Por Ariana María Mora Fernández - Estudiante de la carrera de Derecho

Asistimos a una era en la que las narrativas son confeccionadas a base de emoción, y desplazan la razón y la verdad; un momento histórico de auge de la posverdad y las fake news en el plano del debate. Ferraris (2019) señala que la posverdad es producto de la revolución documental. Mcintyre (2018), por su parte, indica que el surgimiento de la posverdad está en el desarrollo de las redes sociales y en los atentados contra la ciencia de la filosofía moderna. Lo cierto es que la posverdad y las fake news tienen un carácter político dentro de la discusión sobre cualquier tema, ya que permiten abordar “otras realidades” u “otros hechos alternativos”.

Somos emisores, receptores, consumidores y productores de información, por lo que la instantaneidad informativa nos hace vivir en lo que Chul Han (2018) llama el ‘enjambre’, en el que todos hablan al mismo tiempo sobre un sinfín de temas poco profundos y difíciles de cuestionar por su fugacidad. Una muestra de ello son las shitstorms de indignación que suceden sobre ciertos temas en redes sociales, pero que fácilmente se acaban puesto que surge otra tendencia. Ello es respaldado por Frankfurt (2005), quien asevera que uno de los rasgos de la cultura actual es la charlatanería.

Bridle (2020) ahonda sobre la manera cómo la tecnología llega a todas las esferas de la vida, por lo que profetiza que la sociedad actual se dirige hacia una era de ignorancia, miedo, confusión y abuso de poder. Por lo que, como tarea, tenemos el plantearnos no solo la cuestión práctica de las plataformas, sino el cómo han logrado convertirse en la vitrina que son y cuáles son las consecuencias humanas, sociales y políticas de debatir en este escenario.

Mencionado lo anterior, es evidente que la era de la posverdad ha llegado para quedarse y transformar todas las maneras que conocemos para comunicarnos y debatir sobre fundamentos básicos. Al respecto, Lynch (2005) fija como premisa que la verdad es el pilar de la cultura política decente, que esta sí importa y que debemos defenderla porque sus principales características son que es objetiva, que es bueno creer en la verdad, que vale la pena investigar la verdad y que tenemos que preocuparnos por que prevalezca.

Ahora bien, ¿cómo debemos entrenarnos para debatir con los argumentos de las falacias, las fake news, los hechos alternativos, los rumores y la desinformación? Apelando a la razón y al pensamiento crítico. Sobre las habilidades y herramientas para detectar falacias, Levitin (2019) afirma que hay que remitirse a los datos comprobables para desmentir las fake news. Otro elemento es tener cuidado con los sesgos de confirmación que funcionan muy ágilmente en las cámaras de eco que los algoritmos de las redes sociales crean. De ahí que, como intelectuales que debaten, es preciso que colonicemos con verdad nuestro argumentario, siempre con la razón y respaldo de la ciencia.

 

MOXIE es el Canal de ULACIT (www.ulacit.ac.cr), producido por y para los estudiantes universitarios, en alianza con el medio periodístico independiente Delfino.cr, con el propósito de brindarles un espacio para generar y difundir sus ideas.  Se llama Moxie - que en inglés urbano significa tener la capacidad de enfrentar las dificultades con inteligencia, audacia y valentía - en honor a nuestros alumnos, cuyo “moxie” los caracteriza.

Referencias bibliográficas:
  • Bridle, J. (2020). La nueva edad oscura: la tecnología y el fin del futuro. Debate.
  • Chul Han, B. (2018). En el enjambre, Herder.
  • Frankfurt, H. (2005). Sobre la charlatanería (on bullshit) y sobre la verdad.
  • Ferraris, M. (2019). Posverdad y otros enigmas. Alianza Editorial.
  • Levitin, D. (2019). La mentira como arma. Alianza Editorial.
  • Lynch, M. (2005). La importancia de la verdad para una cultura pública decente. Paidós.
  • Mcintyre, L. (2018). Posverdad. Cátedra.