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Primera promesa

Después de verte por siete años sentado, fijo, contemplativo y sereno, hoy por fin hablé contigo Richard. Te hice cuatro promesas y cumpliré la primera en este momento: escribir una nota sobre ti.

La historia de Richard y la segunda promesa

La conversación fue corta; sin embargo, me sorprendiste. Me contaste que tienes más de una década de estar todos los días en ese lugar en la Avenida Central de San José. Eres de origen nicaragüense y tienes 32 años de edad, pero has vivido la mayor parte de tu vida en Costa Rica, más de 15 años en el país.

Pequeño, a los seis años de edad, también viviste en Estados Unidos con tu madre, quien siempre te apoyó. Allá en un instituto, te enseñaron a ser más independiente, puedes manipular objetos, agarrar cosas, comer solo y hasta tú mismo me contaste muy orgulloso que hiciste el rótulo que llevas colgando en el pecho…siempre me había preguntado, cómo hacías si te daba sed, así que quedé más tranquila. En la cartulina se lee “AYUDAME QUE NO PUEDO TRABAJAR DIOS TE bendiGA”. Comenté que el mensaje me parecía bueno y apropiado, pero me ofrecí a hacerte otro rótulo más llamativo con la misma frase. Esta fue mi segunda promesa.

Las donaciones de las personas las utilizas en los gastos de alimentación de tu familia, tienes un hijo de 3 años y también una esposa. La cual, me señalaste con el dedo y me asombré al darme cuenta que era una vendedora ambulante que estaba justo al frente tuyo trabajando… Así, que volteé y le dirigí un gesto amigable. Nunca en los siete años viéndote había notado que esta persona también siempre estuvo ahí cerca tuyo. Solo observé un joven que a veces te acompañaba. Me aclaraste que es tu sobrino quien te lleva y trae todos los días, cuando llegas entre las 8 y 9 de la mañana y cuando te regresas a las 5 o 6 de la tarde.

Tercera promesa

De esta forma, muy esperanzada como me enseñaste hoy, continúo cumpliendo mi palabra: instar a todos los lectores que desplieguen algún gesto afable y bondadoso con Richard o alguna otra persona en condición de vulnerabilidad. Desde una ayuda económica hasta una sonrisa o conversación cuenta. Seamos cada día menos indiferentes.

Cuarta promesa

Tú, Richard, estás leyendo o te estoy leyendo este texto. El cual no solo escribí sobre nuestra plática hoy, sino que también lo escribí dirigiéndome hacia ti en este modo confianzudo… ¡Es para ti! Señalaste que son varias las personas que se detienen a conversar contigo, entre ellas estudiantes universitarios, pero que no conoces si se ha escrito sobre ti o si existe información publicada, ya que no consultas internet. Por esta razón, te prometí regresar, en máximo una semana, con este texto publicado e impreso, para que lo puedas leer tú mismo.

Así que, a los demás lectores, si recorren la Avenida Central y ven a Richard con su nuevo cartel (espero que a él le guste) recuerden que es un gran ejemplo para el resto de nosotros. Su testimonio de vida, la forma en la que se aferra cada día y continúa, es en sí fuente de motivación. Pensar en él me hace querer detenerme, contemplar el ajetreo y movimiento a mi alrededor, y de forma apacible confiar en que todo va a salir bien con la fe que él tiene.