enfrenta una serie de desgracias burocráticas luego de que una grúa se lleva su carro que estaba parqueado en lugar prohibido, pero sin ningún tipo de señalización. Lo que comienza como un simple reclamo se transforma en una espiral de frustración, humillación y furia contenida, hasta que la paciencia se pierde… De vista y revisión obligatoria.

Volviendo al tema de los trabajos y los sinsentidos que ahí se viven: como les decía antes, para que me pagaran mi cesantía tuvieron que pasar cinco meses, 30 correos electrónicos, una denuncia al Ministerio de Trabajo y los buenos oficios de una abogada. Durante esos cinco meses, mi ex patrono me indicó, por un motivo u otro, que no se me podía pagar aún. Si no era por una cosa, era por la otra. En algún momento dejé de escribirle a Recursos Humanos y comencé a dirigirme directamente a la cabeza de la organización, quien nunca me respondió, ni siquiera con un mínimo de respeto o empatía. Fue el personal de Recursos Humanos quien continuó explicándome por qué aún no se podía tramitar el pago. Para hacer el cuento corto: en cinco meses no pudieron pagarme, pero una denuncia y una abogada después hicieron que el pago se realizara en 24 horas. Vean, acá me muerdo la lengua para expresar lo que siento y pienso, pero ustedes ya se podrán imaginar. Para quienes experimentan la frustración de la burocracia de sus patronos, les dejo la siguiente imperdible recomendación:

Severance (AppleTV)

En Severance, los protagonistas trabajan para Lumon, una empresa de la que nadie —ni siquiera sus empleados— entiende qué hace. ¿Les suena conocido? La gente ahí contratada acepta someterse a un procedimiento quirúrgico que divide sus recuerdos entre el trabajo y la vida personal. Dentro de la oficina, no recuerdan nada del exterior; afuera, no saben qué hacen en su empleo. En esta compañía no se entiende qué hacen las distintas unidades, ni por qué se dictan las órdenes que se dictan. Todo parece responder a una lógica superior e ilegible. Es ficción, pero retrata muchos de los trabajos por los que hemos pasado. Para mí, la mejor serie de ciencia ficción y mundo distópico jamás hecha. Es puro oro. Les prometo que la van a disfrutar de principio a fin.

De mis dos episodios con el Poder Judicial, uno es tan malo y reciente que si me pongo a narrarlo, me daría tal acidez estomacal que moriría mientras escribo. El que les compartiré no deja de ser menos absurdo, pero al menos es más simpático.

Hace diez años me asaltaron. Caminaba frente a la Antigua Aduana cuando un grupo de tipos me abordó. Justo en ese momento pasaba una patrulla policial y los detuvieron en el acto. Sin embargo —y no me pregunten por qué— el asunto no se vio por flagrancia, sino que, hoy, diez años después, sigo recibiendo citaciones para declarar contra ese grupo de malhechores. Cada vez que voy al Poder Judicial, con la única intención de ver qué pasa con este circo, me dicen que no pudieron encontrar a los imputados y que "siga la cumbia". He intentado, por medio de escritos y visitas a distintas oficinas, que este proceso se cierre. No quiero perder más el tiempo, y francamente ya no recuerdo quiénes me asaltaron. Pero ha sido imposible: el proceso, por motivos que no entiendo, no prescribe, no avanza, no hace nada. Qué difícil defender a este poder de la República.

El Proceso

(Les dejo dos opciones: la obra de teatro completa por parte del Teatro Universitario de la UCR o la película de El Proceso Orson Welles, también completa, aquí.)

Lo primero: si no se han leído este libro, ¡léanlo! Recuerdo que la primera vez que lo intenté leer tendría unos 17 o 18 años. Luego de algunas páginas lo dejé. Lo volví a tomar a los treinta y varios, y aquello fue como leer una biografía de la vida del adulto burócrata promedio (yo incluido, claramente). Qué maravilla de novela.

Pero bueno, acá les dejo dos opciones: una adaptación teatral y la otra, un clásico del cine. El Proceso cuenta la historia de Josef K., un burócrata que, sin saber por qué, es arrestado una mañana. Aunque no es encarcelado, queda atrapado en un sistema judicial inentendible, como el nuestro. A lo largo de la novela, K. intenta sin éxito entender la causa de su acusación y defenderse, mientras se enfrenta a funcionarios indiferentes, procesos incomprensibles y una creciente sensación de impotencia. K. somos todos los que hemos pasado por ahí.

Muchas gracias por leerme. Espero que la burocracia kafkiana de este país no les haga mucho daño… y hasta el próximo capítulo.